Kreppel

Relato publicado en La invención de la tuerca, Bruma Ediciones, 2014.

Nos conocíamos demasiado. Ése era el problema.

Vimos en silencio cómo se gestaba la tormenta en el cielo y, cuando por fin se desató esa lluvia vietnamita, dije parece que va a caer mierda del cielo. Ella sólo murmuró algo así como qué poeta. La secreta complicidad que nos unía –porque nos conocíamos tanto, porque sabíamos lo que pensábamos con sólo mirarnos– paradójicamente sólo contribuía a ahondar el abismo que hacía tiempo había empezado a crecer entre nosotros.

Pronto empezó a llover con menos intensidad. Por un momento no se escuchó más que el sonido monótono y relajante de la lluvia cayendo sobre los árboles, apenas interrumpido por algún auto que pasaba levantando el agua que se acumulaba en la calle.

Esto es perfecto, la lluvia es perfecta. Eso es lo que estaba pensando cuando ella empezó a canturrear, sin acertar una nota ni un tono, una canción impresentable, tan pero tan mala que podría haberla compuesto ella misma, si no fuera porque ella era incapaz de crear nada, ninguna canción. Ni siquiera algo así:

a mí la lluvia, a mí la lluvia no me inspira
y no me lleva, no me lleva a una salida
y si me mojo no me encuentro
y solamente estoy mojada, aburrida y amargada
y la lluvia es un infierno, y a mí no, a mí no…

Busqué con la mirada un objeto contundente con el cual romperle la cabeza y me concentré unos segundos en el control remoto. Lo alcancé, encendí la tele y puse TyC Sports. Jugaba Excursionistas contra Atlanta y simulé un profundo interés en el partido sólo porque sabía que ella detestaba el fútbol.

–Uh, partidazo… Digo, ¿es necesario que sigamos la campaña del glorioso Excursio? –dijo ella más decepcionada que enojada.

Sin ganas de responder una pregunta retórica, y menos aún de sostener una posición indefendible, cambié de canales en forma automática hasta llegar a los de las noticias, que nos recuerdan que siempre algo está pasando, o que algo acaba de pasar, o que es inminente que algo pase. Como la llegada del verano, si es que uno está dispuesto a esperar la cantidad suficiente de días.

Detuve el zapping en C5N. En la escatológica Francia, literalmente estaba cayendo mierda del cielo. Un locutor con cara de robot de plástico leía en el teleprompter:

Desde mayo, en Saint-Pandelon, llueven excrementos. El misterio desvela a los grupos de investigación de las universidades que pese al tiempo transcurrido no logran dar una respuesta a los habitantes que ven caer heces del cielo.

Después de una musiquita introductoria siguieron las imágenes y los testimonios desde Saint-Pandelon:

 “El día que cayó mierda del cielo” tituló la BBC.  El alcalde Jean Pierre Boiselle lo confirmó mientras se quedaba pasmado mirando al cielo y decía “está lloviendo mierda”.

 Por fin una verdadera noticia, digna de atención y estudio. Y ni siquiera era reciente, hacía unas semanas que el fenómeno de Saint-Pandelon había empezado.

 El extraño fenómeno de precipitaciones fecales comenzó en mayo. Los habitantes salen a la calle pensando en cómo evitar los excrementos que caen del cielo, siempre sobre la misma parte del poblado y lo dejan oliendo a caca. En cuanto parece que va a llover, se apresuran a guardar todo lo que está afuera: vehículos, carteles, bancos de parques y cualquier objeto que pueda ser alcanzado por tan particular lluvia. Entre las teorías elaboradas para explicar el fenómeno se conjeturó que los excrementos podrían provenir de la descarga de los depósitos de los baños de las aeronaves que van de norte a sur, pero la idea fue descartada dado que las descargas deberían efectuarse a baja altura y sería imposible realizarlas con las cabinas presurizadas. Otros barajaron la posibilidad de que provinieran de aviones que vuelan a baja altura, y aunque el piloto de una avioneta reconoció haber lanzado una botella con orina, el origen de los excrementos sigue intrigando a los científicos. También se propuso que podrían provenir de excreciones colectivas de ciertos pájaros, pero grupos ecologistas aseguran que es imposible que los animales se confabulen para evacuar todos al mismo tiempo y en el mismo lugar. Aunque todas las investigaciones aseguran que los detritos son de origen animal, se desconoce de qué animales serían y cómo solucionarlo.

Nos miramos y cada uno vio en el fondo de los ojos del otro una sonrisa que nadie más habría sido capaz de adivinar. Tal vez esa sea la cura, pensé. Reencontrar lo que nos había unido en un principio. Restablecer las viejas conexiones que el tiempo y la rutina habían desgastado. Volver a compartir esa conducta tan irresponsable, tan políticamente incorrecta que los dos habíamos conseguido desarrollar, aún antes de conocernos, de no tomarnos en serio nada de lo que enloquecía a otras personas. Nos parecía inconcebible, por ejemplo, pelearnos por algo tan alejado de la vida real como es la política. ¿Así que vos pensás enderezar el mundo? Qué polenta, qué ganas, che.

Eso me llevó a recordar otras cosas que antes, hace tanto tiempo ya, me habían resultado irresistibles en ella. La forma en que hablaba entonces era tan seductora, tan fresca y tan reveladora, que siempre me venía a la cabeza la canción Every little thing she does is magic, porque era cierto, todo lo que ella hacía (entonces, no ahora) era mágico.

The Police me llevó a The Cure. De los pocos CDs que me quedaban de la era geológica previa a internet estaban los de The Police, los de U2 y los de The Cure. Mientras me terminaba de hacer otro café, busqué el CD que tenía la canción que terminaría de llevarme a ese pasado antediluviano, cuando no existía la web, The Cure era lo máximo, y ella era tan irresistible que daban ganas de abrazarla hasta morir, cuando era maravillosa, demasiado buena para ser real, tan perfecta como la lluvia.

Hace siglos que no escuchaba este tema, dijo ella en un tono neutral que tanto podía significar que le gustaba como que no. Para tratar de no parecer paranoico no contesté nada, pero estaba seguro de que ya no le gustaba tanto. Ella había cambiado, pero yo seguía siendo el mismo.

Yo sigo siendo el mismo, repetí para mí mismo.

Y súbitamente tuve una revelación: ser el mismo puede no ser un mérito ni una virtud. Todo lo contrario, podría ser signo de una inquietante incapacidad para evolucionar.

Sigo siendo el mismo pelotudo, me corregí.

Entonces tuve una segunda revelación. Sentí que por fin estaba pensando con claridad. Y pensé: la culpa de todo la tiene ella y, sobre todo, ella tiene la culpa de que yo sea la peor versión posible de mí mismo. Empecé a considerar la posibilidad de dejarla, pero enseguida me di cuenta de que eso no sería posible. Sabía que ella lloraría y no podía hacerle eso. Nunca había tolerado ver llorar a una mujer, sobre todo si era linda, y no iba a empezar ahora a ser un tipo cruel. Entonces pensé en matarla. Eso sí era posible, eso sí podría hacerlo. Claro que eso abría la puerta a nuevas cuestiones a resolver. Qué hacer con el cadáver, por ejemplo.

La lluvia caía ahora casi con placidez, cobijando fantasías asesinas, cuando ella dijo:

–De chica, cuando llovía, mamá nos hacía kreppel. Es decir, tortas fritas. Sólo por eso mis hermanos y yo nos ilusionábamos cuando veíamos una nube. Pronto fuimos descubriendo que no todas las nubes traen lluvia. Las nubes blancas y altas son nubes sin tortas fritas, pero las nubes negras y bajas están cargadas de tortas fritas.

O de mierda, iba agregar, pero me oí decir mi vieja también nos hacía tortas fritas cuando llovía. En realidad, seguía pensando cómo deshacerme del cadáver. No quería ceder y perder el envión de lucidez. Mientras tanto, ella seguía hablando, como si a alguien le importara.

–Ahora ya no me entusiasman las tortas fritas, tienen demasiada grasa, demasiado olor. Y me caen pesadísimas. Es una lástima que perdamos esa alegría que teníamos de chicos. Es un pecado. Si pudiera elegir, no dudaría en vivir toda la vida como cuando tenía cinco años, sin más preocupaciones que hacer garabatos en el jardín de infantes. Pero, en fin, la vida adulta tiene sus compensaciones.

–¿Cómo cuáles? –pregunté por pura inercia conversacional.

–Bueno, ahora, cuando veo una nube negra y baja, en lo primero que pienso es en dormir en cucharita.

Y después de una pausa agregó:

–Y a vos, ¿en qué te hace pensar la lluvia? ¿Qué pensás, por ejemplo, en este momento?

La miré unos segundos eternos y me pareció una desconocida. Una mujer completamente desconocida y, además, absolutamente deseable. Sentí que no podía resistir las ganas de empezar a descubrir en ese mismo instante a esa maravillosa mujer que vivía conmigo desde hacía tanto tiempo. Y mientras me acercaba y deslizaba mi mano por debajo de la remera para acariciarle la espalda, sintiéndome por un segundo en la piel de Hannibal Lecter, le dije lo que pensaba:

–Estoy considerando seriamente la posibilidad de comerte. En este momento, te veo así y pienso: te mato, te como.

Lo que siguió después no salió en ninguna crónica. Nunca son noticia las tortas fritas.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

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