Entrelazamiento cuántico

Publicado en el número 16 de la revista Cosmocápsula, 2016.

Ahora ella duerme con placidez y gracia felina, pero sólo una hora antes, cuando estaba fuera de sí, habíamos discutido a los gritos. En realidad, sólo ella gritaba, cosas como éstas:

–No podés ser tan estúpido de no darte cuenta de que esto no da para más.

Y esta vez tenía razón, yo también sabía que ya no daba para más. Hacía mucho que había descubierto que sentía más cariño por nuestro gato Schrödinger que por ella. Justo antes de que el cansancio la venciera, me dijo con voz menguante:

–¿Y sabés cuál es tu problema? Tu problema es que no entendés nada de la vida, de las cosas que de verdad importan, y nunca vas encontrar la respuesta en tus ecuaciones porque… en la vida real… no existe el álgebra…

Esos somníferos se demoraron en hacer efecto, pero cuando finalmente actuaron, lo hicieron de forma contundente. Ella duerme y siento curiosidad por saber cómo reaccionará cuando despierte y descubra lo que hice. Mientras tanto, podemos aprovechar la espera para poner en contexto la situación. Tal vez sirva para conocer las motivaciones, si no la justificación, de los eventos que ocurrieron después de que ella cayera en ese profundo sueño inducido, después de esa cita robada a Audrey de Twin Peaks. La persona que ella había llamado imbécil, idiota, pánfilo, bolas tristes y salame cuántico en los escasos diez minutos de discusión, había publicado un artículo que había redefinido la visión que los físicos tenían de la naturaleza. Era un texto bastante breve que trataba un viejo problema mal resuelto de la mecánica cuántica: la paradoja de EPR planteada por Einstein, Podolsky y Rosen en 1939. La mecánica cuántica había revolucionado la física en la primera mitad del siglo XX, pero desde entonces –y ya había pasado más de un siglo– no había habido aportes conceptuales de importancia, sólo notas a pie de página del gran libro de la física. Pero, según el consenso unánime de la comunidad científica, por fin había surgido un nombre que merecía mencionarse junto a los de Planck, Heisenberg y Schrödinger. Ese nombre es el mío.

La humildad no se cuenta entre mis virtudes, así que sabrán disculparme si hablo de mi obra sin rastros de falsa modestia. Mi publicación sobre la paradoja EPR constaba de dos partes. En la primera, probaba que existían interacciones instantáneas en sistemas sujetos a entrelazamiento cuántico. Eso era básicamente lo que había intuido Einstein: si se tienen dos partículas entrelazadas a nivel cuántico, lo que le suceda a una afecta instantáneamente a la otra. Pero era la segunda parte de ese paper la que contenía un descubrimiento que pateaba la estantería cuántica: la demostración de que cualquier par de partículas pueden entrelazarse. Esto llevaba implícita la conclusión de que, una vez entrelazados, se podía provocar que intercambiaran sus propiedades de modo instantáneo.

Pese a las inquietantes consecuencias de esa publicación (transmisión instantánea de información, teletransportanción, etc.), los aspectos más revolucionarios de mi trabajo aún permanecen inéditos. Esa publicación que tanto prestigio me había dado era sólo la punta del iceberg de una reformulación de la electrodinámica cuántica que mantuve hasta ahora en el mayor de los secretos. Los puntos más relevantes de mi trabajo –los que el mundo todavía no conoce– no tratan sobre partículas: tratan sobre la conciencia. La tesis que planteo es que la mente (o la conciencia, el alma, o como se prefiera llamarla) es en realidad una entidad cuántica, cuyas propiedades quedan definidas por una función de onda y en este sentido no difieren conceptualmente de las partículas. La consecuencia obvia de este razonamiento es que lo que funciona para un par de partículas debe por necesidad funcionar para un par de conciencias.

En cierta forma, esta teoría reivindica el concepto de alma, ya que demuestra que la materia sobre la que se consolida la conciencia no es relevante. Dentro de este marco teórico, el cerebro es tan sólo un contenedor de la conciencia, de forma similar a como antiguamente se consideraba que el cuerpo era un receptáculo momentáneo del alma. Yo mismo había demostrado, en rigurosos términos mecánico cuánticos, que un cerebro cualquiera podía contener cualquier conciencia.

Pero todo esto era teoría y la ciencia requiere de la experimentación y la constatación práctica, de otra forma no se trata más que de onanismo mental. Fue por este noble motivo, tan caro a la tradición científica inaugurada por Galileo, que tomé prestado un condensador de flujo del laboratorio. Es un aparato pequeño, del tamaño de una estufa eléctrica, que se conecta a una línea de corriente alterna de 220 V. Con sólo un consumo de 3.8 A, permite acumular una gran cantidad de energía y descargarla en pulsos intensos con una duración del orden de los femtosegundos. Era exactamente lo que se necesitaba, según mis cálculos, para crear el entrelazamiento cuántico entre las conciencias de un Homo sapiens y un Felis catus.

Había diseñado el experimento con cuidado y todo resultó según lo planeado. El procedimiento no había llevado más de quince minutos. La primera prueba del éxito del experimento es que Schrödinger, recluido en el jardín, ya se despertó y está hecho un demonio. Lanza alaridos y salta enloquecido contra las rejas de las ventanas, provocándose laceraciones que poco a poco lo van cubriendo de sangre. Parece poseído y me rompe el corazón verlo sufrir así. Tal vez tenga que sacrificarlo al pobrecito. La segunda prueba del éxito del experimento es el comportamiento de ella. Se está despertando y parece muy calmada, sin signos de su beligerancia anterior. Ahora abre los ojos y me dedica su encantadora mirada felina. Le acaricio el cuello con suavidad y por primera vez la siento ronronear.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

Anuncios

Kreppel

Relato publicado en La invención de la tuerca, Bruma Ediciones, 2014.

Nos conocíamos demasiado. Ése era el problema.

Vimos en silencio cómo se gestaba la tormenta en el cielo y, cuando por fin se desató esa lluvia vietnamita, dije parece que va a caer mierda del cielo. Ella sólo murmuró algo así como qué poeta. La secreta complicidad que nos unía –porque nos conocíamos tanto, porque sabíamos lo que pensábamos con sólo mirarnos– paradójicamente sólo contribuía a ahondar el abismo que hacía tiempo había empezado a crecer entre nosotros.

Pronto empezó a llover con menos intensidad. Por un momento no se escuchó más que el sonido monótono y relajante de la lluvia cayendo sobre los árboles, apenas interrumpido por algún auto que pasaba levantando el agua que se acumulaba en la calle.

Esto es perfecto, la lluvia es perfecta. Eso es lo que estaba pensando cuando ella empezó a canturrear, sin acertar una nota ni un tono, una canción impresentable, tan pero tan mala que podría haberla compuesto ella misma, si no fuera porque ella era incapaz de crear nada, ninguna canción. Ni siquiera algo así:

a mí la lluvia, a mí la lluvia no me inspira
y no me lleva, no me lleva a una salida
y si me mojo no me encuentro
y solamente estoy mojada, aburrida y amargada
y la lluvia es un infierno, y a mí no, a mí no…

Busqué con la mirada un objeto contundente con el cual romperle la cabeza y me concentré unos segundos en el control remoto. Lo alcancé, encendí la tele y puse TyC Sports. Jugaba Excursionistas contra Atlanta y simulé un profundo interés en el partido sólo porque sabía que ella detestaba el fútbol.

–Uh, partidazo… Digo, ¿es necesario que sigamos la campaña del glorioso Excursio? –dijo ella más decepcionada que enojada.

Sin ganas de responder una pregunta retórica, y menos aún de sostener una posición indefendible, cambié de canales en forma automática hasta llegar a los de las noticias, que nos recuerdan que siempre algo está pasando, o que algo acaba de pasar, o que es inminente que algo pase. Como la llegada del verano, si es que uno está dispuesto a esperar la cantidad suficiente de días.

Detuve el zapping en C5N. En la escatológica Francia, literalmente estaba cayendo mierda del cielo. Un locutor con cara de robot de plástico leía en el teleprompter:

Desde mayo, en Saint-Pandelon, llueven excrementos. El misterio desvela a los grupos de investigación de las universidades que pese al tiempo transcurrido no logran dar una respuesta a los habitantes que ven caer heces del cielo.

Después de una musiquita introductoria siguieron las imágenes y los testimonios desde Saint-Pandelon:

 “El día que cayó mierda del cielo” tituló la BBC.  El alcalde Jean Pierre Boiselle lo confirmó mientras se quedaba pasmado mirando al cielo y decía “está lloviendo mierda”.

 Por fin una verdadera noticia, digna de atención y estudio. Y ni siquiera era reciente, hacía unas semanas que el fenómeno de Saint-Pandelon había empezado.

 El extraño fenómeno de precipitaciones fecales comenzó en mayo. Los habitantes salen a la calle pensando en cómo evitar los excrementos que caen del cielo, siempre sobre la misma parte del poblado y lo dejan oliendo a caca. En cuanto parece que va a llover, se apresuran a guardar todo lo que está afuera: vehículos, carteles, bancos de parques y cualquier objeto que pueda ser alcanzado por tan particular lluvia. Entre las teorías elaboradas para explicar el fenómeno se conjeturó que los excrementos podrían provenir de la descarga de los depósitos de los baños de las aeronaves que van de norte a sur, pero la idea fue descartada dado que las descargas deberían efectuarse a baja altura y sería imposible realizarlas con las cabinas presurizadas. Otros barajaron la posibilidad de que provinieran de aviones que vuelan a baja altura, y aunque el piloto de una avioneta reconoció haber lanzado una botella con orina, el origen de los excrementos sigue intrigando a los científicos. También se propuso que podrían provenir de excreciones colectivas de ciertos pájaros, pero grupos ecologistas aseguran que es imposible que los animales se confabulen para evacuar todos al mismo tiempo y en el mismo lugar. Aunque todas las investigaciones aseguran que los detritos son de origen animal, se desconoce de qué animales serían y cómo solucionarlo.

Nos miramos y cada uno vio en el fondo de los ojos del otro una sonrisa que nadie más habría sido capaz de adivinar. Tal vez esa sea la cura, pensé. Reencontrar lo que nos había unido en un principio. Restablecer las viejas conexiones que el tiempo y la rutina habían desgastado. Volver a compartir esa conducta tan irresponsable, tan políticamente incorrecta que los dos habíamos conseguido desarrollar, aún antes de conocernos, de no tomarnos en serio nada de lo que enloquecía a otras personas. Nos parecía inconcebible, por ejemplo, pelearnos por algo tan alejado de la vida real como es la política. ¿Así que vos pensás enderezar el mundo? Qué polenta, qué ganas, che.

Eso me llevó a recordar otras cosas que antes, hace tanto tiempo ya, me habían resultado irresistibles en ella. La forma en que hablaba entonces era tan seductora, tan fresca y tan reveladora, que siempre me venía a la cabeza la canción Every little thing she does is magic, porque era cierto, todo lo que ella hacía (entonces, no ahora) era mágico.

The Police me llevó a The Cure. De los pocos CDs que me quedaban de la era geológica previa a internet estaban los de The Police, los de U2 y los de The Cure. Mientras me terminaba de hacer otro café, busqué el CD que tenía la canción que terminaría de llevarme a ese pasado antediluviano, cuando no existía la web, The Cure era lo máximo, y ella era tan irresistible que daban ganas de abrazarla hasta morir, cuando era maravillosa, demasiado buena para ser real, tan perfecta como la lluvia.

Hace siglos que no escuchaba este tema, dijo ella en un tono neutral que tanto podía significar que le gustaba como que no. Para tratar de no parecer paranoico no contesté nada, pero estaba seguro de que ya no le gustaba tanto. Ella había cambiado, pero yo seguía siendo el mismo.

Yo sigo siendo el mismo, repetí para mí mismo.

Y súbitamente tuve una revelación: ser el mismo puede no ser un mérito ni una virtud. Todo lo contrario, podría ser signo de una inquietante incapacidad para evolucionar.

Sigo siendo el mismo pelotudo, me corregí.

Entonces tuve una segunda revelación. Sentí que por fin estaba pensando con claridad. Y pensé: la culpa de todo la tiene ella y, sobre todo, ella tiene la culpa de que yo sea la peor versión posible de mí mismo. Empecé a considerar la posibilidad de dejarla, pero enseguida me di cuenta de que eso no sería posible. Sabía que ella lloraría y no podía hacerle eso. Nunca había tolerado ver llorar a una mujer, sobre todo si era linda, y no iba a empezar ahora a ser un tipo cruel. Entonces pensé en matarla. Eso sí era posible, eso sí podría hacerlo. Claro que eso abría la puerta a nuevas cuestiones a resolver. Qué hacer con el cadáver, por ejemplo.

La lluvia caía ahora casi con placidez, cobijando fantasías asesinas, cuando ella dijo:

–De chica, cuando llovía, mamá nos hacía kreppel. Es decir, tortas fritas. Sólo por eso mis hermanos y yo nos ilusionábamos cuando veíamos una nube. Pronto fuimos descubriendo que no todas las nubes traen lluvia. Las nubes blancas y altas son nubes sin tortas fritas, pero las nubes negras y bajas están cargadas de tortas fritas.

O de mierda, iba agregar, pero me oí decir mi vieja también nos hacía tortas fritas cuando llovía. En realidad, seguía pensando cómo deshacerme del cadáver. No quería ceder y perder el envión de lucidez. Mientras tanto, ella seguía hablando, como si a alguien le importara.

–Ahora ya no me entusiasman las tortas fritas, tienen demasiada grasa, demasiado olor. Y me caen pesadísimas. Es una lástima que perdamos esa alegría que teníamos de chicos. Es un pecado. Si pudiera elegir, no dudaría en vivir toda la vida como cuando tenía cinco años, sin más preocupaciones que hacer garabatos en el jardín de infantes. Pero, en fin, la vida adulta tiene sus compensaciones.

–¿Cómo cuáles? –pregunté por pura inercia.

–Bueno, ahora, cuando veo una nube negra y baja, en lo primero que pienso es en dormir en cucharita.

Y después de una pausa agregó:

–Y a vos, ¿en qué te hace pensar la lluvia? ¿Qué pensás, por ejemplo, en este momento?

La miré unos segundos eternos y me pareció una desconocida. Una mujer completamente desconocida y, además, absolutamente deseable. Sentí que no podía resistir las ganas de empezar a descubrir en ese mismo instante a esa maravillosa mujer que vivía conmigo desde hacía tanto tiempo. Y mientras me acercaba y deslizaba mi mano por debajo de la remera para acariciarle la espalda, sintiéndome por un segundo en la piel de Hannibal Lecter, le dije lo que pensaba:

–Estoy considerando seriamente la posibilidad de comerte. En este momento, te veo así y pienso: te mato, te como.

Lo que siguió después no salió en ninguna crónica. Nunca son noticia las tortas fritas.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

El arte perdido de la conversación

Publicado en la selección de relatos del concurso literario de Zona eReader, 2015.

–A ver, decime una cosita vos: ¿a todas las chicas les preguntas, la primera vez que las ves, qué opinión les merece el sadomasoquismo?

–No a todas, sólo a vos porque me pareces distinta, especial. Pero, perdoname, creo que di una impresión equivocada. Te lo pregunto no porque tenga un interés especial en el sadomasoquismo, que si vos lo tenés por mí está más que bien. Te lo pregunto porque me interesa todo lo que tenga que ver con libros y vi que ahí tenés Cincuenta sombras de Grey.

–Ah, era eso. Me lo dio una amiga. No sé si te decepciono pero no me entusiasma para nada el sadomaso. Esta amiga mía me leyó algunas partes y me divirtió, y por eso me lo pasó.

–Es que el sexo siempre es entretenido.

–O casi siempre. Lo importante es disfrutar el momento o, por lo menos, aprovecharlo. Como hace mi amiga, la que me prestó el libro, que cuando empieza a aburrirse, va cambiando de posición hasta llegar a una desde la cual pueda mirar la televisión.

–Debe ser una mujer muy eficiente.

–Sí, no le gusta perder el tiempo. Pero no es desconsiderada. A veces se apiada y busca una posición en la que los dos puedan ver televisión.

–Eso sí que es conveniente, así nadie se aburre. Pero volviendo a Cincuenta sombras, ¿no te pareció que es un cuento de hadas, una especie de refrito erótico de la historia de la Cenicienta y el príncipe azul?

–Puede ser. No lo había pensado, hay algunos puntos en común. En realidad, muchas telenovelas tienen el mismo argumento. En fin, nadie dice que Cincuenta sombras sea gran literatura, pero logra hacer conexión con fantasías compartidas por muchas mujeres.

–Lo que a mí me llama la atención es que a tantas mujeres les entusiasme un cuento de hadas sadomasoquista. No quiero teorizar demasiado sobre eso, pero para mí tiene que ver con la caída del hombre moderno.

–¿Cómo es eso de la caída del hombre moderno?

–Más o menos así: al hombre moderno las mujeres lo castraron y lo pusieron a lavar platos, a cambiar pañales, a hacer todo ese tipo de cosas. Entonces las mujeres salieron de la casa, pero se perdieron un poco y ahora ya no saben bien dónde quieren estar. De un modo secreto e inconfesable, muchas mujeres comparten la fantasía de que el tipo, al que en verdad quieren, las ate para librarse de la carga de tener que decidir todo ellas, todo el tiempo.

–¿Y vos vendrías a ser el hombre moderno?

–No.

–¿Para nada?

–Bueno, ponele que sí, pero es como que hoy por hoy no tenés opción.

–¿Y de dónde sacaste eso de la caída del hombre moderno?

–De Friends, que es como un tratado sobre la caída en desgracia del hombre moderno.

–¿A ver con qué salís?

–Pensá en esto: todos los personajes masculinos de Friends están dominados por las mujeres. Ross está siempre listo para casarse, aunque sea con una lesbiana. Ross es Susanita, el personaje de Mafalda. Lo que de verdad quiere Ross es ser ama de casa.

–Ross da gay. Me parece que su sueño es otro.

–Puede ser, no me había dado cuenta. Puede que sea heterohomosexual, una variedad nueva de hombre moderno sometido a la mujer, un hombre heterosexual invadido por deseos femeninos y por eso parece homosexual.

–El que no necesita mucha explicación es Chandler.

–Ahí está todo clarísimo. Mónica lleva los pantalones, es la señora y ama de la casa. Chandler se limita a tratar de complacerla y a hacer chistes todo el tiempo para descomprimir la presión y no salir corriendo a fumar crack.

–¿Y Joey? Joey es el típico mujeriego. Él más bien usa las mujeres.

–No, es al revés: las mujeres lo usan a él. Es como un plomero o un albañil, que provee un servicio muy claro y definido. Hace cincuenta años Joey hubiera sido un ganador, pero hoy en día es un juguete sexual más, de carne y hueso, pero igual de descartable. Fijate que nunca puede tener una verdadera relación, y cuando lo intenta, fracasa miserablemente. Joey es otra versión de ese personaje perdedor que es el hombre moderno: un dildo unido a una figura humana. Antes había mujerzuelas, pero hoy hay hombrezuelos como Joey.

–Estoy de acuerdo con lo de Chandler, y un poco con lo de Ross. Con lo de Joey no sé, me parece que estás forzando un poco la cosa.

–Es así. Todos los personajes masculinos de Friends son muñecos vencidos por época que les tocó, por este Zeitgeist vaginal. Los personajes secundarios más todavía. Ahí tenés a Günther, el dueño de Central Perk, que durante diez años persigue a Rachel y ella nunca le da ni la hora.

–Günther también da gay.

–Heterohomosexual.

–¿Sabés donde falla tu teoría?

–A ver.

–En el ex novio de Mónica, el oftalmólogo. Ése no está dominado por las mujeres.

–Claro, porque es un dinosaurio. Es un arquetipo extinto, sacado del pasado y puesto en Friends sólo para resaltar el contraste con los perdedores reales de hoy.

–Ah, pero vos acomodás todo para que quede bien en tu esquema. Lo que te sirve lo tomas y lo que no, lo retorcés hasta que entre en el agujerito que quedó.

–Obvio. Así es como avanza la ciencia.

–Por eso yo creo más en los horóscopos que en la ciencia.

–Bueno, creo que no lo mencioné antes, pero yo soy científico.

–¿Ah, sí? Mirá vos. ¿Y qué estudiás?

–Antropología.

–¿Hiciste algún trabajo de campo?

–Por supuesto. Ahora estamos estudiando una tribu del Amazonas que todavía vive en la edad de piedra. Se alimentan de la caza, de la pesca y de los frutos que puedan recolectar de los árboles. Fueron descubiertos hace poco. Nadie sabe cómo pudieron permanecer tanto tiempo aislados del resto del mundo, pero una vez descubiertos, los antropólogos llegamos al consenso de no intervenir en lo más mínimo.

–Pero entonces nunca van a saber nada de ellos.

–Quiero decir que no tenemos contacto directo con ellos, ni permitimos que la tribu siquiera se roce con la tecnología, pero los estudiamos a la distancia. Con cuidado de no ser descubiertos, plantamos unas cámaras y observamos su comportamiento diario.

–Un Gran Hermano de la edad de piedra.

–Exacto, pero sin confesionario, que es una de las cosas que queremos evitar.

–¿Descubrieron algo interesante?

–Varias cosas, y muchas que no podemos explicar. Lo primero es el lenguaje. Después de mucho esfuerzo, estamos dando los primeros pasos para entenderlo. Lo que más nos sorprendió es que una lengua es muy rica. Uno pensaría que tendrían unas pocas palabras y una sintaxis simple, tipo “tú Jane, yo Tarzán”, pero no. Los tipos son unos charlatanes insoportables, se la pasan hablando. Pareciera que estuvieran inventando historias. Y además tienen mucho sentido del humor, porque se matan de risa de cosas que no alcanzamos a entender.

–Una se siente un poco tonta cuando no entiende un chiste y se lo tienen que explicar, tarea que además aniquila toda posible gracia.

–Claro. De todas formas, es llamativa la capacidad que tienen estos cavernícolas para armar conversaciones colectivas. Sólo en la Francia aristocrática de siglos atrás se había desarrollado en tal alto grado la conversación.

–Eso es notable, que sea en una tribu neolítica el único lugar donde siga vivo el arte perdido de la conversación.

–Miran cómo fluye un río o cómo centellean las estrellas en el cielo, y eso les alcanza para parlotear durante horas.

–Eso es porque no tienen internet. ¿Y son amistosos o les gusta pelear?

–Son súper amistosos, tal vez porque tienen una estructura social inédita en nuestra sociedad.

–Si tuviera que apostar, me jugaría por alguna forma de socialismo utópico.

–No estás lejos. Son medio comunistas, medio anarquistas, pero sobre todo muy haraganes. Cuando tienen cubierto el tema comida y saben que no se les avecina ninguna amenaza, se dedican todo el día a jugar, a charlar o a garchar.

–¿Qué? ¿Se enfiestan todos juntos?

–No, prevalecen las parejas, por lo general. Pero lo que más nos llama la atención es que no existe una unidad que podríamos llamar familia. En su lugar, hay una especie de crianza colectiva. Al igual que sucede con cierto tipo de simios, en el momento de fertilidad las hembras se aparean sucesivamente con varios machos, de modo que todos los machos participantes se consideran el padre de la criatura.

–Son unos hippies estos cavernícolas. Les falta fumar marihuana y tomar ácido, y ya está.

–Sí, es cierto, lo más parecido a su estructura social es una especie de hipismo utópico. La diferencia es que la cultura hippie duró un suspiro y esta tribu parece ser milenaria.

–Dan ganas de irlos a visitar. Como lo contás, parece que hubieran encontrado el secreto de la felicidad.

–No tanto, tienen sus cosas cuestionables, costumbres que nos parecerían crueles o inmorales. Y a veces la pasan bastante mal.

–Y a veces bastante bien. No sacrificaron, como hicimos nosotros, la felicidad de una vida natural en beneficio de la seguridad de la vida civilizada. Tal vez sean los últimos seres humanos realmente felices que quedan sobre la tierra.

–Es cierto. No reprimen sus instintos todo el tiempo, no quieren parecer respetables ni ser mejores que nadie. Son los últimos humanos felices, tal cual.

–Decime la verdad.

–Siempre.

–¿Inventaste todo esto, no es cierto?

–¿Por qué preguntas?

–Porque no hay forma de que exista una tribu como la que me contás.

–Bueno, claro, por supuesto. Los hippies, neolíticos o no, se extinguieron hace mucho tiempo. ¿Pero cómo te diste cuenta?

–Leo y, cuando me aburro, miro la televisión. Por las dudas, siempre tengo sintonizado el canal de documentales. Por eso sé que, aunque hay tribus no contactadas en el Amazonas, ninguna se parece ni siquiera remotamente a la que te acabás de inventar. De todas formas, no me molesta. En mi opinión, no hay nada más sobrevaluado que la verdad.

–…

–¿Te quedaste sin palabras ahora?

–Al contrario. Estaba pensando que vos y yo podríamos resucitar el arte perdido de la conversación.

–Y rescatar al bello arte de mentir de la decadencia general.

–¿Qué te parece si salimos de acá y vamos a mi casa?

–Genial. Pero ante, una preguntita crucial: en tu dormitorio, ¿tenés televisor?

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.