Autorretrato de un hombre toscamente acuñado

Publicado en la selección de relatos del concurso literario de Zona eReader, 2016.

Decidí escribir breves impresiones diarias en esta libreta. Las hojas son pequeñas y mis manos dos racimos de chorizos. Las condiciones que me impone esta agenda son una nota por página y una página por día, así que debo ser breve por necesidad. Parece fácil. Un par de frases más, llego al final de la página. Esto es todo por hoy.

Me gusta salir a caminar y ver las reacciones que provoco. Cuando la gente me ve, descubro en sus caras una variedad de emociones: rechazo, repulsión, asco. ¿Puedo culparlos de algo si es lo que yo mismo siento al mirarme en el espejo? ¿Cómo podría ser de otro modo?

De chico no era consciente de mi fealdad y recién en la adolescencia, cuando los forúnculos purulentos se multiplicaban en mi cara, tomé contacto con la realidad. La ignorancia siempre es una bendición, sobre todo si es ignorancia sobre uno mismo. Sólo soy feliz cuando me olvido de mí.

Todos los historiadores coinciden en que Sócrates era un ser espantoso. La filosofía occidental le debe mucho a la fealdad de este adefesio impresentable. Como un plan de evasión de la realidad, Sócrates inventó el mundo de las ideas, bello y perfecto, a causa de la repulsión que le provocaba su cuerpo deforme. Conócete a ti mismo era su lema. Sócrates tenía un gran sentido del humor.

Salvo cuando estoy con ánimo de espantar a la gente, prefiero rehuir de las multitudes. Tres son multitud. Con frecuencia, dos son multitud. En días aciagos, uno es multitud y entonces necesito anularme.

La naturaleza no tiene prejuicios. Los árboles y el pasto, los perros y los pájaros, el viento y los lagos, a ellos no parecen importarles ni la belleza ni la fealdad humana. Los animales perciben el mundo de modo diferente a los humanos. Me pregunto cómo es exactamente la percepción que tienen los animales del mundo.

Así como despierto rechazo en las personas, soy aceptado por casi todos los animales. A menos de que se trate de especies o individuos particularmente ariscos o tímidos, es como si de inmediato me consideraran digno de confianza. Tal vez yo sea más animal que humano. Creo que soy un hombre pug.

Los pugs, también llamados carlinos, son pequeños perros molosoides, un tipo canino caracterizado por una constitución musculosa, mandíbulas fuertes, cabeza grande y hocico corto. Los pugs tienen su origen en China y son utilizados como mascotas. Lo dice Wikipedia. Amén.

Puede que sea una idea absurda, pero creo que los perros forman su imagen del mundo a partir de los olores. La vista para ellos es un sentido secundario, como para nosotros es secundario el olfato. Así es como los perros no sólo no rechazan mi abominable aspecto, sino que además se sienten a gusto con mi aroma perruno.

Según la pluma de Shakespeare, Ricardo III se describía a sí mismo como toscamente acuñado, carente de la majestad del amor, privado de la hermosa proporción, despojado con trampas de la buena presencia por la naturaleza alevosa, deforme inacabado, enviado antes de tiempo a este mundo, escasamente hecho a medias, tan tullido y desfigurado que los perros le ladraban cuando se acercaba a ellos. Ricardo III no sólo no era bello: tenía mal olor.

Puede que los perros olieran en Ricardo III un error que yo no tengo, pero me inclino más a pensar que Shakespeare sólo usó los ladridos de los perros para reírse mejor del rey.

Armand Marie Leroi escribió un maravilloso bestiario moderno, Mutantes, que lleva el subtítulo De la variedad genética y el cuerpo humano. Durante siglos, sus personajes poblaron los circos y los gabinetes de curiosidades médicas. Hoy la ciencia moderna explica los errores de Dios.

Gigantes, enanos, hombres con dos cabezas, gemelos unidos por el tórax o por el culo, mujeres barbudas, cíclopes, cretinos, atrofiados de piernas y brazos, manos con ocho dedos,  displacia, fibrodisplacia, acondraplacia, pseudoacondraplacia. Leo Mutantes de Armand Marie Leroi como si se tratara de un libro de autoayuda.

Es difícil definir con claridad qué es la belleza. Hay algunas reglas generales, ciertos vagos patrones universales, pero nada de contundente precisión.  Leroi sugiere que la belleza es un signo de salud. Bajo la misma lógica podríamos argumentar que el fiero no puede ocultar su enfermedad.

Terminé Mutantes y ahora leo un libro hermoso sobre lo repelente, lo horrendo, lo asqueroso, lo desagradable, lo tosco, lo grotesco, lo abominable, lo odioso, lo indecente, lo inmundo, lo sucio, lo obsceno, lo repugnante, lo espantoso, lo vomitivo, lo abyecto, lo monstruoso, lo horrible, lo horrendo, lo hórrido, lo horripilante, lo sucio, lo terrible, lo terrorífico, lo tremendo, lo angustioso, lo repulsivo, lo execrable, lo penoso, lo nauseabundo, lo fétido, lo innoble, lo aterrador, lo desgraciado, lo lamentable, lo enojoso, lo indecente, lo deforme, lo disforme, lo desfigurado.

El libro lo escribió Umberto Eco y se llama Storia della brutezza. Explica porqué el arte de lo horrendo puede ser paradójicamente bello: la representación artística de lo feo sigue siendo fea, pero a través de ella percibimos, como un eco de belleza, la maestría del artista. Existe un tipo de arte que nos repele y atrae al mismo tiempo, un arte que es simultáneamente horrible y bello.

Corolario: Dios es el artista supremo, ergo lo horrible también es bello. Nada debería insultar a la vista: el máximo espanto es sublime.

Sólo algunas de las categorías de la fealdad se aplican a mi caso: soy repelente, horrendo, asqueroso, desagradable, grotesco, abominable, inmundo, repugnante, espantoso, abyecto, monstruoso, horrible, repulsivo, execrable, penoso, nauseabundo,  fétido, aterrador, desgraciado, deforme, disforme y desfigurado, pero me considero limpio, decente y noble.

Según Nietzsche, hay dos clases de personas: los fuertes y los débiles. Estos últimos deben obedecer a los primeros. Nietzsche detestaba al cristianismo porque era la religión enferma y decadente de los débiles. Según su filosofía, el hombre debía desprenderse de las ilusiones que lo encadenan y trascender lo meramente humano para convertirse en superhombre.

En la vida real, Nietzsche era enfermizo y enclenque. Su historia clínica ocuparía más espacio en una biblioteca que todos los libros que escribió. La disentería, la difteria y la sífilis probablemente sean el origen, no sólo de gran parte de su filosofía, sino también de las persistentes migrañas, los serios impedimentos visuales, los violentos desordenes digestivos y los colapsos nerviosos que lo condujeron al enajenamiento total.

Hay que reconocerle a la ciencia los esfuerzos que ha hecho para embellecer el mundo al elaborar ingeniosas teorías para justificar la eliminación de lo deforme, lo desviado y lo perverso: frenología, eugenesia y, en tiempos más recientes, la dictadura de los genes.

La eugenesia era (¿es?) una política de estado que tenía como fin aumentar el número de personas más fuertes, sanas e inteligentes mediante la eliminación progresiva de los débiles, los enfermos y los lerdos. Siguiendo una simple lógica basada en las leyes de la genética, se concluía que al cabo de unas generaciones de implementar esta política los caracteres más nobles del género humano prevalecerían.

Muchos países llevaron a cabo planes de eugenesia, sobre todo los que se consideraban a sí mismos modernos y regidos por la ciencia. Hay que tener en cuenta que después de Darwin y Mendel se consideraba que la eugenesia tenía fundamentos científicos muy sólidos. Los métodos de eugenesia empleados en el siglo XIX y XX iban desde la esterilización forzada hasta el genocidio.

Platón fue de los primeros en sugerir métodos de selección artificial para mejorar la raza. Padre de la filosofía occidental y precursor de la eugenesia.

Concluida la segunda guerra mundial, la eugenesia quedó asociada a las atrocidades nazis y perdió impulso en todo el mundo. Algunos países, sin embargo, continuaron con sus programas de eugenesia varias décadas más. Por ejemplo, en los Estados Unidos, las esterilizaciones colectivas de criminales y perturbados mentales eran una práctica habitual aún después de 1945.

Pocos científicos serían capaces de admitir hoy su simpatía con la eugenesia sin correr el riesgo de ser desterrados del ámbito de la ciencia, pero hace cien años la eugenesia tenía un grado de aceptación científica universal.

En los enfrentamientos entre ciencia y religión, la perspectiva científica suele olvidarse de sus errores. La Iglesia, lenta y obtusa, siempre se opuso a la eugenesia. Despojar al ser humano de su alma, tratarlo como un animal o una máquina, siempre conlleva unos riesgos que los científicos tienen demasiados problemas en aceptar.

(Siguen varias páginas en blanco hasta la siguiente entrada.)

Siempre hay un roto para un descosido.

 

(Varias páginas sin anotaciones. Se nota un cambio en la caligrafía, más apiñada y pequeña, y menos legible.)

 

Vimos Wakolda, una película sobre Mengele haciendo travesuras en la Patagonia. La película se estructura alrededor de unos cuadernos de notas en los que Mengele dejaba constancia de todas sus observaciones y de la evolución de sus experimentos con una familia argentina compuesta por dos gemelos y una enana. En Wakolda, los diarios de Mengele son verdaderas obras de arte, versiones modernas de los cuadernos de Leonardo da Vinci. Aparentemente, los diarios de Mengele en Argentina que se muestran en Wakolda son tan ficticios como el argumento de la película.

Josef Mengele nació en 1911 en el seno de una familia burguesa y católica del sur de Alemania. Estudió medicina y antropología y obtuvo doctorados en ambas disciplinas. En 1937 se afilió al partido nazi y en 1938 ingresó a las SS. En 1941 fue destinado al frente ruso como médico y, luego de ser herido y declarado no apto para el servicio en el frente, formó parte del personal médico del campo de concentración de Auschwitz donde, entre mayo de 1943 y enero de 1945, según el testimonio de sobrevivientes, seleccionaba quienes serían destinados al trabajo forzado, a las cámaras de gas o a sus experimentaciones médicas.

Finalizada la guerra, Mengele consiguió permanecer oculto en Bavaria hasta 1949, año en que logró escapar a Buenos Aires siguiendo la línea de las ratas. Se estableció en Vicente López, donde llevó una vida tranquila, dedicado a la venta de juguetes, a la empresa farmacéutica Fadro Farm y a la práctica clínica (abortista, según algunas fuentes). A mediados de los años cincuenta, estaba tan cómodo y despreocupado con su vida en Vicente López que había vuelto a usar su verdadero nombre.

Conseguimos la dirección de la casa de Vicente López en la que vivió Mengele durante su exilio argentino y fuimos a verla. No se diferencia en nada de las demás casas del barrio, ningún signo de terror, nada. Una casa burguesa más entre otras miles.

La captura de Adolf Eichmann en 1960 marcó el fin de la inmunidad para los nazis perseguidos en Sudamérica por crímenes de guerra, por lo que Mengele escapó rumbo a Paraguay y finalmente se estableció a Brasil, donde se mantuvo en la clandestinidad y murió en 1974 debido a un accidente cerebro vascular mientras nadaba en el mar.

De los sesenta y ocho años que vivió Mengele, treinta y dos los hizo de forma bastante normal, dos como perpetrador extremo, y treinta y cuatro escapando para evitar ser juzgado por su actuación en Auschwitz. De esa segunda mitad de su vida, sólo durante la década vivida en la Argentina su vida transcurrió por los carriles de la normalidad burguesa.

Josef Mengele es la figura que mejor encarna la curiosidad científica desprovista de toda ética. Wakolda es un error. La vida y los actos de Mengele no necesitan ser ficcionalizados para resultar inquietantes. No es más terrorífico imaginar que Mengele pudiera haber estado en la Patagonia experimentando con gemelos que saber que estaba viviendo entre nosotros como uno más. Lo que de verdad es inquietante es pensar que tal vez no hubiera nada radicalmente distinto entre él y cualquier otro vecino de Vicente López.

Todos somos monstruos. Sólo necesitamos que se den las circunstancias para demostrarlo.

Según Freud, el ser humano civilizado es necesariamente neurótico. El hombre tiene deseos e instintos primitivos que debe reprimir para poder vivir en sociedad. Sin embargo, los deseos reprimidos no desaparecen sino que, en un momento u otro, acaban por manifestarse en forma de neurosis, angustia y sentimientos de culpa. El hombre civilizado ha sacrificado parte de su felicidad posible en beneficio de la cultura o de la seguridad que provee la vida en comunidad.

Nuestra naturaleza es monstruosa. Todos, todos somos monstruos. Lo que me diferencia de los demás es que yo siempre lo supe. Y, ahora lo sé, eso me da una ventaja comparativa enorme sobre los demás.

Creo que resolví el dilema de Freud, aunque para poner en práctica mi plan no debo ser un monstruo sino un dios: Jano, el dios de las puertas, los comienzos y los finales.

Freud traza el origen de la infelicidad a la contradicción entre el principio del placer y el principio de realidad, pero Jano es el dios de las dos caras. Que sólo yo pueda ver mi cara monstruosa: esa es la clave de la felicidad.

 

(La anterior es la última entrada fechada, luego siguen páginas en blanco. Sin embargo, aparecen un par anotaciones más en las últimas páginas, en la sección reservada para números telefónicos.)

 

Nació nuestra hija. Es hermosa. Si alguna vez me cruzo con el padre, lo voy a felicitar.

Hace mucho tiempo que no abro esta libreta. Me causa un poco de gracia ahora. No creo que la vuelva a abrir. Ahora prefiero las fotos, tanto más prácticas y elocuentes que las palabras. Tengo una foto enmarcada en mi escritorio. Navidad en el country. Mi esposa, mis tres hijas, mis dos perros, mi gato. Si también estuviera Julia, que hace poco se convirtió en mi amante, sería la foto perfecta.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

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