Cuestiones molares

…y no sé si viste The Knick, esa serie acerca de un cirujano del novecientos que trabajaba en un hospital de Nueva York, el Knickbocker, que creo que era ficticio el hospital, pero no las historias que ocurrían allí, porque la recreación es demasiado perfecta en cada detalle para que se trate de ficción y todo, todo estuvo cuidado hasta el más mínimo detalle, el quirófano, los aparatos médicos, los medicamentos, el vestuario, incluso, y muy especialmente, los tratamientos, que eran extremos y experimentales en esa época, a menudo con un fundamento científico endeble, como es el caso de esta teoría muy loca que tenía un psiquiatra que postulaba que el origen de las enfermedades mentales era infeccioso y se producían cuando algún tipo de germen pasaba que de estar alojado en algún órgano a buscar alojamiento en el cerebro y ahí proliferaban y disparaban todo tipo de desórdenes mentales que podían llegar a ser de extrema gravedad y por eso este psiquiatra, que además era el jefe de un hospital psiquiátrico, lo primero que hacía cuando le llegaba un nuevo paciente era sacarle todos los dientes y muelas, porque imaginate que en esa época la higiene bucal dejaba mucho que desear y la dentadura era como un paraíso donde florecían las más variadas cepas bacterianas que sólo debían hacer el corto viaje de la boca al cerebro para provocar todo tipo de desequilibrios y tan convencido de su teoría estaba este psiquiatra que les hizo extraer todos los dientes a todos sus hijos para garantizarles una vida libre de padecimientos mentales, aunque él mismo prefirió correr riesgos y mantener su propia dentadura completa, intacta, algo que sin dudas sus hijos encontraron por lo menos curioso, llamativo, intrigante, tanto que le enviaron a su padre un claro mensaje de disconformidad al envenenarlo, aunque en verdad el psiquiatra murió envenenado por otro paciente que se le adelantó o más bien usó dosis más potentes, paciente que, resulta evidente, no sólo no resolvió sus problemas psicopáticos, sino que además echaba de menos su antigua dentadura porque, como te podrás imaginar, usar prótesis dentales hechas con los dientes extraídos de cadáveres, como se hacía en esa época, no era algo muy agradable, además de que era muy difícil encontrar piezas dentales que pudieran reemplazar de modo satisfactorio la forma, función y estética de la dentadura original, por lo que a veces para acercarse al color original, armónico con el rostro de la persona, debían sacrificar tamaño y forma, o viceversa, en suma que la gente debía adaptarse a lo disponible y podía terminar usando una dentadura que parecía de un caballo, el evidente injerto de los restos de otra persona en la propia boca, y entonces te das cuenta de que vivimos en una época que, por lo menos en algunos aspectos, es superior a otras, pues sin lugar a dudas podemos afirmar que la ciencia médica ha avanzado de forma incuestionable durante el último siglo y ahora es raro encontrar un hospital psiquiátrico que practique extracciones preventivas de muelas o, como podía pasar si no se observaban mejoras luego de las extracciones de las muelas, mediante la extirpación de las amígdalas, el bazo y el colón, incluso las lobotomías son hoy en día infrecuentes y, aunque es justo decir que el electrochoque está teniendo un revival, en general las medicaciones y drogas mantienen la locura dentro de límites manejables, por lo que si a uno le duele una muela, como era mi caso, ya no debería temerse que eso podría afectar la salud mental, es decir en este caso mi salud mental, pero igualmente empecé a sentir una especie de pavor incontrolable cuando no pude dejar de notar que tenía una muela que se había vuelto loca, pero loca-loca, y como era evidente que tenía que hacer algo, con todo el pavor que me provocan los odontólogos, pedí audiencia con la Dra. M, única dentista de mi confianza, que casi me rompe el corazón cuando me informó que no había turno disponible con ella hasta el mes siguiente, y a punto estuve de hundirme en la desesperación porque era como revivir a un grado mucho más catastrófico el drama de T, único peluquero de mi confianza, a quien durante años consideré la única persona con una navaja en la mano a la cual podía darle la espalda y confiarle mi cabeza, pero como hace mucho ya que cerró su local y mi pelo, que es de una naturaleza temperamental e ingobernable que se agudiza con el paso del tiempo, había crecido al cabo de unos años de forma tan enmarañada y retorcida que se me hacía imposible el uso de ciertas prendas a las que le tengo particular afecto, como los sweaters a rayas de colores y cuello redondo, no me quedó otra alternativa que armarme de valor e ir a otra peluquería que elegí sobre todo porque estaba ambientada como un saloon del lejano oeste, algo que me pareció un buen augurio, casi una señal divina, porque en cierta forma me considero un cowboy solitario y recio, y aunque en ese momento yo me parecía más al Tom Hanks de El naufrago, en condiciones normales mi pelo y mi barba remiten claramente al Clint Eastwood de los espagueti westerns, en especial al de El bueno, el malo y el feo, y debo admitir que finalmente la experiencia no fue tan traumática como había imaginado en un principio, lo cual no implica de ninguna manera que el cambio exitoso de una rutina efectiva por otra igualmente efectiva fuera a repetirse de modo indefectible en el futuro, nunca hay que caer en el triunfalismo ni el optimismo desmesurado porque es cuando uno se siente más seguro que en realidad es más vulnerable y si bien cambiar de peluquero implica un grado de estrés considerable, no es comparable con el que puede provocar el estar obligado a someterse a otro dentista, ya que con el peluquero uno se presta a una situación incómoda con un resultado potencialmente ridículo, pero todo eso es transitorio y esencialmente indoloro, puesto que se trata de pelo, un recurso renovable, por lo menos hasta cierta edad o incluso indefinidamente si uno ha sido beneficiado por la genética en este aspecto, mientras que con un dentista uno se expone con los dientes, vulnerable como un niño, manso como un cordero, y además está ese otro tema no menor de que una cosa es que un ser extraño te toque la cabeza y otra muy distinta es que meta los dedos en tu boca, pero como de nada serviría explicarle esas sutilezas a una muela enajenada, tomé la decisión de aceptar la consulta con la Dra. E, discípula de la Dra. M, aunque por supuesto todavía había cuestiones que me desvelaban y no podía evitar preguntarme si la Dra. E tendría las manos bellas como las de la Dra. M, o si podrían sus ojos, concentrados en la limpieza del segundo molar, transmitirme confianza y amor por su horrendo trabajo, o si, en suma, podría la Dra. E quitar esa muela loca sin dejarme desfigurado, preguntas todas que me fueron respondidas al ver a la Dra. E, de manos aun más bellas y más jóvenes que las de la Dra. M, manos pequeñas y encantadoras, tan apacibles resultaron a mi torcida sonrisa que me senté en el viejo sillón del consultorio anexo al de la Dra. M, el que entonces dominaban los ojos vivaces y tranquilos de la Dra. E, y abrí la boca sin temores y antes de pudiera articular una palabra la Dra. E ya había acomodado en mi boca un tubo para succionar saliva y dos cilindros de algodón, y después de comunicarme lo que ya sabía –que tenía una muela estaba loca, loca mal– y de corroborar ausencia de alergias y otras contraindicaciones a las que yo respondía haciendo gestos con la mano izquierda, me clavó una jeringa terrorífica, un elemento salido de las más sádicas películas de terror, algo que no verías ni en The Knick, e inmediatamente empezó a juguetear con la muela loca usando una pinza de tamaño descomunal, una herramienta que parecía más adecuada para remover bulones de un camión con acoplado y que sin embargo ella manejaba con una sutileza increíble mientras giraba despacio alrededor mío, como siguiendo una danza secreta o un extraño ritual, con los ojos siempre fijos sobre la presa, hasta que por fin alzó la mano derecha bien en alto y exhibió con expresión triunfal la muela loca como si fuera un magnífico trofeo, y en verdad era una muela ensangrentada y repelente, pero con una magnífica, perfecta forma de corazón que me provocó tanto asombro que tuve que mirar a la Dra. E y preguntarle con los ojos si no le sorprendía que la muela que acababa de extraerme tuviera forma de corazón, a lo que respondió, también con los ojos, que no, que para nada, que todas las muelas que ella se veía forzada a extraer tenían forma de corazón, todo un diálogo ocular que no duró más que una fracción de segundo, así de eficiente es el lenguaje de las miradas, y como no quedaba mucho más que decir después de eso, una vez que me liberó de toda su parafernalia sadomasoquista, le agradecí la tarea y me fui feliz, feliz sabiendo que tengo otra muela loca, loquísima, con forma de corazón para la Dra. E…

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s