Adán y Eva en Monterroso

Cuando desperté, el dinosaurio ¬todavía estaba ahí. Ustedes que duermen en sommiers maravillosamente acolchonados no pueden imaginarse lo incómodo puede resultar pasar la noche tratando de conciliar el sueño en la copa de una tipa, que fue el árbol que elegí bastante a las apuradas, más en función de su altura que de la comodidad que podría brindarme a la hora de pernoctar. De haber sabido que el dinosaurio todavía estaría ahí cuando despertara, mirándome con sus fríos y húmedos ojos de vidrio, habría elegido aquel otro árbol, no el manzano, al que llegué a tomarle verdadera tirria, sino el otro que está más allá, alto también, más frondoso y mucho más proclive al sueño reparador.
Pero así son las cosas, dormí como el diablo, si se me permite la expresión, despertándome mil veces a punto de caer directo a las fauces del persistente dinosaurio empecinado en devorarse a este humilde servidor.
Insistente, este dinosaurio. E incoherente, además. Desde el momento mismo en que noté su cuerpo masivo, su cuello alargado y su diminuta cabeza reveladora de una inteligencia mínima, me sorprendió su actitud agresiva. No había dudas de que se trataba de un saurópodo, un tipo de dinosaurios herbívoros de hábitos pacíficos, típicos grandotes buenos y tontos.
El dinosaurio, que rumiaba como una gigantesca vaca, notó mi retorno a la vigilia. Me acomodé en una rama, y mientras me lanzaba su mirada bovina y somnolienta, le dije:
–¡Diantres! Sigues allí.
–Sigo aquí –respondió sin inmutarse.
–¡Te pido que me escuches, por las barbas del Señor! Bien sabes que eres herbívoro y siendo así me desconcierta tal actitud. ¿Qué pretendes conseguir con esta absurda persecución?
–Variedad nutricional. Permíteme explicarme. Si bien es cierto que la mayoría de mis congéneres son vegetarianos, incluso veganos extrictos, después de considerar con cuidado la situación, arribé a la conclusión de que el tipo de dieta pobre en proteínas de calidad que seguimos nos está llevando a la extinción. Y claro que también hay algunos sauros que siguen una dieta ovoláctea, que permite una nutrición un poco más completa en base a la inclusión de las proteínas que proveen los productos de origen animal como son la leche y el huevo, y además están los sauros macrobióticos, con toda su parafernalia New Age. Pero para mí es evidente que sólo un cambio radical en nuestros hábitos alimenticios puede salvarnos de una extinción que parece segura. Debemos volcarnos a una dieta cárnica, rica en proteínas de origen animal, y con mucho, mucho colesterol.
Tenía disuadir a este saurópodo de sus deseos de introducir cambios alimenticios y convencerlo de que siga fiel a su esencia vegetariana. Mi vida dependía de eso.
–Creo que cometes un error, pues si lo piensas un poco, verás que me asiste la razón. La dieta vegetariana estricta es más saludable desde todo punto de vista. También es superior desde el punto de vista moral, ya que entraña un profundo respeto por todo tipo de vida. Yo, puesto en tu lugar, más bien me cuidaría de los meteoritos.
–Pues debo disentir en que el vegetarianismo sea inherente a una moral superior. Sobran los casos de vegetarianos viles y crueles. Pero hay otra cuestión que me impulsa a la caza: el tedio. No tienes idea de lo aburrido que es el pleistoceno. Estas son épocas sin historia, no pasa nada que tenga importancia. Mis días transcurren en la monotonía más absurda. Y mientras rumiaba por enésima vez un helecho, os vi a vosotros, tan timoratos, tan torpemente ocultos tras una hoja de parra, suculentos como un chuleta con una hoja de laurel, y pensé en poner pimienta a mi vida. En ese momento, decidí que sería Dino, el cazador.
–Pero hay otras formas de combatir el tedio existencial sin arruinarle la vida a los demás. Pero antes permíteme que me presente. Me llamo Adán y vengo de una serie de eventos desafortunados que me dejaron al borde de mis fuerzas. Mi mujer compró en la historia que le vendió una serpiente con patas y las consecuencias fueron funestas. Digamos que perdí un tren de vida al que me había acostumbrado y que la serpiente perdió las patas. Lo que más me molesta es que ciertos privilegios que tenía se fueron para siempre. Eva no sopesó las consecuencias y ahora se queja. Y la tiene bastante preocupada el tema de parir con dolor. No sabes cómo me rompe las bolas con eso, no hay derecho. Pero como andamos con ganas de formar una familia, anda media paranoica la loca. Queremos tener un par de hijos. Los vamos a llamar Caín y Abel, está decido. O María y Juana, si son nenas. Pero, como te comentaba, todo se complicó, y de andar desnudos alegre e inocentemente en el Paraíso pasé a ser perseguido por un dinosaurio vegetariano.
–¿Sabés una cosa? Entiendo a Eva. Eres un gaznápiro y lo mejor que pudo haber hecho Eva era irse con el primer lagarto que se le cruzase.
Confieso que casi me quiebro. Dino tenía razón. Eva me lo dijo primero con gestos sutiles, luego con todas las letras. No quise ver las señales y ahora me llega como un desmesurado castigo la verdad envuelta en el aliento fétido de Dino, cuando podría estar respirando el fresco aliento Kolynos de Eva. Nos quedamos en silencio por unos momentos, hasta que Dino dijo:
–¿Y sabes cuál es tu problema? El problema es que no sabes nada sobre las mujeres. Tuviste tu primera noviecita y creíste haber inventado el amor. Y lo que es más grave: pensaste que iba a ser así para siempre, que su corazón iba a estar encadenado al tuyo por toda la eternidad. Pero la mujer se mueve, como una pluma al viento, cambia de palabra y de pensamiento. Siempre es desgraciado el que confía en ella y le entrega incauto el corazón.
Esta última frase la batió con la voz vencida y triste de un tango viejo.
–¿Y tu qué sabes algo de mujeres? –le pregunté.
–Y… más que vos sé, salame. Te falta calle, pibe. Vos no sabes nada de las ambiciones de las mujeres.
–¿Ambiciones? –repetí como un idiota.
–Sí, las mujeres tienen sueños, caprichos, ambiciones. Y la mayor ambición de las mujeres es inspirar amor.
Tal vez Dino no estuviera tan errado. Acertó en que Eva era mi primer y único amor. Volví a encerrarme en mí mismo, pensando en Eva. Estaba considerando ir a pedirle perdón de rodillas, cuando Dino dijo:
–Y ni se te ocurra ir a pedirle perdón de rodillas. Ella ya piensa con toda razón que eres un palurdo. Sólo conseguirías que pensara que eres un palurdo patético.
–¿Pero qué otra opción me queda?
–Volver triunfante, volver de una forma que la obligue a reconsiderar la situación. Tienes que volver como un campeón. Esa es la única que te queda. Y cruzar los dedos como para pensar que no la hayas estropeado de modo irreversible.
–Já. Acá estoy, colgado de una rama, a punto de caer a las fauces de un lagarto, y me pides que piense como un winner.
–Es posible, si lo intentas. Si realmente lo deseas de corazón, el Universo conspira para que tus deseos se cumplan.
Paulo Coelho, la vaca pleistocénica se creía Paulo Coelho. Por algo no había libros en el Edén. En fin, no tenía otra opción que dejar que siga hablando.
–Yo podría ayudarte.
–¿Cómo?
–Es simple. La verdad es que ya me aburrí también de este jueguito. Puedo considerar que ya lo gané. Mate en dos. En poco tiempo, tendrías que bajar en busca de agua o comida, y serías presa fácil. Pero se me ocurre otro juego, más divertido. Voy a ayudarte a recuperar a Eva.
–Insisto: ¿cómo?
–Simple. Vamos a ir a buscar a Eva, juntos. Voy a fingir que me domesticaste, te voy a llevar montado en mi frente y voy a fingir que sigo cada una de tus órdenes. Cuando Eva te vea, recuperará la confianza en ti. Va a pensar que vas a ser amo y señor de esta tierra inhóspita.
Pensé en evaluar todo con cuidado, pero el hambre y la sed que sentía me disuadieron de seguir pensando. No había nada que pensar. No me quedaba opciones más que confiar en Dino. Más que nada por una cuestión de burocracia mental, quise indagar más en el asunto:
–¿Puedo confiar en ti? ¿Y qué ganarías en todo esto?
–Puedes confiar en mí porque ganaría algo mucho más preciado que un almuerzo: ganaría un amigo– dijo con solemnidad.
–OK, bajo y que sea lo que el Viejo quiera.
–Salta hacia mi frente y vamos.
Sentí un súbito ataque de pánico. Sólo tendría que abrir la boca cuando saltara para que me conviertiera en canapé Adán para dinosaurios. Pero la suerte ya estaba echada. Intoxicado de adrenalina, tomé impulso y salté a la cabeza de Dino, que me recibió casi con dulzura. Después, dijo con firmeza:
–Ahora vamos a buscar a Eva.
No tuvimos que buscar demasiado. Gracias a la perspectiva privilegiada que me otorgaba la altura del cuello de Dino, pude ver a Eva a la distancia, tomando sol en topless en la playa que bordeaba el lago.
Nos acercamos y no tuve que hacer nada. Eva quedó encantada con Dino. Alguna debilidad debía tener con los reptiles, la muy zorra. Nos fuimos a dormir juntos los tres, Eva, yo y nuestra mascota pleistocénica.
Cuando desperté a la mañana siguiente, el dinosaurio ¬todavía estaba ahí. Dormía con placidez. Parecía tener una expresión de satisfacción y paz que le desconocía. Parecía sonreír como un Buda. Parecía más gordo también, y no veía a Eva por ningún lado.
Sí, cuando desperté, el dinosaurio ¬todavía estaba ahí. Y cuando él también se despertó y me miró relamiéndose los labios, tuve la cruel certeza de que pronto me reencontraría con Eva.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

Anuncios

El arte perdido de la conversación

Publicado en la selección de relatos del concurso literario de Zona eReader, 2015.

–A ver, decime una cosita vos: ¿a todas las chicas les preguntas, la primera vez que las ves, qué opinión les merece el sadomasoquismo?

–No a todas, sólo a vos porque me pareces distinta, especial. Pero, perdoname, creo que di una impresión equivocada. Te lo pregunto no porque tenga un interés especial en el sadomasoquismo, que si vos lo tenés por mí está más que bien. Te lo pregunto porque me interesa todo lo que tenga que ver con libros y vi que ahí tenés Cincuenta sombras de Grey.

–Ah, era eso. Me lo dio una amiga. No sé si te decepciono pero no me entusiasma para nada el sadomaso. Esta amiga mía me leyó algunas partes y me divirtió, y por eso me lo pasó.

–Es que el sexo siempre es entretenido.

–O casi siempre. Lo importante es disfrutar el momento o, por lo menos, aprovecharlo. Como hace mi amiga, la que me prestó el libro, que cuando empieza a aburrirse, va cambiando de posición hasta llegar a una desde la cual pueda mirar la televisión.

–Debe ser una mujer muy eficiente.

–Sí, no le gusta perder el tiempo. Pero no es desconsiderada. A veces se apiada y busca una posición en la que los dos puedan ver televisión.

–Eso sí que es conveniente, así nadie se aburre. Pero volviendo a Cincuenta sombras, ¿no te pareció que es un cuento de hadas, una especie de refrito erótico de la historia de la Cenicienta y el príncipe azul?

–Puede ser. No lo había pensado, hay algunos puntos en común. En realidad, muchas telenovelas tienen el mismo argumento. En fin, nadie dice que Cincuenta sombras sea gran literatura, pero logra hacer conexión con fantasías compartidas por muchas mujeres.

–Lo que a mí me llama la atención es que a tantas mujeres les entusiasme un cuento de hadas sadomasoquista. No quiero teorizar demasiado sobre eso, pero para mí tiene que ver con la caída del hombre moderno.

–¿Cómo es eso de la caída del hombre moderno?

–Más o menos así: al hombre moderno las mujeres lo castraron y lo pusieron a lavar platos, a cambiar pañales, a hacer todo ese tipo de cosas. Entonces las mujeres salieron de la casa, pero se perdieron un poco y ahora ya no saben bien dónde quieren estar. De un modo secreto e inconfesable, muchas mujeres comparten la fantasía de que el tipo, al que en verdad quieren, las ate para librarse de la carga de tener que decidir todo ellas, todo el tiempo.

–¿Y vos vendrías a ser el hombre moderno?

–No.

–¿Para nada?

–Bueno, ponele que sí, pero es como que hoy por hoy no tenés opción.

–¿Y de dónde sacaste eso de la caída del hombre moderno?

–De Friends, que es como un tratado sobre la caída en desgracia del hombre moderno.

–¿A ver con qué salís?

–Pensá en esto: todos los personajes masculinos de Friends están dominados por las mujeres. Ross está siempre listo para casarse, aunque sea con una lesbiana. Ross es Susanita, el personaje de Mafalda. Lo que de verdad quiere Ross es ser ama de casa.

–Ross da gay. Me parece que su sueño es otro.

–Puede ser, no me había dado cuenta. Puede que sea heterohomosexual, una variedad nueva de hombre moderno sometido a la mujer, un hombre heterosexual invadido por deseos femeninos y por eso parece homosexual.

–El que no necesita mucha explicación es Chandler.

–Ahí está todo clarísimo. Mónica lleva los pantalones, es la señora y ama de la casa. Chandler se limita a tratar de complacerla y a hacer chistes todo el tiempo para descomprimir la presión y no salir corriendo a fumar crack.

–¿Y Joey? Joey es el típico mujeriego. Él más bien usa las mujeres.

–No, es al revés: las mujeres lo usan a él. Es como un plomero o un albañil, que provee un servicio muy claro y definido. Hace cincuenta años Joey hubiera sido un ganador, pero hoy en día es un juguete sexual más, de carne y hueso, pero igual de descartable. Fijate que nunca puede tener una verdadera relación, y cuando lo intenta, fracasa miserablemente. Joey es otra versión de ese personaje perdedor que es el hombre moderno: un dildo unido a una figura humana. Antes había mujerzuelas, pero hoy hay hombrezuelos como Joey.

–Estoy de acuerdo con lo de Chandler, y un poco con lo de Ross. Con lo de Joey no sé, me parece que estás forzando un poco la cosa.

–Es así. Todos los personajes masculinos de Friends son muñecos vencidos por época que les tocó, por este Zeitgeist vaginal. Los personajes secundarios más todavía. Ahí tenés a Günther, el dueño de Central Perk, que durante diez años persigue a Rachel y ella nunca le da ni la hora.

–Günther también da gay.

–Heterohomosexual.

–¿Sabés donde falla tu teoría?

–A ver.

–En el ex novio de Mónica, el oftalmólogo. Ése no está dominado por las mujeres.

–Claro, porque es un dinosaurio. Es un arquetipo extinto, sacado del pasado y puesto en Friends sólo para resaltar el contraste con los perdedores reales de hoy.

–Ah, pero vos acomodás todo para que quede bien en tu esquema. Lo que te sirve lo tomas y lo que no, lo retorcés hasta que entre en el agujerito que quedó.

–Obvio. Así es como avanza la ciencia.

–Por eso yo creo más en los horóscopos que en la ciencia.

–Bueno, creo que no lo mencioné antes, pero yo soy científico.

–¿Ah, sí? Mirá vos. ¿Y qué estudiás?

–Antropología.

–¿Hiciste algún trabajo de campo?

–Por supuesto. Ahora estamos estudiando una tribu del Amazonas que todavía vive en la edad de piedra. Se alimentan de la caza, de la pesca y de los frutos que puedan recolectar de los árboles. Fueron descubiertos hace poco. Nadie sabe cómo pudieron permanecer tanto tiempo aislados del resto del mundo, pero una vez descubiertos, los antropólogos llegamos al consenso de no intervenir en lo más mínimo.

–Pero entonces nunca van a saber nada de ellos.

–Quiero decir que no tenemos contacto directo con ellos, ni permitimos que la tribu siquiera se roce con la tecnología, pero los estudiamos a la distancia. Con cuidado de no ser descubiertos, plantamos unas cámaras y observamos su comportamiento diario.

–Un Gran Hermano de la edad de piedra.

–Exacto, pero sin confesionario, que es una de las cosas que queremos evitar.

–¿Descubrieron algo interesante?

–Varias cosas, y muchas que no podemos explicar. Lo primero es el lenguaje. Después de mucho esfuerzo, estamos dando los primeros pasos para entenderlo. Lo que más nos sorprendió es que una lengua es muy rica. Uno pensaría que tendrían unas pocas palabras y una sintaxis simple, tipo “tú Jane, yo Tarzán”, pero no. Los tipos son unos charlatanes insoportables, se la pasan hablando. Pareciera que estuvieran inventando historias. Y además tienen mucho sentido del humor, porque se matan de risa de cosas que no alcanzamos a entender.

–Una se siente un poco tonta cuando no entiende un chiste y se lo tienen que explicar, tarea que además aniquila toda posible gracia.

–Claro. De todas formas, es llamativa la capacidad que tienen estos cavernícolas para armar conversaciones colectivas. Sólo en la Francia aristocrática de siglos atrás se había desarrollado en tal alto grado la conversación.

–Eso es notable, que sea en una tribu neolítica el único lugar donde siga vivo el arte perdido de la conversación.

–Miran cómo fluye un río o cómo centellean las estrellas en el cielo, y eso les alcanza para parlotear durante horas.

–Eso es porque no tienen internet. ¿Y son amistosos o les gusta pelear?

–Son súper amistosos, tal vez porque tienen una estructura social inédita en nuestra sociedad.

–Si tuviera que apostar, me jugaría por alguna forma de socialismo utópico.

–No estás lejos. Son medio comunistas, medio anarquistas, pero sobre todo muy haraganes. Cuando tienen cubierto el tema comida y saben que no se les avecina ninguna amenaza, se dedican todo el día a jugar, a charlar o a garchar.

–¿Qué? ¿Se enfiestan todos juntos?

–No, prevalecen las parejas, por lo general. Pero lo que más nos llama la atención es que no existe una unidad que podríamos llamar familia. En su lugar, hay una especie de crianza colectiva. Al igual que sucede con cierto tipo de simios, en el momento de fertilidad las hembras se aparean sucesivamente con varios machos, de modo que todos los machos participantes se consideran el padre de la criatura.

–Son unos hippies estos cavernícolas. Les falta fumar marihuana y tomar ácido, y ya está.

–Sí, es cierto, lo más parecido a su estructura social es una especie de hipismo utópico. La diferencia es que la cultura hippie duró un suspiro y esta tribu parece ser milenaria.

–Dan ganas de irlos a visitar. Como lo contás, parece que hubieran encontrado el secreto de la felicidad.

–No tanto, tienen sus cosas cuestionables, costumbres que nos parecerían crueles o inmorales. Y a veces la pasan bastante mal.

–Y a veces bastante bien. No sacrificaron, como hicimos nosotros, la felicidad de una vida natural en beneficio de la seguridad de la vida civilizada. Tal vez sean los últimos seres humanos realmente felices que quedan sobre la tierra.

–Es cierto. No reprimen sus instintos todo el tiempo, no quieren parecer respetables ni ser mejores que nadie. Son los últimos humanos felices, tal cual.

–Decime la verdad.

–Siempre.

–¿Inventaste todo esto, no es cierto?

–¿Por qué preguntas?

–Porque no hay forma de que exista una tribu como la que me contás.

–Bueno, claro, por supuesto. Los hippies, neolíticos o no, se extinguieron hace mucho tiempo. ¿Pero cómo te diste cuenta?

–Leo y, cuando me aburro, miro la televisión. Por las dudas, siempre tengo sintonizado el canal de documentales. Por eso sé que, aunque hay tribus no contactadas en el Amazonas, ninguna se parece ni siquiera remotamente a la que te acabás de inventar. De todas formas, no me molesta. En mi opinión, no hay nada más sobrevaluado que la verdad.

–…

–¿Te quedaste sin palabras ahora?

–Al contrario. Estaba pensando que vos y yo podríamos resucitar el arte perdido de la conversación.

–Y rescatar al bello arte de mentir de la decadencia general.

–¿Qué te parece si salimos de acá y vamos a mi casa?

–Genial. Pero ante, una preguntita crucial: en tu dormitorio, ¿tenés televisor?

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

Críticas de lectores a un relato presentado en un concurso literario

El autor de este relato evidentemente tiene un dominio magistral de la lengua castellana. Desde la primera línea nos introduce en una historia atrapante, con personajes bien logrados y diálogos acertadísimos. El ritmo es trepidante y trama evoluciona con total naturalidad. El final impactante nos sorprende y nos deja con deseos de seguir leyendo. Desafortunadamente, y lamentándolo mucho, no es el tipo de relatos que sean de mi agrado. Puntuación: 2.

Un relato simpático y muy bien escrito sobre un tema algo banal e intrascendente. Un 3.

La historia, si puede llamársela así, que se narra en este relato es sumamente inverosímil. Encuentro ridículo que una persona se despierte un día y, sin motivo aparente, descubra que se ha convertido en cucaracha. Las disquisiciones posteriores me han sumergido en un tedio del que todavía no he salido completamente. Le recomiendo al autor que sea un poco más imaginativo y considerado con sus lectores. Puntuación: 4.

Un buen relato debe tener: a) introducción; b) nudo; y c) desenlace. El relato en cuestión carece de los antes puntos mencionados (a, b y c), de modo que ni siquiera califica como relato. Más bien, lo consideraría como un rejunte de palabras que reflejan un caótico discurrir de ideas (y de escaso brillo, para ser completamente honestos). Lo siento por el autor, pero que se dedique a otra cosa. Puntuación: 5.

He notado en este relato que faltan dos tildes, una coma está colocada en el lugar equivocado y no ha dejado espacio antes del guión de diálogo en tres ocasiones. Le recomiendo al autor que haga una concienzuda revisión de sus trabajos antes de darlos a conocer. Puntuación: 6.

El autor usó guiones cortos en los diálogos. Ahí van los largos, ¿cuántas veces tengo que decirlo? Guiones laaaargos. Vamos que no es tan difícil. Miren: “–Hola –me dijo y se sonrojó.” Ven que es fácil. Guiones largos en los diálogos: esa es la clave de todo.

Este relato me ha dejado un poco confundido. No sé exactamente cuál era la intención del autor. Si era la de transmitir la sensación de que al leer ciertos textos uno pierde el tiempo de la forma más estúpida, el autor lo ha conseguido plenamente. ¡Suerte!

Rattus modernus

Un cuento de Alex Burrett

Soy una rata. Una rata común. Una rata de alcantarilla. Rattus norvegicus. Actualmente mi especie está pasando por un momento de mierda así que estuve pensando bastante en desarrollar una solución evolutiva. Es posible que tengas la idea errónea de que la evolución es un proceso gradual, debido a la influencia de esas ilustraciones sobre monos que se van convirtiendo en hombres y peces que van desarrollando miembros. En realidad, la evolución no es un proceso gradual y por eso nunca encuentran los eslabones perdidos. La evolución ocurre por saltos. Por ejemplo, nace una criatura tipo antílope con cuernos exageradamente grandes. Esos cuernos no sólo no son de mucha ayuda para la supervivencia, sino que además son una carga para la criatura cuando trata de escapar de los leones. Por lo tanto, el gen de los cuernos largos no se pasa a las generaciones futuras. Ahora otra criatura tipo antílope nace con un cuello exageradamente largo que le permite alcanzar hojas nutritivas que los demás no alcanzan. Esta sección vertebral extendida no representa ninguna vulnerabilidad extra. Y listo, ya entraste en el territorio de las jirafas. Si estudias el tema con más profundidad, vas a descubrir que no se agota ahí. Más que esperar que una mutación rara te llegue por casualidad, podés actuar proactivamente para alentar y dar forma a tu propio desarrollo evolutivo. Todo lo que se necesita es un poco de conocimiento y un gerenciamiento cuidadoso. En términos llanos, la evolución se parece a empezar una relación: alguien tiene que dar el primer paso. Si te gusta alguien, invitalo a salir. Si te gusta evolucionar, tenés que hacer la ingeniería necesaria para impulsar las fuerzas evolutivas en la dirección correcta. Y no hay área de la evolución donde los beneficios se vean más rápidamente que en la simbiosis. Y el área más exitosa de todos los ejemplos posibles de evolución simbiótica en la historia de la vida en la tierra es la domesticación. Pensá en los perros. Descienden de los lobos. Y miralos ahora, distribuidos por todo el planeta en todo tipo de forma y tamaño. Se pasean como si fueran los animales más piolas. “Ah, mírenme. Soy un perro. Ando con humanos. Nos juntamos cuando ellos todavía andaban villeando en las cavernas. ¿No te parece que somos los más inteligentes?” El cuidado de los caninos mueve una industria millonaria. Hasta hay perros estrellas de cine. El mejor amigo del hombre. Pero para mí los inteligentes no son los perros de hoy que desfilan y obedecen silbatos silenciosos. Los que yo admiro de verdad son esos lobos que fueron los primeros en elegir aliarse con cazadores humanos. En aquella época, los humanos podrían o bien haber cazado a los lobos o bien esconderse de los lobos. Pero esos lobos calcularon que habían ventajas en estar cerca de los hombres. Este conocimiento se lo pasaron a sus acicalados descendientes. Los perros deben agradecerle eternamente a ese grupo de lobos pioneros. Pero no son los únicos beneficiarios de la domesticación. Muchos otros animales se beneficiaron por mezclarse con los humanos. Los gatos son contendientes obvios. Por motivos personales, me cuesta cantarle loas a sus primeros ancestros pero, objetivamente, debo decir que los felinos salvajes primitivos la hicieron mejor todavía que los lobos. Los gatos modernos se las ingeniaron para mantener parte de su herencia, como cazar y otros instintos salvajes, al prostituir su cariño a cambio de casa y comida. Debe requerir un esfuerzo genético increíble mantener esas tradiciones vivas a través de las generaciones. Tanto como detesto a esa especie, admiro su determinación. De mala gana tengo que admitir que son mi modelo. Como ellos, quiero que mis descendientes tengan cubierto el tema casa y comida, pero con la libertad de expresión que aun conservan. De hecho, quiero que el estatus de mi descendencia y el equilibrio domesticación/tradición sea mejor todavía que el de los gatos y no estoy soñando despierto. El peor error que en este momento están cometiendo los animales salvajes es creer que las oportunidades para volverse ganado están acabadas y la puerta del establo está cerrada. La puerta de la evolución nunca se cierra. Nunca es demasiado tarde para cambiar. Todo lo que se necesita es dar el primer paso en la dirección correcta. Si pudieras mirar atrás en la evolución de cualquier especie, en algún momento encontrarías a un individuo que, por alguna razón, dio un paso en una nueva dirección. Si hay algo que podés decir sin lugar a dudas sobre la evolución es que está siempre cambiando. La evolución es como un campeón mundial de boxeo, nunca se queda quieto. Yo soy un campeón así. Una rata campeona. Así que estoy haciendo esa primera movida. En el futuro, cuando estudien la popular y exitosa especie de rata doméstica Rattus modernus, me van a encontrar a la vanguardia. Voy a dar origen a especie completamente nueva de rata. Quiero que mis descendientes tengan perspectivas que superen la imaginación de mis contemporáneos. Quiero una porción del pastel de domesticación para mi descendencia. Si tenés hijos, sabés que darles lo mejor te hace sentir orgulloso. Si sabés que además tu empresa aseguró un futuro positivo para tus nietos, estás más orgulloso todavía. Imaginate entonces el orgullo especial de saber que estás aportando una ventaja específica para una especie entera, que todos ellos son el fruto de tu esfuerzo.

Soy bastante grande. Eso es importante. Mis estudios revelaron que tenés que alcanzar cierto tamaño antes de que los humanos te acepten en la categoría de “animales domésticos potenciados”. Si sos demasiado chico, te meten en una jaulita, lo cual no constituye una relación mutuamente beneficiosa de domesticación. Si sos demasiado grande, te dejan en el campo o te meten en el establo, y te pasas la vida transportando las cargas de los humanos hasta que te jubilan y sos comida para perros. Los animales grandes, por su propia contextura física, quedan excluidos del sito humano sacro santo: la casa. Por ahora mis planes van bien. Tengo buen tamaño. Mi gen de grandes dimensiones fue exitosamente transmitido a varios de mis pibes. En el ambiente adecuado, con una dieta rica en proteínas, las futuras generaciones serán todavía más grandes. Después de unas pocas generaciones bien direccionadas, mis descendientes podrían ser todavía más grandes que un gato promedio o el ridículo perrito faldero. Por el lado del estatus, eso ayuda.

Suficiente teoría por el momento. Vayamos a la acción. Yo soy grande y vivo con un tipo grande. Para ser honesto, aunque un poco desleal, el tipo es gordo. Voluminoso. Morbosamente obeso. Además, es muy vago y sus patrones de higiene dejan mucho que desear. No tiene un solo amigo humano. Pero, como a todos, le gusta la compañía. Quiere que lo quieran. Todas estas características son ideales para el éxito de mi plan. Por eso lo seleccioné. Nadie va a venir a interferir acá. Eso significa que podemos trabajar nuestro desarrollo mientras él se va beneficiando de nuestro trabajo. Heredó la casa, así que va a vivir acá hasta que se muera. Se alimenta de comida chatarra que vuelca por todos lados y nunca limpia. La casa está en un lamentable estado de abandono, así que hay agujeros por todos lados que proveen acceso ilimitado a mi extensa familia. También recibe amor de nosotros. Nos turnamos para ovillarnos en sus voluminosos muslos, creando por un momento cráteres de carne cubiertos de algodón mientras nos acaricia. El gordo es perfecto. Prácticamente lo adoramos. Le decimos Titán. La primera fase de mi plan evolutivo va encontrando su camino. La segunda fase es establecer una relación entre especies con él en la casa. La tercera fase es tanto práctica (ampliar nuestro hábitat) como promocional (crear las condiciones para la expansión de nuestro movimiento). En la fase tres nos mudamos. Ahí es cuando mi descendencia se pone en contacto con una población humana más amplia. Esta fase implica encontrar más gordos perdedores o especímenes igualmente patéticos a cuyas vidas podamos agregarle valor. Nos vamos a expandir por el mundo, cuadrúpedos buscando padres, siguiendo las huellas de los humanos pioneros de tiempos pasados. Y cuando nuestro movimiento gane impulso, cuando más gente vaya escuchando de nosotros, vamos a tener que tener que hacer un trabajo muy bueno de relaciones públicas. Tenemos que sacarnos de encima la mala fama que nos hicieron durante los últimos siglos. Las relaciones públicas hacen toda la diferencia en este mundo moderno. Para construir una imagen positiva, se necesita un buen gancho. Los primeros perros fueron los “compañeros de caza” y los “guardias de seguridad”. Ayudaban a cazar y protegían la vivienda. Los gatos eran los “eliminadores de roedores” que prometían mantener a mis hermanos y a mí bajo control, bastardos. Pero ninguna especie doméstica, debido a que dieron el primer paso evolutivo hace miles de años, está preparada para los grandes problemas del hábitat humano moderno: los desperdicios orgánicos y los insectos. Nosotros sí. Aunque nos demoramos en entrar al juego de la domesticación, ahora contamos con muchas ventajas y somos los animales mejor equipados para enfrentar estos desafíos modernos. Y si lo hacemos bien, vamos a ser las bestias estrella y los humanos van a abandonar a sus aliados históricos para volcarse en nuestro favor.

Ningún humano quiere que haya bichos en su casa. Quieren vivir en ambientes prácticamente estériles. Las cucarachas, las hormigas y las arañas son los nuevos parias, los nuevos parásitos, los nuevos depredadores. Los pesticidas son caros, de efecto temporario y cada vez más se los considera poco amigables con el medio ambiente. Los humanos quieren soluciones verdes para todo y qué puede ser más ecológico que un animal naturalmente adaptado para resolver sus problemas. Nosotros no sólo somos animales perfilados idealmente para la sustentabilidad ambiental, sino que además estamos realmente comprometidos con la misión y vamos hasta el fondo de la cuestión. Está en nuestra naturaleza investigar cada rincón y grieta. Vamos a cubrir tan bien las esquinas escondidas que nunca más van a tener que agacharse para limpiar. Si bien es cierto que nuestro anfitrión es excepcionalmente vago y haragán para mantener el orden en su casa, la verdad es que no es radicalmente distinto del resto de la colonia global. A toda su especie le obsesiona ahorrar esfuerzo. Si se les ofrece una forma de no hacer un trabajo que en primer lugar nunca quisieron hacer, van a estar más que felices de no tener que volver a hacerlo nunca más.

Mi familia y yo comemos los bichos de Titán. Probablemente él sea uno de los individuos más antihigiénicos del planeta, pero en su casa hay menos bichos que en la más inmaculada sala de hospital. Además nos ocupamos de los desperdicios orgánicos. Consumimos cada bocado de comida que escapa de la voracidad de su boca. Eliminamos cada miga que queda en los envases de comida rápida. Nos comemos hasta los huesos. Todos los días le lamemos el inodoro hasta dejarlo reluciente. No hay ni una manchita de materia orgánica en sus ollas o sartenes. Hasta nos comemos el papel higiénico que tira en el dormitorio.

Aunque el cuidado de Titán genera una gran cantidad de trabajo, establecí la regla de que no más de cien de nosotros deben estar en la casa al mismo tiempo. No quiero que piense que lo estamos invadiendo. Tiene que sentir que bajo su techo se hospeda sólo la cantidad de personal estrictamente necesaria para cumplir la tarea. La primera regla de la domesticación es hacerles creer a los humanos que le estamos haciendo un favor. Los humanos tienen egos sensibles. Infláselos y te van a adorar; abolláselos y te van a rechazar. La regla de los cien nos dio un orden social completamente nuevo. Tenemos guardias en la entrada que cuentan cuántas ratas entran y salen. Tenemos mensajeros para mantener abiertas las líneas de comunicación entre los guardias y distintas locaciones. Hay inspectores y capataces. Además de todas las designaciones permanentes como las mencionadas, hay muchos puestos temporarios para tareas específicas que se presentan según lo que requieran las circunstancias. Estas funciones incluyen almacenamiento, construcción de nidos, mantenimiento de caminos, ese tipo de cosas. Incluso tenemos una fuerza policial. En realidad, es más bien una turba linchadora, de formación bastante espontánea, compuesta por los tipos más recios de la colonia. Si bien ésta es una aproximación bastante grosera al problema de la seguridad, hay que tener en cuenta que sólo estamos en los albores de nuestra cultura. Las cosas se volverán más refinadas a medida que las generaciones mejoradas genéticamente se sucedan unas a otras como las actualizaciones de las computadoras. Creo que se entiende la idea. Somos una generación nueva de ratas, coordinadas y de cara al futuro. Enfocadas. Entrenadas. Comprometidas. Somos interactivas y afectuosas. Comemos insectos. Comemos desperdicios orgánicos. Mantenemos la casa de Titán a flote. Me encanta la ironía de la frase, porque hicimos abordaje y rescatamos la nave apestosa y naufragante que era este chiquero de casa.

El status quo no va a durar para siempre. Un día Titán se va a morir. Con la clase de basura que se mete, el ataque cardíaco no puede estar muy lejos en años humanos. Ahí es cuando termina la fase dos y empieza la fase tres. Personalmente no hay nada que me gustaría más que poder presenciarla. Pero con la expectativa de vida tan baja que tenemos actualmente, es muy probable que me haya ido mucho antes. Sin embargo, soy realista y me anticipé a esa eventualidad. Los planes para la próxima fase ya están completamente elaborados. Di instrucciones para que cuando Titán estire la pata sea el momento de moverse. Para cuando Titán crepe vamos a ser miles, muchos de ellos viviendo en las alcantarillas. La orden es que se formen tantos grupos sustentables como sea posible. Cada grupo debe contar con suficientes representantes de cada disciplina. Estas comunidades autocontenidas y pioneras tienen la misión de salir a buscar nuevas fronteras y encontrar sitios huéspedes adecuados. No nos podemos ni vamos a quedarnos en la guarida de Titán esperando que vengan a felicitarnos. Los equipos médicos humanos y los especialistas en mudanzas no van a entender inmediatamente nuestro rol. Esos grupos son antirratas fundamentalistas. Tenemos que estar bien lejos cuando ellos lleguen. Los científicos forenses van a ser nuestros heraldos. Van a quedarse perplejos ante el contraste entre los claros signos del estilo de vida inmundo de Titán y la condición impecable de su casa. Enfrentados a este dilema, van a ser profesionalmente inquisitivos. Van a investigar. Van a sopesar la evidencia y los cuentos anecdóticos, y van a sumar dos más dos. Sin importar lo improbable que pueda parecer, la única solución posible a la que van a llegar es a que fuimos nosotros, Rattus modernus. Van a oler, y detectar, una rata. Aún si intentaran ocultarlo, las noticias del extraordinario descubrimiento de a poco se filtrarían. Para ese entonces, ya estaremos sirviendo a otros clientes. El descubrimiento futuro de nuevos proyectos exitosos va a fortalecer y amplificar nuestra nueva reputación. Vamos a proliferar y nuestra estatura va a aumentar con cada nueva historia positiva. Nuestra acción eventualmente pasará de ser un mito urbano a convertirse en una realidad aceptada. Para cuando los humanos estén listos para aceptar los servicios de mis descendientes evolucionados selectivamente como socios en la lucha contra la mugre, vamos a estar en todos lados, combatiendo el caos y las invasiones de insectos en cientos de lo que una vez fueron escuálidos hábitats humanos. El último paso para completar la tarea será el salto de apoyar a formas de vida marginales a pasar a formar parte del mainstream. Ése es otro momento que me encantaría poder ver, el punto en que dejamos de corretear en las sombras como un movimiento underground. Debemos convertirnos en lo que todos quieren tener. Seremos considerados el ejemplo más exitoso de domesticación de la historia o, como yo prefiero llamarlo, de la “Interdependencia Humano/No-Humano”. Para ese entonces, yo seré historia antigua. Pero mi genoma seguirá vivo. Seré el padre de una nueva y gran especie. Las ratas modernas y los humanos vamos a florecer juntos, unos con otros. Seremos parte vital de una nueva y duradera época humana. Mirando más allá en el futuro, no veo razón para convertirnos en amos del planeta una vez que ellos se hayan autoaniquilado. Tendremos la organización, el número y el know-how para heredar la Tierra. Si mi plan inicial funciona, demostrará que tenemos el potencial para responder rápidamente a las circunstancias cambiantes y que podemos evolucionar nuevamente. Si uno de mis descendientes hereda mi habilidad para combinar una gran visión de futuro con un liderazgo fuerte, podría iniciar una nueva progresión y conducirnos a buscar un nuevo nicho de mercado. Dentro de un millón de años podríamos convertirnos en Rattus erectus. Mis descendientes podrían sentarse en la cima de la cadena alimenticia. Y cuando los Rattus erectus rastreen los orígenes de la herencia genética, me encontrarán a mí, el origen de todos sus éxitos. Van escribir libros sobre mí, van a hacer películas sobre mí, tal vez hasta construyan monumentos en mi honor. Seré considerado el visionario más grande de todos los tiempos, el instigador original del triunfo de la especie. Seré su padre, su benevolente über-ancestro, su dios. Pero ahora, en este preciso instante, el gordo bola de sebo acaba de clavarse una paja y tiró al piso el pañuelo de papel gelatinoso que usó para limpiarse. Es hora de hacer mi tarea y empezar a engullir.

Copyright by Alex Burrett.
Traducido por Gabriel Frenzotti.

* * *

Alex Burrett es uno de los escritores más imaginativos que andan dando vueltas por ahí. Su obra hasta el momento no fue traducida al español. Alex Burrett amablemente autorizó la publicación en Frenzo’s de este cuento que forma parte del libro Mi cabra se comió sus propias patas.

Los sueños premonitorios de las moscas

En el cuento El I Ching y el hombre de los papeles del último libro de Guillermo Martínez, Una felicidad repulsiva, un profesor de estadística, afectado por la enfermedad de un familiar, calcula la probabilidad de que, de pura casualidad, en el mismo día alguien sueñe que se muere un familiar y luego se produzca efectivamente esa muerte, dando así la apariencia de ser un sueño premonitorio. El profesor plantea el problema y a continuación los resuelve, apenas esforzándose en los aspectos aritméticos:

Todos hemos soñado alguna noche que un familiar cercano muere, podemos suponer que cada persona tiene al menos una vez en su vida un sueño así. (…) El hombre escribe en el pizarrón un número de cinco cifras. Éste es el número en días de la vida máxima de una persona. Nuestro familiar puede morir en uno cualquiera de estos días. El sueño premonitorio ocurre también una noche cualquiera, en otro cualquiera de estos días. Pero entonces, la probabilidad de que el sueño premonitorio se concrete es la probabilidad de que coincidan estos dos sucesos independientes: la noche del sueño con el día de la muerte. Y este  número sabemos calcularlo. El hombre escribe una ecuación, se detiene un instante en el signo de igualdad, como si estuviera haciendo una larga cuenta mentalmente, y anota un segundo número de casi el doble de longitud.

Pero parece haber algo no del todo correcto en ese cálculo. Tratemos de rehacer el razonamiento del profesor, aunque por conveniencia mutaremos los humanos en moscas, que viven sólo diez días como máximo. Si consideraremos el mismo problema pero para una mosca que sueña que muere su hermana gemela, los conceptos son los mismos pero las cuentas son más fáciles. Así las cosas, la probabilidad de que un día dado la mosca tenga el sueño es 1 en 10:

P(sueño) = 1/10

Si suponemos que la otra mosca tiene igual probabilidad de morir cualquier día del primero al décimo, entonces la probabilidad de que efectivamente se muera un día dado también es 1 en 10:

P(muerte) = 1/10

Al considerar que estos eventos son independientes, es posible que el profesor haya calculado la probabilidad de que sueño y muerte coincidan como el productos de esas probabilidades:

P(sueño premonitorio) = P(sueño) .  P(muerte) = 1 /100

Sin embargo, esta es la probabilidad de que sueño y muerte coincidan en un día dado. La probabilidad de que coincidan cualquier día es la suma de las probabilidades de todos los días:

P(sueños premonitorios) = 10 . P(sueño) .  P(muerte) = 1 /10

donde multiplicamos por 10, que es el número de días que vive la mosca.

Visto de otra forma, podemos pensar una grilla con todas las combinaciones posibles de días de sueños de la mosca y días de muerte de la gemela, donde cada combinación posible ocupa el cuadrado con coordenadas (día del sueño, día de la muerte). Es una cuadrícula de 10 x 10, por lo que hay 100 combinaciones posibles:

De todas esas combinaciones, sólo en diez hay coincidencia entre el día del sueño y el día de la muerte. Como la probabilidad se calcula como número de eventos de acierto sobre el número total de eventos posibles, resulta que:

P(sueños premonitorios) = Casos de coincidencia / Casos totales = 10 /100

Es decir que la probabilidad de tener un sueño premonitorio bajo las condiciones indicadas en el cuento es 1/10, o uno sobre el número de días de vida de la mosca. Todo esto sin considerar la posibilidad de que la mosca soñadora pueda morir antes que su gemela, en cuyo caso la probabilidad de sueño premonitorio se reduce a la mitad.

Estas cuentas indican que, bajo los supuestos del problema, los sueños en apariencia premonitorios deberían ser mucho más frecuentes de lo que estimó el profesor de estadística. Esa probabilidad está dada por el primer número que escribió, no por el segundo. Podría pensarse que, dadas todas las preocupaciones que tenía en la cabeza ese día, el profesor pudo haber cometido algún que otro desliz en la clase. Sin embargo, el verdadero problema con todas estas cuentas es que no tienen ritmo literario, no crean suspenso o tensión, sino más bien tedio y sopor. En la literatura, como en la vida, la verdad tiene que rendirse ante la belleza.