La mañana después

Me desperté aturdido por los martillos neumáticos que repicaban en mi cabeza. El sol entraba por los ventanales e inundaba mi habitación como un tsunami de luz congelada. Oí el canto de unos pajarillos. Si no fuera por la molesta resaca, esa podría haber sido la mañana de domingo más perfecta desde que el creador dio por concluida su obra y se echó a dormir.

Al menos estoy en casa, fue lo que pensé con algo de alivio. Giré el cuerpo para cubrirme de la luz cegadora y entonces la vi, a mi lado, en mi cama, a apenas quince centímetros de mí. El pelo rubio y brillante le caía revuelto sobre los hombros y la espalda descubierta. Entré en una especie de estado de trance y me sentí cómodo en esa grieta se había abierto entre la realidad y la ficción. Estuve un rato siguiendo el ritmo de su respiración. Jugué a descubrir constelaciones de lunarcitos que veranos de playa habían dibujado en su espalda. Habría podido seguir una hora más inventando universos que habitaran esa piel, pero tenía que levantarme para mear.

Salí de la cama de un salto y fui al baño con un entusiasmo renovado. El urgente chorro de orín impactó con violencia contra la tapa del inodoro que por algún extraño motivo estaba baja. En un movimiento desesperado, intenté levantarla con el pie izquierdo. Dado que me resultaba imposible detener la operación de micción una vez iniciada, el piso, el bidet, mi pierna derecha y mi pie izquierdo fueron alcanzados por el indomable chorro. Limpié los charcos más groseros con un toallón húmedo. Necesitaba imperiosamente una ducha.

El agua caliente me ayudó a aclarar un poco la mente. Algunos sucesos de la noche anterior empezaron a volver a mi cabeza. La música, los tragos, los cuerpos rozándose, la sintonía de dos que a veces crea la noche, la vuelta a casa en taxi juntos, el resto de la noche. Se me escapaban muchos detalles. Más allá de estar seguro de que ella tenía dos ojos, una nariz y una boca, con dos orejas a los costados, no podía recordar nada más de su cara. Pero ella seguía ahí, su cuerpo perfecto en mi cama. Un desayuno, eso terminaría de despejar la neblina.

Preparé dos jugos de naranjas, tostadas doradas en el punto justo y café como para despertar a un regimiento. Mientras ponía la mesa para desayunar, escuché el sonido de la ducha. Ella se había despertado y pronto sabría exactamente con quién había pasado la noche. Unos momentos después, escuché a mis espaldas una voz femenina, agradablemente áspera.

–Buen día.

–Buen día.

El pelo mojado parecía ahora un poco más oscuro y caía con gracia sobre la musculosa negra que tenía la inscripción LOVE en lentejuelas doradas. Llevaba puesto unos jeans y estaba descalza. Esa chica era pura sencillez y frescura. Lo único que podría haberme puesto más feliz en ese momento habría sido acordarme de su nombre.

–Tengo un hambre brutal –dijo y se sentó a la mesa donde el desayuno estaba dispuesto con todo el esmero del que era capaz.

Por lo general, no tolero la música a la mañana, pero había puesto la banda de sonido de Perdidos en Tokio porque era un tema para hablar. Lo peor son los silencios incómodos y no sabía nada de ella, así que me decidí por ese disco que otras veces me había servido de tema de conversación. Podríamos hablar de música en general, o de la banda de sonido que compuso Air, o de lo perfecto que calza Just like honey en el final de la película cuando Bob Harris le susurra al oído a Scarlett Johansson algo que nadie pudo saber ni interpretar, o de Bill Murray (de Scarlett no porque las intimida), de El día de la marmota y de Zombieland, o de Sofia Coppola, o de Francis Ford Coppola y cualquiera de sus películas, El padrino I y II, Apocalipsis Now y Drácula, o de la semillero de talentos que es la familia Coppola, de Nicholas Cage, de Roman y The Strokes. Las ramificaciones eran infinitas.

Por eso me sentí un poco descolocado cuando, sin decirme nada, se acercó al reproductor de música y puso Three Little Birds, del gran Bob Marley.

–OK, el reggae está bien para poner a la mañana. Just like honey es un tema nocturno y demasiado melancólico para este día tan soleado.

No lo dijo con maldad sino como corrigiendo un error evidente y minúsculo, con la naturalidad que todas las mujeres tienen para arreglar el cuello de la camisa que quedó torcida debajo de un suéter.

La verdad era que mis recaudos eran innecesarios. La chica hablaba de cualquier tema con facilidad: del sol y de la mermelada, de Bill Murray o Bob Marley. Entonces me di cuenta de una casualidad notable y al mismo insignificante: mis máximos ídolos, Bill Murray y Bob Marley, tienen las mismas iniciales. Sin pensarlo, lo dije en voz alta y ella comentó:

-Sos dulce, pero un poco ñoño.

No sabía exactamente qué quería decir ñoño. Me estaba a empezar a sentir incómodo con el rumbo que estaba tomando la conversación cuando ella agregó:

-Tenés suerte de que me gusten los ñoños.

Después de un breve silencio, mientras se untaba unas tostadas con manteca y mermelada, me preguntó:

–Ayer me dijiste que eras escritor. ¿Es verdad?

–Bueno, es cierto que escribo cosas: algunos cuentos, un par de novelas, nada que haya tenido mucho éxito.

–¿Y sobre qué escribís?

–Sobre cosas que me pasan. Más que nada, sobre cosas que me pasan por la cabeza.

–¿Por ejemplo?

–Por ejemplo, ahora estoy pensando en un argumento que podría dar para una obra de teatro. Es acerca de la fidelidad. O, mejor dicho, de muchos problemas en lo que nos metemos por el apego que le tenemos a nuestra idea de fidelidad.

–Sí, qué cosa terrible la fidelidad, ¿no? –me dijo y no pude estar seguro si lo dijo con o sin ironía.

–No es que me parezca mal: me parece un imposible, un ideal absurdo que nos trae más que nada frustraciones. No fuimos hechos para ser fieles, o por lo menos no en el largo plazo. Al deseo siempre le sigue la culpa, que es como la resaca después de la fiesta, pero no tiene porqué ser así necesariamente.

–Me imagino que ese camino libre de culpa es el que planteas vos en tu obra.

–Sí, claro, un camino, no digo que sea el único. En la obras sólo hay dos personajes, una pareja joven, que hablan y hablan en una habitación cerrada, en un ambiente bastante claustrofóbico. El ahogo y la falta de espacio son como metáforas de las relaciones largas, excesivamente fieles, donde a la gente le cuesta horrores respirar.

–¿Te parece?

–En general, sí, pero no digo que siempre sea así. Sólo en todos los casos que conozco.

–¡Opa! ¿Y qué se dicen estos personajes tan sufridos?

–En verdad, la situación que se plantea es bien simple. La pareja está pasando por un momento difícil, especialmente porque la chica se siente deprimida y bastante harta de su novio. Siente que todavía lo quiere, pero también que lo detesta a un nivel muy profundo. Su compañía se le vuelve insoportable y a ella le molesta todo lo que él hace. Él, por su parte, no es estúpido y se da cuenta de que algo va mal en serio en la relación, y de seguir las cosas ese rumbo, pronto se separarían. Pero pasa algo inesperado, la chica de repente empieza a tratarlo mejor. Entre otras cosas, el sexo es mejor que nunca.

–Mirá vos, cómo te cambia la vida en un instante, ¿no? A propósito, ¿qué fue lo que le pasó a la chica para que cambiara tanto de actitud?

–Eso es lo que se pregunta el pibe: ¿Qué pasó? Ayer me odiaba, hoy me adora. Por un lado, se siente feliz de que la mujer que ama por fin le corresponda y vuelva a mostrarse digna de amar. Por otro lado, no puede dejar de preguntarse qué pasó. La curiosidad puede más: se mira en el espejo y se ve con una cornamenta imponente. Supongo que en un teatro se podrán crear esa clase de efectos especiales. El tema es que ahora tiene decidir qué va a elegir: los celos o la felicidad. ¿Hace la vista gorda y disfruta esa vida feliz que está llevando o rompe con todo?

–Entiendo. Lo que pasa es que hay un problema con tu planteo: cuando ella le puso los cuernos, clausuró el camino a la felicidad.

–En realidad, ella creó un camino a la felicidad allí donde había un callejón sin salida. Y él se ve muy beneficiado por esa salida que ella creó. Lo único que tiene que hacer es aceptar que no tiene exclusividad sobre su cuerpo o sobre lo que sienta. En realidad, nadie le pertenece a nadie, ¿es tan difícil de aceptar eso?

–Puede ser, no estoy segura. A mí me gustaría que me quisieran de verdad, no que me complementen con otras mujeres.

–Lo que nos gustaría ser y lo que somos son dos cosas muy distintas, y en algunos aspectos directamente incompatibles. Creo que nos acostumbramos tanto a usar caretas que nos olvidamos de nuestra verdadera cara. En la obra los personajes usarían máscaras y sólo en el diálogo final se las sacarían.

–¿Y qué se dicen en ese diálogo final?

–Dicen lo que piensan y sienten realmente uno del otro. No lo tengo resuelto, porque son cosas tiernas y duras, llenas sentimientos ambivalentes y golpes sinceros a lo que pensamos que tiene que ser el amor y no es.

En ese momento, sonó el timbre. Me había olvidado que Julia iba a pasar a buscarme para ir a comer a la casa de sus padres. Dicen que los chinos usan el mismo ideograma para representar la palabra crisis y la palabra oportunidad, como si se tratara de una misma cosa, la crisis y la oportunidad, y dependiera de nosotros si sucumbimos a la crisis o aprovechamos la oportunidad. Me encontraba en una situación crítica: no creo que mi novia Julia encontrara inmediatamente encantadora a esta chica divina que sólo llevaba puestos unos jeans y una remera negra con la inscripción LOVE en lentejuelas doradas, pero yo siempre trato de ver la oportunidad en la crisis.

Esa es mi filosofía personal y la historia de mi vida: siempre trato de aprovechar la oportunidad que se esconde en la crisis, aunque no siempre lo consigo. Creo que lo peor se desató cuando les dije que hagamos el amor y no la guerra. La idea de un ménage à trois siempre estuvo en mi cabeza y tenía que intentarlo. La manzana prohibida nunca tuvo un brillo más tentador. Me empezaron a insultar las dos al mismo tiempo y después todo se volvió confuso. Al final, tan modernas no eran. La rubia me arañó la cara y Julia me pegó en la cabeza con un objeto que no alcancé a identificar. Todo se hundió en una niebla vaporosa cargada de gritos y golpes. Lo siguiente que recuerdo es estar tirado en la vereda y a una anciana que me preguntaba qué me pasó. Después, la ambulancia y el hospital.

Los doctores me dijeron que voy a recuperar la vista del ojo izquierdo en poco tiempo, pero las heridas van a tardar en cicatrizar. También me dijeron que podría necesitar cirugía plástica facial. Les dije que estaba bien, pero no me contestaron nada cuando les pregunté si podrían lograr que mi cara tuviera de ahora en más la expresión de Bill Murray en Zombieland.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

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