Críticas de lectores a un relato presentado en un concurso literario

El autor de este relato evidentemente tiene un dominio magistral de la lengua castellana. Desde la primera línea nos introduce en una historia atrapante, con personajes bien logrados y diálogos acertadísimos. El ritmo es trepidante y trama evoluciona con total naturalidad. El final impactante nos sorprende y nos deja con deseos de seguir leyendo. Desafortunadamente, y lamentándolo mucho, no es el tipo de relatos que sean de mi agrado. Puntuación: 2.

Un relato simpático y muy bien escrito sobre un tema algo banal e intrascendente. Un 3.

La historia, si puede llamársela así, que se narra en este relato es sumamente inverosímil. Encuentro ridículo que una persona se despierte un día y, sin motivo aparente, descubra que se ha convertido en cucaracha. Las disquisiciones posteriores me han sumergido en un tedio del que todavía no he salido completamente. Le recomiendo al autor que sea un poco más imaginativo y considerado con sus lectores. Puntuación: 4.

Un buen relato debe tener: a) introducción; b) nudo; y c) desenlace. El relato en cuestión carece de los antes puntos mencionados (a, b y c), de modo que ni siquiera califica como relato. Más bien, lo consideraría como un rejunte de palabras que reflejan un caótico discurrir de ideas (y de escaso brillo, para ser completamente honestos). Lo siento por el autor, pero que se dedique a otra cosa. Puntuación: 5.

He notado en este relato que faltan dos tildes, una coma está colocada en el lugar equivocado y no ha dejado espacio antes del guión de diálogo en tres ocasiones. Le recomiendo al autor que haga una concienzuda revisión de sus trabajos antes de darlos a conocer. Puntuación: 6.

El autor usó guiones cortos en los diálogos. Ahí van los largos, ¿cuántas veces tengo que decirlo? Guiones laaaargos. Vamos que no es tan difícil. Miren: “–Hola –me dijo y se sonrojó.” Ven que es fácil. Guiones largos en los diálogos: esa es la clave de todo.

Este relato me ha dejado un poco confundido. No sé exactamente cuál era la intención del autor. Si era la de transmitir la sensación de que al leer ciertos textos uno pierde el tiempo de la forma más estúpida, el autor lo ha conseguido plenamente. ¡Suerte!

Rattus modernus

Un cuento de Alex Burrett

Soy una rata. Una rata común. Una rata de alcantarilla. Rattus norvegicus. Actualmente mi especie está pasando por un momento de mierda así que estuve pensando bastante en desarrollar una solución evolutiva. Es posible que tengas la idea errónea de que la evolución es un proceso gradual, debido a la influencia de esas ilustraciones sobre monos que se van convirtiendo en hombres y peces que van desarrollando miembros. En realidad, la evolución no es un proceso gradual y por eso nunca encuentran los eslabones perdidos. La evolución ocurre por saltos. Por ejemplo, nace una criatura tipo antílope con cuernos exageradamente grandes. Esos cuernos no sólo no son de mucha ayuda para la supervivencia, sino que además son una carga para la criatura cuando trata de escapar de los leones. Por lo tanto, el gen de los cuernos largos no se pasa a las generaciones futuras. Ahora otra criatura tipo antílope nace con un cuello exageradamente largo que le permite alcanzar hojas nutritivas que los demás no alcanzan. Esta sección vertebral extendida no representa ninguna vulnerabilidad extra. Y listo, ya entraste en el territorio de las jirafas. Si estudias el tema con más profundidad, vas a descubrir que no se agota ahí. Más que esperar que una mutación rara te llegue por casualidad, podés actuar proactivamente para alentar y dar forma a tu propio desarrollo evolutivo. Todo lo que se necesita es un poco de conocimiento y un gerenciamiento cuidadoso. En términos llanos, la evolución se parece a empezar una relación: alguien tiene que dar el primer paso. Si te gusta alguien, invitalo a salir. Si te gusta evolucionar, tenés que hacer la ingeniería necesaria para impulsar las fuerzas evolutivas en la dirección correcta. Y no hay área de la evolución donde los beneficios se vean más rápidamente que en la simbiosis. Y el área más exitosa de todos los ejemplos posibles de evolución simbiótica en la historia de la vida en la tierra es la domesticación. Pensá en los perros. Descienden de los lobos. Y miralos ahora, distribuidos por todo el planeta en todo tipo de forma y tamaño. Se pasean como si fueran los animales más piolas. “Ah, mírenme. Soy un perro. Ando con humanos. Nos juntamos cuando ellos todavía andaban villeando en las cavernas. ¿No te parece que somos los más inteligentes?” El cuidado de los caninos mueve una industria millonaria. Hasta hay perros estrellas de cine. El mejor amigo del hombre. Pero para mí los inteligentes no son los perros de hoy que desfilan y obedecen silbatos silenciosos. Los que yo admiro de verdad son esos lobos que fueron los primeros en elegir aliarse con cazadores humanos. En aquella época, los humanos podrían o bien haber cazado a los lobos o bien esconderse de los lobos. Pero esos lobos calcularon que habían ventajas en estar cerca de los hombres. Este conocimiento se lo pasaron a sus acicalados descendientes. Los perros deben agradecerle eternamente a ese grupo de lobos pioneros. Pero no son los únicos beneficiarios de la domesticación. Muchos otros animales se beneficiaron por mezclarse con los humanos. Los gatos son contendientes obvios. Por motivos personales, me cuesta cantarle loas a sus primeros ancestros pero, objetivamente, debo decir que los felinos salvajes primitivos la hicieron mejor todavía que los lobos. Los gatos modernos se las ingeniaron para mantener parte de su herencia, como cazar y otros instintos salvajes, al prostituir su cariño a cambio de casa y comida. Debe requerir un esfuerzo genético increíble mantener esas tradiciones vivas a través de las generaciones. Tanto como detesto a esa especie, admiro su determinación. De mala gana tengo que admitir que son mi modelo. Como ellos, quiero que mis descendientes tengan cubierto el tema casa y comida, pero con la libertad de expresión que aun conservan. De hecho, quiero que el estatus de mi descendencia y el equilibrio domesticación/tradición sea mejor todavía que el de los gatos y no estoy soñando despierto. El peor error que en este momento están cometiendo los animales salvajes es creer que las oportunidades para volverse ganado están acabadas y la puerta del establo está cerrada. La puerta de la evolución nunca se cierra. Nunca es demasiado tarde para cambiar. Todo lo que se necesita es dar el primer paso en la dirección correcta. Si pudieras mirar atrás en la evolución de cualquier especie, en algún momento encontrarías a un individuo que, por alguna razón, dio un paso en una nueva dirección. Si hay algo que podés decir sin lugar a dudas sobre la evolución es que está siempre cambiando. La evolución es como un campeón mundial de boxeo, nunca se queda quieto. Yo soy un campeón así. Una rata campeona. Así que estoy haciendo esa primera movida. En el futuro, cuando estudien la popular y exitosa especie de rata doméstica Rattus modernus, me van a encontrar a la vanguardia. Voy a dar origen a especie completamente nueva de rata. Quiero que mis descendientes tengan perspectivas que superen la imaginación de mis contemporáneos. Quiero una porción del pastel de domesticación para mi descendencia. Si tenés hijos, sabés que darles lo mejor te hace sentir orgulloso. Si sabés que además tu empresa aseguró un futuro positivo para tus nietos, estás más orgulloso todavía. Imaginate entonces el orgullo especial de saber que estás aportando una ventaja específica para una especie entera, que todos ellos son el fruto de tu esfuerzo.

Soy bastante grande. Eso es importante. Mis estudios revelaron que tenés que alcanzar cierto tamaño antes de que los humanos te acepten en la categoría de “animales domésticos potenciados”. Si sos demasiado chico, te meten en una jaulita, lo cual no constituye una relación mutuamente beneficiosa de domesticación. Si sos demasiado grande, te dejan en el campo o te meten en el establo, y te pasas la vida transportando las cargas de los humanos hasta que te jubilan y sos comida para perros. Los animales grandes, por su propia contextura física, quedan excluidos del sito humano sacro santo: la casa. Por ahora mis planes van bien. Tengo buen tamaño. Mi gen de grandes dimensiones fue exitosamente transmitido a varios de mis pibes. En el ambiente adecuado, con una dieta rica en proteínas, las futuras generaciones serán todavía más grandes. Después de unas pocas generaciones bien direccionadas, mis descendientes podrían ser todavía más grandes que un gato promedio o el ridículo perrito faldero. Por el lado del estatus, eso ayuda.

Suficiente teoría por el momento. Vayamos a la acción. Yo soy grande y vivo con un tipo grande. Para ser honesto, aunque un poco desleal, el tipo es gordo. Voluminoso. Morbosamente obeso. Además, es muy vago y sus patrones de higiene dejan mucho que desear. No tiene un solo amigo humano. Pero, como a todos, le gusta la compañía. Quiere que lo quieran. Todas estas características son ideales para el éxito de mi plan. Por eso lo seleccioné. Nadie va a venir a interferir acá. Eso significa que podemos trabajar nuestro desarrollo mientras él se va beneficiando de nuestro trabajo. Heredó la casa, así que va a vivir acá hasta que se muera. Se alimenta de comida chatarra que vuelca por todos lados y nunca limpia. La casa está en un lamentable estado de abandono, así que hay agujeros por todos lados que proveen acceso ilimitado a mi extensa familia. También recibe amor de nosotros. Nos turnamos para ovillarnos en sus voluminosos muslos, creando por un momento cráteres de carne cubiertos de algodón mientras nos acaricia. El gordo es perfecto. Prácticamente lo adoramos. Le decimos Titán. La primera fase de mi plan evolutivo va encontrando su camino. La segunda fase es establecer una relación entre especies con él en la casa. La tercera fase es tanto práctica (ampliar nuestro hábitat) como promocional (crear las condiciones para la expansión de nuestro movimiento). En la fase tres nos mudamos. Ahí es cuando mi descendencia se pone en contacto con una población humana más amplia. Esta fase implica encontrar más gordos perdedores o especímenes igualmente patéticos a cuyas vidas podamos agregarle valor. Nos vamos a expandir por el mundo, cuadrúpedos buscando padres, siguiendo las huellas de los humanos pioneros de tiempos pasados. Y cuando nuestro movimiento gane impulso, cuando más gente vaya escuchando de nosotros, vamos a tener que tener que hacer un trabajo muy bueno de relaciones públicas. Tenemos que sacarnos de encima la mala fama que nos hicieron durante los últimos siglos. Las relaciones públicas hacen toda la diferencia en este mundo moderno. Para construir una imagen positiva, se necesita un buen gancho. Los primeros perros fueron los “compañeros de caza” y los “guardias de seguridad”. Ayudaban a cazar y protegían la vivienda. Los gatos eran los “eliminadores de roedores” que prometían mantener a mis hermanos y a mí bajo control, bastardos. Pero ninguna especie doméstica, debido a que dieron el primer paso evolutivo hace miles de años, está preparada para los grandes problemas del hábitat humano moderno: los desperdicios orgánicos y los insectos. Nosotros sí. Aunque nos demoramos en entrar al juego de la domesticación, ahora contamos con muchas ventajas y somos los animales mejor equipados para enfrentar estos desafíos modernos. Y si lo hacemos bien, vamos a ser las bestias estrella y los humanos van a abandonar a sus aliados históricos para volcarse en nuestro favor.

Ningún humano quiere que haya bichos en su casa. Quieren vivir en ambientes prácticamente estériles. Las cucarachas, las hormigas y las arañas son los nuevos parias, los nuevos parásitos, los nuevos depredadores. Los pesticidas son caros, de efecto temporario y cada vez más se los considera poco amigables con el medio ambiente. Los humanos quieren soluciones verdes para todo y qué puede ser más ecológico que un animal naturalmente adaptado para resolver sus problemas. Nosotros no sólo somos animales perfilados idealmente para la sustentabilidad ambiental, sino que además estamos realmente comprometidos con la misión y vamos hasta el fondo de la cuestión. Está en nuestra naturaleza investigar cada rincón y grieta. Vamos a cubrir tan bien las esquinas escondidas que nunca más van a tener que agacharse para limpiar. Si bien es cierto que nuestro anfitrión es excepcionalmente vago y haragán para mantener el orden en su casa, la verdad es que no es radicalmente distinto del resto de la colonia global. A toda su especie le obsesiona ahorrar esfuerzo. Si se les ofrece una forma de no hacer un trabajo que en primer lugar nunca quisieron hacer, van a estar más que felices de no tener que volver a hacerlo nunca más.

Mi familia y yo comemos los bichos de Titán. Probablemente él sea uno de los individuos más antihigiénicos del planeta, pero en su casa hay menos bichos que en la más inmaculada sala de hospital. Además nos ocupamos de los desperdicios orgánicos. Consumimos cada bocado de comida que escapa de la voracidad de su boca. Eliminamos cada miga que queda en los envases de comida rápida. Nos comemos hasta los huesos. Todos los días le lamemos el inodoro hasta dejarlo reluciente. No hay ni una manchita de materia orgánica en sus ollas o sartenes. Hasta nos comemos el papel higiénico que tira en el dormitorio.

Aunque el cuidado de Titán genera una gran cantidad de trabajo, establecí la regla de que no más de cien de nosotros deben estar en la casa al mismo tiempo. No quiero que piense que lo estamos invadiendo. Tiene que sentir que bajo su techo se hospeda sólo la cantidad de personal estrictamente necesaria para cumplir la tarea. La primera regla de la domesticación es hacerles creer a los humanos que le estamos haciendo un favor. Los humanos tienen egos sensibles. Infláselos y te van a adorar; abolláselos y te van a rechazar. La regla de los cien nos dio un orden social completamente nuevo. Tenemos guardias en la entrada que cuentan cuántas ratas entran y salen. Tenemos mensajeros para mantener abiertas las líneas de comunicación entre los guardias y distintas locaciones. Hay inspectores y capataces. Además de todas las designaciones permanentes como las mencionadas, hay muchos puestos temporarios para tareas específicas que se presentan según lo que requieran las circunstancias. Estas funciones incluyen almacenamiento, construcción de nidos, mantenimiento de caminos, ese tipo de cosas. Incluso tenemos una fuerza policial. En realidad, es más bien una turba linchadora, de formación bastante espontánea, compuesta por los tipos más recios de la colonia. Si bien ésta es una aproximación bastante grosera al problema de la seguridad, hay que tener en cuenta que sólo estamos en los albores de nuestra cultura. Las cosas se volverán más refinadas a medida que las generaciones mejoradas genéticamente se sucedan unas a otras como las actualizaciones de las computadoras. Creo que se entiende la idea. Somos una generación nueva de ratas, coordinadas y de cara al futuro. Enfocadas. Entrenadas. Comprometidas. Somos interactivas y afectuosas. Comemos insectos. Comemos desperdicios orgánicos. Mantenemos la casa de Titán a flote. Me encanta la ironía de la frase, porque hicimos abordaje y rescatamos la nave apestosa y naufragante que era este chiquero de casa.

El status quo no va a durar para siempre. Un día Titán se va a morir. Con la clase de basura que se mete, el ataque cardíaco no puede estar muy lejos en años humanos. Ahí es cuando termina la fase dos y empieza la fase tres. Personalmente no hay nada que me gustaría más que poder presenciarla. Pero con la expectativa de vida tan baja que tenemos actualmente, es muy probable que me haya ido mucho antes. Sin embargo, soy realista y me anticipé a esa eventualidad. Los planes para la próxima fase ya están completamente elaborados. Di instrucciones para que cuando Titán estire la pata sea el momento de moverse. Para cuando Titán crepe vamos a ser miles, muchos de ellos viviendo en las alcantarillas. La orden es que se formen tantos grupos sustentables como sea posible. Cada grupo debe contar con suficientes representantes de cada disciplina. Estas comunidades autocontenidas y pioneras tienen la misión de salir a buscar nuevas fronteras y encontrar sitios huéspedes adecuados. No nos podemos ni vamos a quedarnos en la guarida de Titán esperando que vengan a felicitarnos. Los equipos médicos humanos y los especialistas en mudanzas no van a entender inmediatamente nuestro rol. Esos grupos son antirratas fundamentalistas. Tenemos que estar bien lejos cuando ellos lleguen. Los científicos forenses van a ser nuestros heraldos. Van a quedarse perplejos ante el contraste entre los claros signos del estilo de vida inmundo de Titán y la condición impecable de su casa. Enfrentados a este dilema, van a ser profesionalmente inquisitivos. Van a investigar. Van a sopesar la evidencia y los cuentos anecdóticos, y van a sumar dos más dos. Sin importar lo improbable que pueda parecer, la única solución posible a la que van a llegar es a que fuimos nosotros, Rattus modernus. Van a oler, y detectar, una rata. Aún si intentaran ocultarlo, las noticias del extraordinario descubrimiento de a poco se filtrarían. Para ese entonces, ya estaremos sirviendo a otros clientes. El descubrimiento futuro de nuevos proyectos exitosos va a fortalecer y amplificar nuestra nueva reputación. Vamos a proliferar y nuestra estatura va a aumentar con cada nueva historia positiva. Nuestra acción eventualmente pasará de ser un mito urbano a convertirse en una realidad aceptada. Para cuando los humanos estén listos para aceptar los servicios de mis descendientes evolucionados selectivamente como socios en la lucha contra la mugre, vamos a estar en todos lados, combatiendo el caos y las invasiones de insectos en cientos de lo que una vez fueron escuálidos hábitats humanos. El último paso para completar la tarea será el salto de apoyar a formas de vida marginales a pasar a formar parte del mainstream. Ése es otro momento que me encantaría poder ver, el punto en que dejamos de corretear en las sombras como un movimiento underground. Debemos convertirnos en lo que todos quieren tener. Seremos considerados el ejemplo más exitoso de domesticación de la historia o, como yo prefiero llamarlo, de la “Interdependencia Humano/No-Humano”. Para ese entonces, yo seré historia antigua. Pero mi genoma seguirá vivo. Seré el padre de una nueva y gran especie. Las ratas modernas y los humanos vamos a florecer juntos, unos con otros. Seremos parte vital de una nueva y duradera época humana. Mirando más allá en el futuro, no veo razón para convertirnos en amos del planeta una vez que ellos se hayan autoaniquilado. Tendremos la organización, el número y el know-how para heredar la Tierra. Si mi plan inicial funciona, demostrará que tenemos el potencial para responder rápidamente a las circunstancias cambiantes y que podemos evolucionar nuevamente. Si uno de mis descendientes hereda mi habilidad para combinar una gran visión de futuro con un liderazgo fuerte, podría iniciar una nueva progresión y conducirnos a buscar un nuevo nicho de mercado. Dentro de un millón de años podríamos convertirnos en Rattus erectus. Mis descendientes podrían sentarse en la cima de la cadena alimenticia. Y cuando los Rattus erectus rastreen los orígenes de la herencia genética, me encontrarán a mí, el origen de todos sus éxitos. Van escribir libros sobre mí, van a hacer películas sobre mí, tal vez hasta construyan monumentos en mi honor. Seré considerado el visionario más grande de todos los tiempos, el instigador original del triunfo de la especie. Seré su padre, su benevolente über-ancestro, su dios. Pero ahora, en este preciso instante, el gordo bola de sebo acaba de clavarse una paja y tiró al piso el gelatinoso pañuelo de papel con el cual se limpió. Es hora de hacer mi tarea y empezar a engullir.

Copyright by Alex Burrett.
Traducido por Gabriel Frenzotti.

* * *

Alex Burrett es uno de los escritores más imaginativos que andan dando vueltas por ahí. Su obra hasta el momento no fue traducida al español. Alex Burrett amablemente autorizó la publicación en Frenzo’s de este cuento que forma parte del libro Mi cabra se comió sus propias patas.

Los sueños premonitorios de las moscas

En el cuento El I Ching y el hombre de los papeles del último libro de Guillermo Martínez, Una felicidad repulsiva, un profesor de estadística, afectado por la enfermedad de un familiar, calcula la probabilidad de que, de pura casualidad, en el mismo día alguien sueñe que se muere un familiar y luego se produzca efectivamente esa muerte, dando así la apariencia de ser un sueño premonitorio. El profesor plantea el problema y a continuación los resuelve, apenas esforzándose en los aspectos aritméticos:

Todos hemos soñado alguna noche que un familiar cercano muere, podemos suponer que cada persona tiene al menos una vez en su vida un sueño así. (…) El hombre escribe en el pizarrón un número de cinco cifras. Éste es el número en días de la vida máxima de una persona. Nuestro familiar puede morir en uno cualquiera de estos días. El sueño premonitorio ocurre también una noche cualquiera, en otro cualquiera de estos días. Pero entonces, la probabilidad de que el sueño premonitorio se concrete es la probabilidad de que coincidan estos dos sucesos independientes: la noche del sueño con el día de la muerte. Y este  número sabemos calcularlo. El hombre escribe una ecuación, se detiene un instante en el signo de igualdad, como si estuviera haciendo una larga cuenta mentalmente, y anota un segundo número de casi el doble de longitud.

Pero parece haber algo no del todo correcto en ese cálculo. Tratemos de rehacer el razonamiento del profesor, aunque por conveniencia mutaremos los humanos en moscas, que viven sólo diez días como máximo. Si consideraremos el mismo problema pero para una mosca que sueña que muere su hermana gemela, los conceptos son los mismos pero las cuentas son más fáciles. Así las cosas, la probabilidad de que un día dado la mosca tenga el sueño es 1 en 10:

P(sueño) = 1/10

Si suponemos que la otra mosca tiene igual probabilidad de morir cualquier día del primero al décimo, entonces la probabilidad de que efectivamente se muera un día dado también es 1 en 10:

P(muerte) = 1/10

Al considerar que estos eventos son independientes, es posible que el profesor haya calculado la probabilidad de que sueño y muerte coincidan como el productos de esas probabilidades:

P(sueño premonitorio) = P(sueño) .  P(muerte) = 1 /100

Sin embargo, esta es la probabilidad de que sueño y muerte coincidan en un día dado. La probabilidad de que coincidan cualquier día es la suma de las probabilidades de todos los días:

P(sueños premonitorios) = 10 . P(sueño) .  P(muerte) = 1 /10

donde multiplicamos por 10, que es el número de días que vive la mosca.

Visto de otra forma, podemos pensar una grilla con todas las combinaciones posibles de días de sueños de la mosca y días de muerte de la gemela, donde cada combinación posible ocupa el cuadrado con coordenadas (día del sueño, día de la muerte). Es una cuadrícula de 10 x 10, por lo que hay 100 combinaciones posibles:

De todas esas combinaciones, sólo en diez hay coincidencia entre el día del sueño y el día de la muerte. Como la probabilidad se calcula como número de eventos de acierto sobre el número total de eventos posibles, resulta que:

P(sueños premonitorios) = Casos de coincidencia / Casos totales = 10 /100

Es decir que la probabilidad de tener un sueño premonitorio bajo las condiciones indicadas en el cuento es 1/10, o uno sobre el número de días de vida de la mosca. Todo esto sin considerar la posibilidad de que la mosca soñadora pueda morir antes que su gemela, en cuyo caso la probabilidad de sueño premonitorio se reduce a la mitad.

Estas cuentas indican que, bajo los supuestos del problema, los sueños en apariencia premonitorios deberían ser mucho más frecuentes de lo que estimó el profesor de estadística. Esa probabilidad está dada por el primer número que escribió, no por el segundo. Podría pensarse que, dadas todas las preocupaciones que tenía en la cabeza ese día, el profesor pudo haber cometido algún que otro desliz en la clase. Sin embargo, el verdadero problema con todas estas cuentas es que no tienen ritmo literario, no crean suspenso o tensión, sino más bien tedio y sopor. En la literatura, como en la vida, la verdad tiene que rendirse ante la belleza.

El médico alemán

Aunque en algunos lados la promocionan como una película basada en hechos reales,  Wakolda está basada en la novela que escribió la propia directora de la película, Lucía Puenzo, de modo que salí del cine con curiosidad por determinar cuánto de lo que había visto estaba anclado en la realidad y cuánto debía considerarse licencia literaria. Que Josef Mengele fue un médico de la SS que llevó a cabo experimentos brutales con cobayos humanos en Auschwitz es algo bien conocido, así como también que, una vez terminada la guerra, se refugió en la Argentina, donde, como muchos otros criminales de guerra nazis, llevó una vida discreta, procurando no llamar la atención. Que Mengele continuara sus prácticas en la Argentina, en Paraguay o en Brasil, que no pudiera resistirse a la tentación de experimentar con enanos y gemelos que habían capturado su interés en Auschwitz, parece algo extremo, así como también muy improbable el hecho de que en su huida por el cono sur, Mengele se encontrara con una familia argentina integrada por  gemelos y una niña afectada por una forma de enanismo susceptible de ser tratada con hormonas que Mengele ya había probado para estimular el crecimiento en vacas. No sorprende entonces que no haya encontrado ningún registro de que algo parecido a lo que se cuenta en Wakolda haya sucedido realmente, aunque sí puden encontrarse referencias a los escritos de Mengele. La película se estructura alrededor de unos cuadernos de notas en los que el Dr. Mengele dejaba constancia de todas sus observaciones y la evolución de sus experimentos con la familia argentina. En Wakolda, los diarios de Mengele son verdaderas obras de arte, versiones modernas de los cuadernos de Leonardo da Vinci. Aparentemente, los diarios de Mengele en Argentina que se muestran en Wakolda son tan ficticios como el argumento de la película. En cambio, sí existen los diarios, apuntes y una especie de autobiografía novelada que Mengele escribió en su exilio Brasil, que fueron adquiridos en una subasta por un judío ortodoxo de California por unos 300 o 400 000 dólares. No están disponibles en forma completa y lo que puede verse no se aproxima ni remotamente a los códices de Leonardo, pero tiene el inquietante encanto de la familiaridad: cuadernos espiralados, anotadores, agendas, blocs de notas pautados…

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Helmut Galle, en un número de 2011 de la revista Estudos avançados, hace un breve resumen biográfico de Mengele antes de analizar los escritos con ambiciones literarias que el médico alemán produjo en su exilio brasileño.  Allí se indica que Josef Mengele nació en 1911 en el seno de una familia burguesa y católica del sur de Alemania, propietaria de la fábrica de máquinas agrarias Mengele Agrartechnik, que aun sigue en actividad. Inició sus estudios de medicina y antropología en 1930 y obtuvo doctorados en ambas disciplinas. En 1937 se afilió al partido nazi y en 1938 ingresó a las SS. En 1941 fue destinado al frente ruso como médico, y luego de ser herido y declarado no apto para el servicio en el frente, formó parte del personal médico del campo de concentración de Auschwitz donde, entre mayo de 1943 y enero de 1945, según el testimonio de sobrevivientes, seleccionaba quienes serían destinados al trabajo forzado, a las cámaras de gas o a sus experimentaciones médicas. Finalizada la guerra, Mengele consiguió permanecer oculto en Bavaria hasta 1949, año en que logró escapar a Buenos Aires siguiendo la llamada línea de las ratas. Se estableció en Vicente López, donde llevó una vida tranquila, dedicado principalmente a la venta de juguetes, a la empresa farmacéutica Fadro Farm y a la práctica clínica, abortista según algunas fuentes. A mediados de los años cincuenta, estaba tan cómodo y despreocupado con su vida en Vicente López que había vuelto a usar su verdadero nombre y se movía con total naturalidad, como parece indicarlo esta foto de 1956 tomada por la policía argentina para la confección de sus documentos de identidad.

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La captura de Adolf Eichmann en 1960 marcó el fin de la inmunidad para los nazis perseguidos en Sudamérica por crímenes de guerra, por lo que Mengele escapó rumbo a Paraguay y finalmente se estableció a Brasil, donde se mantuvo en la clandestinidad y murió en 1974 debido a un accidente cerebro vascular mientras nadaba en el mar. De los sesenta y ocho años que vivió Mengele, treinta y dos los hizo de forma bastante normal, dos como perpetrador extremo, y treinta y cuatro evadiendo ser juzgado por su actuación en Auschwitz. De esa segunda mitad de su vida, la década vivida en la Argentina tal vez represente la fase en la cual alcanzó cierta normalidad burguesa. Aunque Mengele, como figura que encarna o bien la curiosidad científica desprovista de toda ética o bien el mero sadismo, puede resultar un buen punto de partida para ficciones sobre estas cuestiones, la vida y los hechos de Mengele no necesitan ser ficcionalizados para resultar inquietantes. No es más terrorífico imaginar que Mengele pudiera haber estado en la Patagonia experimentando con gemelos que saber que estaba viviendo entre nosotros como uno más, que tal vez no hubiera nada radicalmente distinto entre él y cualquier otro vecino de Vicente López. Lo que de verdad da miedo pensar es que seamos tan parecidos.

Belleza, pecado e infierno

Ocasionalmente algo despabila a Buenos Aires y la hace retornar a sus ambiciones prohibidas. Entonces le da lugar a algún iconoclasta superviviente. A alguien como León Ferrari. Cuando se presentó en el Centro Cultural Recoleta una retrospectiva de este artista de 84 años, muchos fuimos más entusiasmados con la idea de respirar la atmósfera contestataria que debía ser la norma en los 60, con la movida del Instituto Di Tella y demás, que con el arte mismo. La muestra había suscitado polémicas e indignación por su descarnado ataque a la Iglesia Católica. Las imágenes más difundidas por los medios mostraban a Jesús derritiéndose en una plancha, a Jesús contorsionándose en una licuadora, a varios Jesús quemándose en una tostadora eléctrica.

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El caso no estaba exento de agravantes: la muestra estaba siendo presentada en una sala municipal (¿es lícito usar el dinero de los contribuyentes, mayormente católicos, para solventar una exposición que agrede sus creencias más profundas?) situada a pocos metros de la Iglesia del Pilar, un templo católico de relevancia (¿es necesario que la ofensa sea prácticamente en la puerta de la casa de Dios? ¿no pudo haberse elegido un terreno más neutral?).Todo esto tenía un gran atractivo y la muestra tuvo un éxito de dimensiones insospechadas gracias a la intensiva publicidad que promovían involuntariamente los sectores católicos más fundamentalistas. Por una vez un hecho genuinamente artístico despabilaba a los ciudadanos de Buenos Aires. Fui entonces a la Recoleta, y mientras caminaba por esa calle que está flanqueada por el cementerio de un lado y bares y restaurantes del otro, a una cuadra alcancé a ver un gentío frente al Centro Cultural. Por un momento temí que todos ellos estuvieran pugnando por entrar, pero me tranquilicé cuando noté que sólo era un grupo de católicos que demostraba su descontento recitando el rosario con increíble tristeza. El día anterior había estado presente su contracara, los más anticatólicos manifestándose a favor de la muestra de Ferrari al grito de Iglesia, basura, vos sos la dictadura. Sintiéndome tan lejos de unos como de otros, antes de entrar en el Recoleta pasé por la Iglesia del Pilar. Colonial, bastante fea, poco que hacer frente a los grandes templos de estilo gótico. Lo más llamativo eran las calaveras con fémures debajo en cruz, como las banderas piratas, que adornaban las paredes del recinto. Antes, hace siglos tal vez, en esos agujeros habían ojos. La muestra de Ferrari tenía que superar eso. Pasé frente a los tristes y fervientes católicos que rezaban con voz cansada mientras sentía que secretamente pedían al Señor el infierno para aquellos que como yo, después de pagar la contribución de 1 $, cruzaban una puerta para entretenerse con la obra de un blasfemo. Pero alcanzaba con cruzar esa puerta y ver las primeras obras para darse cuenta que estaba frente a la obra de un gran artista, esas obras del Ferrari temprano que combinaban caligrafía y dibujo creando una rara síntesis de ambas. Un texto se convertía en algo pictórico, lo cual podría parecer natural con el chino o el japonés pero parece imposible con los feos y pobres caracteres latinos.

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En los siguientes sectores habían más sorpresas: una serie de collages que imaginaban al papa Juan Pablo II disfrutando del arte de Madonna y la Cicciolina; una pecera con dos axolotles, uno blanco y otro negro, moviéndose de forma irreal entre una representación barata de la última cena con figuras de yeso; una serie de portadas de una colección de Página/12 en la cual se atacaba tanto a los culpables de violaciones de los derechos humanos como a la iglesia católica argentina (se destacaba una foto del papa Pío XII saludando a Hitler, y debajo otra de un cardenal saludando a Videla: la correspondencia entre ambas fotos era impactante); la sala de los horrores cristianos (viendo todas las obras quedaba claro que las torturas que León Ferrari le infligía a esos Jesucristo de yeso y plástico eran las mismas que los católicos antes habían imaginado para que los pecadores irredentos sufran en el infierno, de forma que la Iglesia convalidaba las torturas al promover la idea del infiernos, y esta promesa de castigo eterno para los pecadores en el más allá bien promueve la tortura terrenal, tal como sucedió en la inquisición por ejemplo); una serie de reproducciones de grandes artistas católicos a los que Ferrari ponía jaulas con pájaros sobre ellas, la obra completa podría consistir en una representación de, digamos, un mural de Miguel Ángel de la capilla Sixtina parcialmente cubierto de excrementos o bien la obra podía consistir en todo el conjunto jaula-pintura; un sector de la muestra anulado porque un ataque de un grupo de fanáticos católicos rompió algunas obras (ahora ese sector parecía formar parte de la muestra de un modo integral); un gigantesco Jesús crucificado sobre un F-16 (una obra emblemática de los años 60 que había causado gran revuelo cuando fue expuesta en el Instituto di Tella); otras obras de diversas épocas del artista se enfocaban en la sensualidad femenina como una forma de placer y liberación; varias pequeñas obras provocaban humor y enviaban un mensaje claro (un frasco lleno de preservativos inflados con una etiqueta con la cara sonriente de Juan Pablo II puede ser la forma que León Ferrari elija para expresar su desacuerdo con la condena del papa ante el uso de preservativos).

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La muestra estuvo cerrada unos días por orden judicial ante la demanda de un grupo católico. En la apelación se favoreció la reapertura, y los demandantes, tal vez entendiendo que le habían hecho una enorme publicidad gratuita con sus querellas, decidieron dar la cosa por concluida. Poco tiempo después la muestra se cerró de todos modos antes de tiempo. Otros hechos, menos artísticos, más brutales, habían captado la atención de los habitantes de la gran aldea.

Los compactos de Boltzmann

La matemática tiene una pureza que la acerca a lo estéril. Sólo cuando se transforma en un mero lenguaje, como pasa en la física, la matemática cobra fuerza, y entones es capaz de expresiones simples y a la vez poderosas:

E = m c²

La energía almacenada en un gramo de cualquier cosa puede mantener funcionando la pantalla en la que está leyendo esto durante 10 000 años. Entonces la matemática se vuelve algo real, tiempo y materia, un monitor encendido durante siglos. La elegancia de la famosa ecuación a la que llegó Albert Einstein un siglo atrás no es común en la ciencia. Einstein recibió en su vida innumerables muestras de reconocimiento, tanto de sus colegas como del público en general. Aún así, cuando en 1925 vistió la Argentina, se sorprendió de que miles de personas estuvieran vivando la llegada del barco en el que viajaba. A decir verdad, en el mismo barco regresaba el equipo de fútbol de Boca luego de una exitosa gira por Europa. Más allá de esta confusión, lo destacable es que a Einstein se lo reconoció como una gran figura de la ciencia, al punto de convertirse en el icono científico, con su mítica cabellera revuelta que oculta una mente genial. Pero el reconocimiento no es la regla general en la ciencia, menos aún en el siglo XXI, en tiempos en que la tecnología parece haber invadido la vida de forma alienante. En especial en esta Argentina modelo 2000, la ciencia y la tecnología son vistas como algo inútil, o más bien inapropiado, desubicado en el contexto del país. Los científicos, que son personas mucho más normales y corrientes de lo que suele pensarse, perciben el desdén y la desconfianza que les profesan. Alzan los hombros desganadamente cuando los mandan a lavar los platos y siguen haciendo lo que les parece interesante, pero con menos respeto por sí mismos y por los demás. El descrédito científico no le resultaba ajeno a Ludwig Boltzmann, quien desarrolló fundamentos de la mecánica estadística, el nexo fundamental entre el mundo microscópico y el macroscópico. Sus teorías tuvieron la feroz oposición de muchos pesos pesados de la física del siglo XIX. La poca aceptación de sus teorías le hizo temer que el trabajo de toda su vida había sido inútil y lo condujo al suicidio. Hay una fórmula que compite en simpleza, significado y belleza con la de Einstein, y es la ecuación de Boltzmann:

S = k log W

Tiene un logaritmo y eso le agrega algo de complejidad, pero lo que la ecuación de Boltzmann pierde en complicación logarítmica, lo gana en significado para la vida práctica. Porque pocos sabrían como transformar un gramo de cualquier cosa en energía infinita, pero todos saben que las cosas tienen a pasar de cierto modo, y la fórmula de Boltzmann se conecta con ese principio fundamental de la ciencia, el segundo principio de la termodinámica, que según el personaje de Judy Davis en la película Maridos y esposas de Woody Allen indica que todo tiende a irse al diablo, y en un enunciado más académico postula que dado un sistema cerrado (el universo, por caso) cualquier proceso espontáneo conduce a aumento de la entropía. Según la ecuación de Boltzmann, la entropía S está ligada  al número W de configuraciones que puede adoptar el sistema en cuestión. Y con la ecuación de Boltzmann a la vista, la misma que a modo de epitafio adorna su tumba, es posible entender porque es tan difícil mantener el orden. La termodinámica, con sus leyes que rigen el universo, indica que el desorden es mucho más probable… a menos que existan fuerza que lo impongan (como mantengo cierto espíritu anarquista, lamento un poco la forma que tomó esta frase, pero es así). La ecuación de Boltzmann explica, por ejemplo, por qué es tan difícil mantener ordenada una colección de CDs. Si uno tiene 6 CDs, hay 720 formas distintas de ordenarlos. Si la idea es que estén en orden alfabético (si esa es la forma de orden), hay 719 de formas de desorden. Con una docena de CDs hay 479 millones de formas de combinarlos. Con 50 CDs la suma asciende a aproximadamente 30.414.093.201.713.400.000.000.000.000.000.000.000.000. 000.000.000.000.000.000.000.000. En todos los casos sólo existe una forma de orden: en la forma ordenada W vale 1 y por lo tanto la entropía es nula. Pero dejado al azar, el segundo principio de la termodinámica y la fórmula de Boltzmann promueven el desorden en la colección de CDs y en cualquier otra cosa.

Boltzmann

Posiblemente Ludwig Boltzmann se suicidó debido a una enfermedad mental. Prefiero la versión que probablemente sea falsa, la de que la falta de aceptación de sus ideas lo condujo al suicidio. Y me gusta pensar que de haber nacido en Argentina, Boltzmann tal vez sólo habría alzado los hombros desganadamente e ido a ordenar esa colección de CDs que parecía empeñada en desordenarse.