La invención de la entropía

El paso del tiempo, al que sólo podemos referirnos con metáforas tales como el fluir de un río, fue tan elusivo para los filósofos como para los científicos. Los antiguos griegos tenían la percepción, opuesta a la que manejamos actualmente, de que estamos de espaldas al futuro, porque lo que vemos es presente y es pasado, y a nuestras espaldas avanza, desde una zona ciega plagada de incertidumbre, el futuro. Las leyes científicas también se resistieron a discriminar el pasado del futuro, y sólo a mediados del siglo XIX, cuando Rudolf Julius Emmanuel Clausius introdujo el concepto de entropía, pudieron formalizarse con rigor leyes, de naturaleza probabilística, que establecieron una dirección en el fluir del tiempo, de modo de poder expresar con fórmulas matemáticas, contrastables experimentalmente, porqué el pasado precede al futuro y no al revés. Antes de la invención de la entropía, todas las leyes físicas eran simétricas respecto del tiempo, por lo cual, si fueran susceptibles de ser filmadas como películas, tendrían sentido tanto si la película se proyectara en una dirección como en la otra. Inventada la entropía, la ciencia física por fin pudo contar con una flecha del tiempo, regida por el segundo principio de la termodinámica que, resumido en forma tremendista, postula una tendencia innata del universo al más puro caos, un constante fluir hacía la desintegración que es la razón última del porqué de cosas que se rompen, se desgastan, se convierten en fragmentos cada vez más pequeños y pierden todo registro de lo que alguna vez fueron. Esta ley, de cumplimiento obligatorio para toda obra humana, destinada a la disolución en átomos y moléculas, parece no cumplirse en la naturaleza que, impulsada por la energía del sol, se impone triunfalmente sobre el destino tanático presagiado por el segundo principio de la termodinámica. Alcanza con ver, en los espacios dejados al olvido por el hombre, cómo el viento y el agua redondean sin apuro los ángulos rectos, símbolos de la civilización, y florece la vida nueva. La naturaleza, con violencia o sutileza, siempre reclama su espacio y transforma las ciudades en ruinas, antes de digerirlas completamente y volver al inicio de todo, como si nunca hubiera existido otra cosa.

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