Entropía

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Aunque en la fotografía sólo puede distinguirse su silueta, es algo más que un maniquí sin brazos que alguien montó en una terraza entre los restos esqueléticos de insectos metálicos; en perfecta armonía con la decadencia que la rodea, como un proceso más de descomposición, se recorta en el cielo de gasoil la figura de una Venus de Milo conurbana, hecha de plástico y dignidad vapuleada, indiferente a los trenes grafiteados que pasan, cerca de Gare Saint-Martin, rumbo al río marrón.

La causa última de cosas que se rompen

Cuando me siento abrumado por la maldad y estupidez del mundo, o agobiado por mi propia maldad y estupidez, voy a Playa Desesperanza. Conozco desde chico este lugar y lo vi cambiar mucho con los años. De ser una playuela lamentable, plagada de cascotes de demoliciones, fue evolucionando hasta llegar a ser una especie de agradable refugio de naturaleza agreste. Pero hace veinte años, cuando no se parecía en nada al paisaje del delta del Tigre, como el que río arriba solían disfrutar los aristócratas un siglo atrás, Playa Desesperanza era frecuentada principalmente por marginales. No se promocionaba en las guías turísticas y no era común encontrar ahí turistas. Por eso me había llamado tanto la atención un extranjero melancólico, evidentemente europeo, posiblemente alemán, que se había quedado absorto primero mirando el río y después escribiendo como olvidado del mundo. Cuando salió por fin de su trance, releyó lo que había escrito e hizo algunas correcciones. En última instancia, sus anotaciones debieron parecerles decepcionantes, porque arrancó la hoja del cuaderno con desánimo y la dejó a un costado. Una ráfaga repentina se llevó el papel por el aire y lo sacó de sus cavilaciones. Resultaba entre gracioso y patético ver a este alemán de estatura considerable perseguir con torpeza ese papel. Daba la impresión de que el viento estaba jugando con él, o más bien burlándose de él. Corría hacia el papel y, cuando por fin parecía que lo iba a alcanzar, otra vez el viento lo llevaba más lejos, más alto, más acá o más allá, siempre a unos centímetros de su mano. Cuando al fin el papel se posó a unos pasos de donde yo estaba, lo tomé sin esfuerzo y se lo entregué. Me dio las gracias y me explicó en inglés que, si bien pensaba tirar ese papel en el primer cesto con el que se cruzara, le parecía inaceptable contaminar la playa. Consideraba que los europeos ya habían escrito demasiadas páginas en el libro de la historia de la destrucción y no tenía intención de hacer ninguna contribución de su parte en este sentido. Miré el lugar y vi todo tipo desperdicios. Era casi un basural a cielo abierto, pero Max, como se había presentado el alemán, pensaba que su papelito podría ocasionar una crisis ecológica. Le dije que si me dejaba ese papel, lo pondría en un puesto de reciclaje. Me volvió a agradecer y volvió a mirar el río marrón, la playa marrón y sus pantalones marrones antes de irse caminando con la mirada perdida en las piedras de la playa. Una vez que se alejara lo suficiente, yo tenía la intención de devolver ese papel al viento, que tanto parecía divertirse con él. Los puestos de reciclaje todavía no existían en la ciudad que escondía a Playa Desesperanza como una vergüenza más y yo estaba al tanto de esos depósitos de reciclaje sólo porque los había visto en una película europea, Rouge de Kieslowski para más datos. Sin embargo, noté que el papel estaba escrito en alemán y decidí guardarlo porque pensé que a Julia le podrían interesar esas líneas escritas por un paisano. Además yo mismo tenía curiosidad por saber qué había escrito Max. En una traducción aproximada, esto es lo que estaba escrito en ese papel rescatado por el viento de la destrucción y el olvido:

El paso del tiempo, al que sólo podemos referirnos con metáforas tales como el fluir de un río, fue desde antiguo tan elusivo para los filósofos como para los científicos. Los antiguos griegos tenían la percepción, opuesta a la que manejamos actualmente, de que estamos de espaldas al futuro, porque lo que vemos es presente y es pasado, y a nuestras espaldas avanza, desde una zona ciega plagada de incertidumbre, el futuro.  Las leyes científicas también se resistieron a discriminar el pasado del futuro, y sólo a mediados del siglo XIX, cuando Rudolf Julius Emmanuel Clausius introdujo el concepto de entropía, pudieron formalizarse con rigor leyes de naturaleza probabilística que establecieron una dirección en el fluir del tiempo, de modo de poder expresar con fórmulas matemáticas, contrastables experimentalmente, porqué es que el pasado precede al futuro y no al revés. Antes de la invención de la entropía, todas las leyes físicas eran simétricas respecto del tiempo, por lo cual, si fueran susceptibles de ser filmadas como películas, tanto valdrían si se proyectaran en una dirección como en la opuesta. Inventada la entropía, la ciencia física por fin pudo contar con una flecha del tiempo, regida por el segundo principio de la termodinámica que, resumido en forma brutal, postula una tendencia innata del universo al más puro caos, un constante fluir hacía la desintegración que es la razón última del porqué de cosas que se rompen, se desgastan, se convierten en fragmentos cada vez más pequeños y pierden todo registro de lo que alguna vez fueron. Esta ley, de cumplimiento obligatorio para toda obra humana destinada a la disolución en átomos y moléculas, parece no cumplirse en la naturaleza que, impulsada por la energía del sol, se impone triunfalmente sobre el destino tanático presagiado por el segundo principio de la termodinámica. Alcanza con ver, en los espacios dejados al olvido por el hombre, cómo el viento y el agua redondean sin apuro los ángulos rectos, símbolos de la civilización, y florece la vida nueva. La naturaleza, con violencia o sutileza, siempre reclama su espacio y transforma las ciudades en ruinas, antes de digerirlas completamente y volver al inicio de todo, como si nunca hubiera existido otra cosa.

Años más tarde me enteré por los diarios que Max había muerto en un accidente de tránsito en Norfolk. Ya era por entonces un escritor reconocido. Toda la obra de Max es una gran meditación sobre la destrucción, la degradación y el olvido. No puedo evitar preguntarme si la obsesión entrópica de Max tuvo su comienzo en Playa Desesperanza, y si lo que escribió en ese papel fue el primero esbozo de la obra de toda una vida.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

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