Adán y Eva en Monterroso

Cuando desperté, el dinosaurio ¬todavía estaba ahí. Ustedes que duermen en sommiers maravillosamente acolchonados no pueden imaginarse lo incómodo puede resultar pasar la noche tratando de conciliar el sueño en la copa de una tipa, que fue el árbol que elegí bastante a las apuradas, más en función de su altura que de la comodidad que podría brindarme a la hora de pernoctar. De haber sabido que el dinosaurio todavía estaría ahí cuando despertara, mirándome con sus fríos y húmedos ojos de vidrio, habría elegido aquel otro árbol, no el manzano, al que llegué a tomarle verdadera tirria, sino el otro que está más allá, alto también, más frondoso y mucho más proclive al sueño reparador.
Pero así son las cosas, dormí como el diablo, si se me permite la expresión, despertándome mil veces a punto de caer directo a las fauces del persistente dinosaurio empecinado en devorarse a este humilde servidor.
Insistente, este dinosaurio. E incoherente, además. Desde el momento mismo en que noté su cuerpo masivo, su cuello alargado y su diminuta cabeza reveladora de una inteligencia mínima, me sorprendió su actitud agresiva. No había dudas de que se trataba de un saurópodo, un tipo de dinosaurios herbívoros de hábitos pacíficos, típicos grandotes buenos y tontos.
El dinosaurio, que rumiaba como una gigantesca vaca, notó mi retorno a la vigilia. Me acomodé en una rama, y mientras me lanzaba su mirada bovina y somnolienta, le dije:
–¡Diantres! Sigues allí.
–Sigo aquí –respondió sin inmutarse.
–¡Te pido que me escuches, por las barbas del Señor! Bien sabes que eres herbívoro y siendo así me desconcierta tal actitud. ¿Qué pretendes conseguir con esta absurda persecución?
–Variedad nutricional. Permíteme explicarme. Si bien es cierto que la mayoría de mis congéneres son vegetarianos, incluso veganos extrictos, después de considerar con cuidado la situación, arribé a la conclusión de que el tipo de dieta pobre en proteínas de calidad que seguimos nos está llevando a la extinción. Y claro que también hay algunos sauros que siguen una dieta ovoláctea, que permite una nutrición un poco más completa en base a la inclusión de las proteínas que proveen los productos de origen animal como son la leche y el huevo, y además están los sauros macrobióticos, con toda su parafernalia New Age. Pero para mí es evidente que sólo un cambio radical en nuestros hábitos alimenticios puede salvarnos de una extinción que parece segura. Debemos volcarnos a una dieta cárnica, rica en proteínas de origen animal, y con mucho, mucho colesterol.
Tenía disuadir a este saurópodo de sus deseos de introducir cambios alimenticios y convencerlo de que siga fiel a su esencia vegetariana. Mi vida dependía de eso.
–Creo que cometes un error, pues si lo piensas un poco, verás que me asiste la razón. La dieta vegetariana estricta es más saludable desde todo punto de vista. También es superior desde el punto de vista moral, ya que entraña un profundo respeto por todo tipo de vida. Yo, puesto en tu lugar, más bien me cuidaría de los meteoritos.
–Pues debo disentir en que el vegetarianismo sea inherente a una moral superior. Sobran los casos de vegetarianos viles y crueles. Pero hay otra cuestión que me impulsa a la caza: el tedio. No tienes idea de lo aburrido que es el pleistoceno. Estas son épocas sin historia, no pasa nada que tenga importancia. Mis días transcurren en la monotonía más absurda. Y mientras rumiaba por enésima vez un helecho, os vi a vosotros, tan timoratos, tan torpemente ocultos tras una hoja de parra, suculentos como un chuleta con una hoja de laurel, y pensé en poner pimienta a mi vida. En ese momento, decidí que sería Dino, el cazador.
–Pero hay otras formas de combatir el tedio existencial sin arruinarle la vida a los demás. Pero antes permíteme que me presente. Me llamo Adán y vengo de una serie de eventos desafortunados que me dejaron al borde de mis fuerzas. Mi mujer compró en la historia que le vendió una serpiente con patas y las consecuencias fueron funestas. Digamos que perdí un tren de vida al que me había acostumbrado y que la serpiente perdió las patas. Lo que más me molesta es que ciertos privilegios que tenía se fueron para siempre. Eva no sopesó las consecuencias y ahora se queja. Y la tiene bastante preocupada el tema de parir con dolor. No sabes cómo me rompe las bolas con eso, no hay derecho. Pero como andamos con ganas de formar una familia, anda media paranoica la loca. Queremos tener un par de hijos. Los vamos a llamar Caín y Abel, está decido. O María y Juana, si son nenas. Pero, como te comentaba, todo se complicó, y de andar desnudos alegre e inocentemente en el Paraíso pasé a ser perseguido por un dinosaurio vegetariano.
–¿Sabés una cosa? Entiendo a Eva. Eres un gaznápiro y lo mejor que pudo haber hecho Eva era irse con el primer lagarto que se le cruzase.
Confieso que casi me quiebro. Dino tenía razón. Eva me lo dijo primero con gestos sutiles, luego con todas las letras. No quise ver las señales y ahora me llega como un desmesurado castigo la verdad envuelta en el aliento fétido de Dino, cuando podría estar respirando el fresco aliento Kolynos de Eva. Nos quedamos en silencio por unos momentos, hasta que Dino dijo:
–¿Y sabes cuál es tu problema? El problema es que no sabes nada sobre las mujeres. Tuviste tu primera noviecita y creíste haber inventado el amor. Y lo que es más grave: pensaste que iba a ser así para siempre, que su corazón iba a estar encadenado al tuyo por toda la eternidad. Pero la mujer se mueve, como una pluma al viento, cambia de palabra y de pensamiento. Siempre es desgraciado el que confía en ella y le entrega incauto el corazón.
Esta última frase la batió con la voz vencida y triste de un tango viejo.
–¿Y tu qué sabes algo de mujeres? –le pregunté.
–Y… más que vos sé, salame. Te falta calle, pibe. Vos no sabes nada de las ambiciones de las mujeres.
–¿Ambiciones? –repetí como un idiota.
–Sí, las mujeres tienen sueños, caprichos, ambiciones. Y la mayor ambición de las mujeres es inspirar amor.
Tal vez Dino no estuviera tan errado. Acertó en que Eva era mi primer y único amor. Volví a encerrarme en mí mismo, pensando en Eva. Estaba considerando ir a pedirle perdón de rodillas, cuando Dino dijo:
–Y ni se te ocurra ir a pedirle perdón de rodillas. Ella ya piensa con toda razón que eres un palurdo. Sólo conseguirías que pensara que eres un palurdo patético.
–¿Pero qué otra opción me queda?
–Volver triunfante, volver de una forma que la obligue a reconsiderar la situación. Tienes que volver como un campeón. Esa es la única que te queda. Y cruzar los dedos como para pensar que no la hayas estropeado de modo irreversible.
–Já. Acá estoy, colgado de una rama, a punto de caer a las fauces de un lagarto, y me pides que piense como un winner.
–Es posible, si lo intentas. Si realmente lo deseas de corazón, el Universo conspira para que tus deseos se cumplan.
Paulo Coelho, la vaca pleistocénica se creía Paulo Coelho. Por algo no había libros en el Edén. En fin, no tenía otra opción que dejar que siga hablando.
–Yo podría ayudarte.
–¿Cómo?
–Es simple. La verdad es que ya me aburrí también de este jueguito. Puedo considerar que ya lo gané. Mate en dos. En poco tiempo, tendrías que bajar en busca de agua o comida, y serías presa fácil. Pero se me ocurre otro juego, más divertido. Voy a ayudarte a recuperar a Eva.
–Insisto: ¿cómo?
–Simple. Vamos a ir a buscar a Eva, juntos. Voy a fingir que me domesticaste, te voy a llevar montado en mi frente y voy a fingir que sigo cada una de tus órdenes. Cuando Eva te vea, recuperará la confianza en ti. Va a pensar que vas a ser amo y señor de esta tierra inhóspita.
Pensé en evaluar todo con cuidado, pero el hambre y la sed que sentía me disuadieron de seguir pensando. No había nada que pensar. No me quedaba opciones más que confiar en Dino. Más que nada por una cuestión de burocracia mental, quise indagar más en el asunto:
–¿Puedo confiar en ti? ¿Y qué ganarías en todo esto?
–Puedes confiar en mí porque ganaría algo mucho más preciado que un almuerzo: ganaría un amigo– dijo con solemnidad.
–OK, bajo y que sea lo que el Viejo quiera.
–Salta hacia mi frente y vamos.
Sentí un súbito ataque de pánico. Sólo tendría que abrir la boca cuando saltara para que me conviertiera en canapé Adán para dinosaurios. Pero la suerte ya estaba echada. Intoxicado de adrenalina, tomé impulso y salté a la cabeza de Dino, que me recibió casi con dulzura. Después, dijo con firmeza:
–Ahora vamos a buscar a Eva.
No tuvimos que buscar demasiado. Gracias a la perspectiva privilegiada que me otorgaba la altura del cuello de Dino, pude ver a Eva a la distancia, tomando sol en topless en la playa que bordeaba el lago.
Nos acercamos y no tuve que hacer nada. Eva quedó encantada con Dino. Alguna debilidad debía tener con los reptiles, la muy zorra. Nos fuimos a dormir juntos los tres, Eva, yo y nuestra mascota pleistocénica.
Cuando desperté a la mañana siguiente, el dinosaurio ¬todavía estaba ahí. Dormía con placidez. Parecía tener una expresión de satisfacción y paz que le desconocía. Parecía sonreír como un Buda. Parecía más gordo también, y no veía a Eva por ningún lado.
Sí, cuando desperté, el dinosaurio ¬todavía estaba ahí. Y cuando él también se despertó y me miró relamiéndose los labios, tuve la cruel certeza de que pronto me reencontraría con Eva.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

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