El arte perdido de la conversación

Publicado en la selección de relatos del concurso literario de Zona eReader, 2015.

–A ver, decime una cosita vos: ¿a todas las chicas les preguntas, la primera vez que las ves, qué opinión les merece el sadomasoquismo?

–No a todas, sólo a vos porque me pareces distinta, especial. Pero, perdoname, creo que di una impresión equivocada. Te lo pregunto no porque tenga un interés especial en el sadomasoquismo, que si vos lo tenés por mí está más que bien. Te lo pregunto porque me interesa todo lo que tenga que ver con libros y vi que ahí tenés Cincuenta sombras de Grey.

–Ah, era eso. Me lo dio una amiga. No sé si te decepciono pero no me entusiasma para nada el sadomaso. Esta amiga mía me leyó algunas partes y me divirtió, y por eso me lo pasó.

–Es que el sexo siempre es entretenido.

–O casi siempre. Lo importante es disfrutar el momento o, por lo menos, aprovecharlo. Como hace mi amiga, la que me prestó el libro, que cuando empieza a aburrirse, va cambiando de posición hasta llegar a una desde la cual pueda mirar la televisión.

–Debe ser una mujer muy eficiente.

–Sí, no le gusta perder el tiempo. Pero no es desconsiderada. A veces se apiada y busca una posición en la que los dos puedan ver televisión.

–Eso sí que es conveniente, así nadie se aburre. Pero volviendo a Cincuenta sombras, ¿no te pareció que es un cuento de hadas, una especie de refrito erótico de la historia de la Cenicienta y el príncipe azul?

–Puede ser. No lo había pensado, hay algunos puntos en común. En realidad, muchas telenovelas tienen el mismo argumento. En fin, nadie dice que Cincuenta sombras sea gran literatura, pero logra hacer conexión con fantasías compartidas por muchas mujeres.

–Lo que a mí me llama la atención es que a tantas mujeres les entusiasme un cuento de hadas sadomasoquista. No quiero teorizar demasiado sobre eso, pero para mí tiene que ver con la caída del hombre moderno.

–¿Cómo es eso de la caída del hombre moderno?

–Más o menos así: al hombre moderno las mujeres lo castraron y lo pusieron a lavar platos, a cambiar pañales, a hacer todo ese tipo de cosas. Entonces las mujeres salieron de la casa, pero se perdieron un poco y ahora ya no saben bien dónde quieren estar. De un modo secreto e inconfesable, muchas mujeres comparten la fantasía de que el tipo, al que en verdad quieren, las ate para librarse de la carga de tener que decidir todo ellas, todo el tiempo.

–¿Y vos vendrías a ser el hombre moderno?

–No.

–¿Para nada?

–Bueno, ponele que sí, pero es como que hoy por hoy no tenés opción.

–¿Y de dónde sacaste eso de la caída del hombre moderno?

–De Friends, que es como un tratado sobre la caída en desgracia del hombre moderno.

–¿A ver con qué salís?

–Pensá en esto: todos los personajes masculinos de Friends están dominados por las mujeres. Ross está siempre listo para casarse, aunque sea con una lesbiana. Ross es Susanita, el personaje de Mafalda. Lo que de verdad quiere Ross es ser ama de casa.

–Ross da gay. Me parece que su sueño es otro.

–Puede ser, no me había dado cuenta. Puede que sea heterohomosexual, una variedad nueva de hombre moderno sometido a la mujer, un hombre heterosexual invadido por deseos femeninos y por eso parece homosexual.

–El que no necesita mucha explicación es Chandler.

–Ahí está todo clarísimo. Mónica lleva los pantalones, es la señora y ama de la casa. Chandler se limita a tratar de complacerla y a hacer chistes todo el tiempo para descomprimir la presión y no salir corriendo a fumar crack.

–¿Y Joey? Joey es el típico mujeriego. Él más bien usa las mujeres.

–No, es al revés: las mujeres lo usan a él. Es como un plomero o un albañil, que provee un servicio muy claro y definido. Hace cincuenta años Joey hubiera sido un ganador, pero hoy en día es un juguete sexual más, de carne y hueso, pero igual de descartable. Fijate que nunca puede tener una verdadera relación, y cuando lo intenta, fracasa miserablemente. Joey es otra versión de ese personaje perdedor que es el hombre moderno: un dildo unido a una figura humana. Antes había mujerzuelas, pero hoy hay hombrezuelos como Joey.

–Estoy de acuerdo con lo de Chandler, y un poco con lo de Ross. Con lo de Joey no sé, me parece que estás forzando un poco la cosa.

–Es así. Todos los personajes masculinos de Friends son muñecos vencidos por época que les tocó, por este Zeitgeist vaginal. Los personajes secundarios más todavía. Ahí tenés a Günther, el dueño de Central Perk, que durante diez años persigue a Rachel y ella nunca le da ni la hora.

–Günther también da gay.

–Heterohomosexual.

–¿Sabés donde falla tu teoría?

–A ver.

–En el ex novio de Mónica, el oftalmólogo. Ése no está dominado por las mujeres.

–Claro, porque es un dinosaurio. Es un arquetipo extinto, sacado del pasado y puesto en Friends sólo para resaltar el contraste con los perdedores reales de hoy.

–Ah, pero vos acomodás todo para que quede bien en tu esquema. Lo que te sirve lo tomas y lo que no, lo retorcés hasta que entre en el agujerito que quedó.

–Obvio. Así es como avanza la ciencia.

–Por eso yo creo más en los horóscopos que en la ciencia.

–Bueno, creo que no lo mencioné antes, pero yo soy científico.

–¿Ah, sí? Mirá vos. ¿Y qué estudiás?

–Antropología.

–¿Hiciste algún trabajo de campo?

–Por supuesto. Ahora estamos estudiando una tribu del Amazonas que todavía vive en la edad de piedra. Se alimentan de la caza, de la pesca y de los frutos que puedan recolectar de los árboles. Fueron descubiertos hace poco. Nadie sabe cómo pudieron permanecer tanto tiempo aislados del resto del mundo, pero una vez descubiertos, los antropólogos llegamos al consenso de no intervenir en lo más mínimo.

–Pero entonces nunca van a saber nada de ellos.

–Quiero decir que no tenemos contacto directo con ellos, ni permitimos que la tribu siquiera se roce con la tecnología, pero los estudiamos a la distancia. Con cuidado de no ser descubiertos, plantamos unas cámaras y observamos su comportamiento diario.

–Un Gran Hermano de la edad de piedra.

–Exacto, pero sin confesionario, que es una de las cosas que queremos evitar.

–¿Descubrieron algo interesante?

–Varias cosas, y muchas que no podemos explicar. Lo primero es el lenguaje. Después de mucho esfuerzo, estamos dando los primeros pasos para entenderlo. Lo que más nos sorprendió es que una lengua es muy rica. Uno pensaría que tendrían unas pocas palabras y una sintaxis simple, tipo “tú Jane, yo Tarzán”, pero no. Los tipos son unos charlatanes insoportables, se la pasan hablando. Pareciera que estuvieran inventando historias. Y además tienen mucho sentido del humor, porque se matan de risa de cosas que no alcanzamos a entender.

–Una se siente un poco tonta cuando no entiende un chiste y se lo tienen que explicar, tarea que además aniquila toda posible gracia.

–Claro. De todas formas, es llamativa la capacidad que tienen estos cavernícolas para armar conversaciones colectivas. Sólo en la Francia aristocrática de siglos atrás se había desarrollado en tal alto grado la conversación.

–Eso es notable, que sea en una tribu neolítica el único lugar donde siga vivo el arte perdido de la conversación.

–Miran cómo fluye un río o cómo centellean las estrellas en el cielo, y eso les alcanza para parlotear durante horas.

–Eso es porque no tienen internet. ¿Y son amistosos o les gusta pelear?

–Son súper amistosos, tal vez porque tienen una estructura social inédita en nuestra sociedad.

–Si tuviera que apostar, me jugaría por alguna forma de socialismo utópico.

–No estás lejos. Son medio comunistas, medio anarquistas, pero sobre todo muy haraganes. Cuando tienen cubierto el tema comida y saben que no se les avecina ninguna amenaza, se dedican todo el día a jugar, a charlar o a garchar.

–¿Qué? ¿Se enfiestan todos juntos?

–No, prevalecen las parejas, por lo general. Pero lo que más nos llama la atención es que no existe una unidad que podríamos llamar familia. En su lugar, hay una especie de crianza colectiva. Al igual que sucede con cierto tipo de simios, en el momento de fertilidad las hembras se aparean sucesivamente con varios machos, de modo que todos los machos participantes se consideran el padre de la criatura.

–Son unos hippies estos cavernícolas. Les falta fumar marihuana y tomar ácido, y ya está.

–Sí, es cierto, lo más parecido a su estructura social es una especie de hipismo utópico. La diferencia es que la cultura hippie duró un suspiro y esta tribu parece ser milenaria.

–Dan ganas de irlos a visitar. Como lo contás, parece que hubieran encontrado el secreto de la felicidad.

–No tanto, tienen sus cosas cuestionables, costumbres que nos parecerían crueles o inmorales. Y a veces la pasan bastante mal.

–Y a veces bastante bien. No sacrificaron, como hicimos nosotros, la felicidad de una vida natural en beneficio de la seguridad de la vida civilizada. Tal vez sean los últimos seres humanos realmente felices que quedan sobre la tierra.

–Es cierto. No reprimen sus instintos todo el tiempo, no quieren parecer respetables ni ser mejores que nadie. Son los últimos humanos felices, tal cual.

–Decime la verdad.

–Siempre.

–¿Inventaste todo esto, no es cierto?

–¿Por qué preguntas?

–Porque no hay forma de que exista una tribu como la que me contás.

–Bueno, claro, por supuesto. Los hippies, neolíticos o no, se extinguieron hace mucho tiempo. ¿Pero cómo te diste cuenta?

–Leo y, cuando me aburro, miro la televisión. Por las dudas, siempre tengo sintonizado el canal de documentales. Por eso sé que, aunque hay tribus no contactadas en el Amazonas, ninguna se parece ni siquiera remotamente a la que te acabás de inventar. De todas formas, no me molesta. En mi opinión, no hay nada más sobrevaluado que la verdad.

–…

–¿Te quedaste sin palabras ahora?

–Al contrario. Estaba pensando que vos y yo podríamos resucitar el arte perdido de la conversación.

–Y rescatar al bello arte de mentir de la decadencia general.

–¿Qué te parece si salimos de acá y vamos a mi casa?

–Genial. Pero ante, una preguntita crucial: en tu dormitorio, ¿tenés televisor?

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

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