Cuestiones molares

…y no sé si viste The Knick, esa serie acerca de un cirujano del novecientos que trabajaba en un hospital de Nueva York, el Knickbocker, que creo que era ficticio el hospital, pero no las historias que ocurrían allí, porque la recreación es demasiado perfecta en cada detalle para que se trate de ficción y todo, todo estuvo cuidado hasta el más mínimo detalle, el quirófano, los aparatos médicos, los medicamentos, el vestuario, incluso, y muy especialmente, los tratamientos, que eran extremos y experimentales en esa época, a menudo con un fundamento científico endeble, como es el caso de esta teoría muy loca que tenía un psiquiatra que postulaba que el origen de las enfermedades mentales era infeccioso y se producían cuando algún tipo de germen pasaba que de estar alojado en algún órgano a buscar alojamiento en el cerebro y ahí proliferaban y disparaban todo tipo de desórdenes mentales que podían llegar a ser de extrema gravedad y por eso este psiquiatra, que además era el jefe de un hospital psiquiátrico, lo primero que hacía cuando le llegaba un nuevo paciente era sacarle todos los dientes y muelas, porque imaginate que en esa época la higiene bucal dejaba mucho que desear y la dentadura era como un paraíso donde florecían las más variadas cepas bacterianas que sólo debían hacer el corto viaje de la boca al cerebro para provocar todo tipo de desequilibrios y tan convencido de su teoría estaba este psiquiatra que les hizo extraer todos los dientes a todos sus hijos para garantizarles una vida libre de padecimientos mentales, aunque él mismo prefirió correr riesgos y mantener su propia dentadura completa, intacta, algo que sin dudas sus hijos encontraron por lo menos curioso, llamativo, intrigante, tanto que le enviaron a su padre un claro mensaje de disconformidad al envenenarlo, aunque en verdad el psiquiatra murió envenenado por otro paciente que se le adelantó o más bien usó dosis más potentes, paciente que, resulta evidente, no sólo no resolvió sus problemas psicopáticos, sino que además echaba de menos su antigua dentadura porque, como te podrás imaginar, usar prótesis dentales hechas con los dientes extraídos de cadáveres, como se hacía en esa época, no era algo muy agradable, además de que era muy difícil encontrar piezas dentales que pudieran reemplazar de modo satisfactorio la forma, función y estética de la dentadura original, por lo que a veces para acercarse al color original, armónico con el rostro de la persona, debían sacrificar tamaño y forma, o viceversa, en suma que la gente debía adaptarse a lo disponible y podía terminar usando una dentadura que parecía de un caballo, el evidente injerto de los restos de otra persona en la propia boca, y entonces te das cuenta de que vivimos en una época que, por lo menos en algunos aspectos, es superior a otras, pues sin lugar a dudas podemos afirmar que la ciencia médica ha avanzado de forma incuestionable durante el último siglo y ahora es raro encontrar un hospital psiquiátrico que practique extracciones preventivas de muelas o, como podía pasar si no se observaban mejoras luego de las extracciones de las muelas, mediante la extirpación de las amígdalas, el bazo y el colón, incluso las lobotomías son hoy en día infrecuentes y, aunque es justo decir que el electrochoque está teniendo un revival, en general las medicaciones y drogas mantienen la locura dentro de límites manejables, por lo que si a uno le duele una muela, como era mi caso, ya no debería temerse que eso podría afectar la salud mental, es decir en este caso mi salud mental, pero igualmente empecé a sentir una especie de pavor incontrolable cuando no pude dejar de notar que tenía una muela que se había vuelto loca, pero loca-loca, y como era evidente que tenía que hacer algo, con todo el pavor que me provocan los odontólogos, pedí audiencia con la Dra. M, única dentista de mi confianza, que casi me rompe el corazón cuando me informó que no había turno disponible con ella hasta el mes siguiente, y a punto estuve de hundirme en la desesperación porque era como revivir a un grado mucho más catastrófico el drama de T, único peluquero de mi confianza, a quien durante años consideré la única persona con una navaja en la mano a la cual podía darle la espalda y confiarle mi cabeza, pero como hace mucho ya que cerró su local y mi pelo, que es de una naturaleza temperamental e ingobernable que se agudiza con el paso del tiempo, había crecido al cabo de unos años de forma tan enmarañada y retorcida que se me hacía imposible el uso de ciertas prendas a las que le tengo particular afecto, como los sweaters a rayas de colores y cuello redondo, no me quedó otra alternativa que armarme de valor e ir a otra peluquería que elegí sobre todo porque estaba ambientada como un saloon del lejano oeste, algo que me pareció un buen augurio, casi una señal divina, porque en cierta forma me considero un cowboy solitario y recio, y aunque en ese momento yo me parecía más al Tom Hanks de El naufrago, en condiciones normales mi pelo y mi barba remiten claramente al Clint Eastwood de los espagueti westerns, en especial al de El bueno, el malo y el feo, y debo admitir que finalmente la experiencia no fue tan traumática como había imaginado en un principio, lo cual no implica de ninguna manera que el cambio exitoso de una rutina efectiva por otra igualmente efectiva fuera a repetirse de modo indefectible en el futuro, nunca hay que caer en el triunfalismo ni el optimismo desmesurado porque es cuando uno se siente más seguro que en realidad es más vulnerable y si bien cambiar de peluquero implica un grado de estrés considerable, no es comparable con el que puede provocar el estar obligado a someterse a otro dentista, ya que con el peluquero uno se presta a una situación incómoda con un resultado potencialmente ridículo, pero todo eso es transitorio y esencialmente indoloro, puesto que se trata de pelo, un recurso renovable, por lo menos hasta cierta edad o incluso indefinidamente si uno ha sido beneficiado por la genética en este aspecto, mientras que con un dentista uno se expone con los dientes, vulnerable como un niño, manso como un cordero, y además está ese otro tema no menor de que una cosa es que un ser extraño te toque la cabeza y otra muy distinta es que meta los dedos en tu boca, pero como de nada serviría explicarle esas sutilezas a una muela enajenada, tomé la decisión de aceptar la consulta con la Dra. E, discípula de la Dra. M, aunque por supuesto todavía había cuestiones que me desvelaban y no podía evitar preguntarme si la Dra. E tendría las manos bellas como las de la Dra. M, o si podrían sus ojos, concentrados en la limpieza del segundo molar, transmitirme confianza y amor por su horrendo trabajo, o si, en suma, podría la Dra. E quitar esa muela loca sin dejarme desfigurado, preguntas todas que me fueron respondidas al ver a la Dra. E, de manos aun más bellas y más jóvenes que las de la Dra. M, manos pequeñas y encantadoras, tan apacibles resultaron a mi torcida sonrisa que me senté en el viejo sillón del consultorio anexo al de la Dra. M, el que entonces dominaban los ojos vivaces y tranquilos de la Dra. E, y abrí la boca sin temores y antes de pudiera articular una palabra la Dra. E ya había acomodado en mi boca un tubo para succionar saliva y dos cilindros de algodón, y después de comunicarme lo que ya sabía –que tenía una muela estaba loca, loca mal– y de corroborar ausencia de alergias y otras contraindicaciones a las que yo respondía haciendo gestos con la mano izquierda, me clavó una jeringa terrorífica, un elemento salido de las más sádicas películas de terror, algo que no verías ni en The Knick, e inmediatamente empezó a juguetear con la muela loca usando una pinza de tamaño descomunal, una herramienta que parecía más adecuada para remover bulones de un camión con acoplado y que sin embargo ella manejaba con una sutileza increíble mientras giraba despacio alrededor mío, como siguiendo una danza secreta o un extraño ritual, con los ojos siempre fijos sobre la presa, hasta que por fin alzó la mano derecha bien en alto y exhibió con expresión triunfal la muela loca como si fuera un magnífico trofeo, y en verdad era una muela ensangrentada y repelente, pero con una magnífica, perfecta forma de corazón que me provocó tanto asombro que tuve que mirar a la Dra. E y preguntarle con los ojos si no le sorprendía que la muela que acababa de extraerme tuviera forma de corazón, a lo que respondió, también con los ojos, que no, que para nada, que todas las muelas que ella se veía forzada a extraer tenían forma de corazón, todo un diálogo ocular que no duró más que una fracción de segundo, así de eficiente es el lenguaje de las miradas, y como no quedaba mucho más que decir después de eso, una vez que me liberó de toda su parafernalia sadomasoquista, le agradecí la tarea y me fui feliz, feliz sabiendo que tengo otra muela loca, loquísima, con forma de corazón para la Dra. E…

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

Autorretrato de un hombre toscamente acuñado

Publicado en la selección de relatos del concurso literario de Zona eReader, 2016.

Decidí escribir breves impresiones diarias en esta libreta. Las hojas son pequeñas y mis manos dos racimos de chorizos. Las condiciones que me impone esta agenda son una nota por página y una página por día, así que debo ser breve por necesidad. Parece fácil. Un par de frases más, llego al final de la página. Esto es todo por hoy.

Me gusta salir a caminar y ver las reacciones que provoco. Cuando la gente me ve, descubro en sus caras una variedad de emociones: rechazo, repulsión, asco. ¿Puedo culparlos de algo si es lo que yo mismo siento al mirarme en el espejo? ¿Cómo podría ser de otro modo?

De chico no era consciente de mi fealdad y recién en la adolescencia, cuando los forúnculos purulentos se multiplicaban en mi cara, tomé contacto con la realidad. La ignorancia siempre es una bendición, sobre todo si es ignorancia sobre uno mismo. Sólo soy feliz cuando me olvido de mí.

Todos los historiadores coinciden en que Sócrates era un ser espantoso. La filosofía occidental le debe mucho a la fealdad de este adefesio impresentable. Como un plan de evasión de la realidad, Sócrates inventó el mundo de las ideas, bello y perfecto, a causa de la repulsión que le provocaba su cuerpo deforme. Conócete a ti mismo era su lema. Sócrates tenía un gran sentido del humor.

Salvo cuando estoy con ánimo de espantar a la gente, prefiero rehuir de las multitudes. Tres son multitud. Con frecuencia, dos son multitud. En días aciagos, uno es multitud y entonces necesito anularme.

La naturaleza no tiene prejuicios. Los árboles y el pasto, los perros y los pájaros, el viento y los lagos, a ellos no parecen importarles ni la belleza ni la fealdad humana. Los animales perciben el mundo de modo diferente a los humanos. Me pregunto cómo es exactamente la percepción que tienen los animales del mundo.

Así como despierto rechazo en las personas, soy aceptado por casi todos los animales. A menos de que se trate de especies o individuos particularmente ariscos o tímidos, es como si de inmediato me consideraran digno de confianza. Tal vez yo sea más animal que humano. Creo que soy un hombre pug.

Los pugs, también llamados carlinos, son pequeños perros molosoides, un tipo canino caracterizado por una constitución musculosa, mandíbulas fuertes, cabeza grande y hocico corto. Los pugs tienen su origen en China y son utilizados como mascotas. Lo dice Wikipedia. Amén.

Puede que sea una idea absurda, pero creo que los perros forman su imagen del mundo a partir de los olores. La vista para ellos es un sentido secundario, como para nosotros es secundario el olfato. Así es como los perros no sólo no rechazan mi abominable aspecto, sino que además se sienten a gusto con mi aroma perruno.

Según la pluma de Shakespeare, Ricardo III se describía a sí mismo como toscamente acuñado, carente de la majestad del amor, privado de la hermosa proporción, despojado con trampas de la buena presencia por la naturaleza alevosa, deforme inacabado, enviado antes de tiempo a este mundo, escasamente hecho a medias, tan tullido y desfigurado que los perros le ladraban cuando se acercaba a ellos. Ricardo III no sólo no era bello: tenía mal olor.

Puede que los perros olieran en Ricardo III un error que yo no tengo, pero me inclino más a pensar que Shakespeare sólo usó los ladridos de los perros para reírse mejor del rey.

Armand Marie Leroi escribió un maravilloso bestiario moderno, Mutantes, que lleva el subtítulo De la variedad genética y el cuerpo humano. Durante siglos, sus personajes poblaron los circos y los gabinetes de curiosidades médicas. Hoy la ciencia moderna explica los errores de Dios.

Gigantes, enanos, hombres con dos cabezas, gemelos unidos por el tórax o por el culo, mujeres barbudas, cíclopes, cretinos, atrofiados de piernas y brazos, manos con ocho dedos,  displacia, fibrodisplacia, acondraplacia, pseudoacondraplacia. Leo Mutantes de Armand Marie Leroi como si se tratara de un libro de autoayuda.

Es difícil definir con claridad qué es la belleza. Hay algunas reglas generales, ciertos vagos patrones universales, pero nada de contundente precisión.  Leroi sugiere que la belleza es un signo de salud. Bajo la misma lógica podríamos argumentar que el fiero no puede ocultar su enfermedad.

Terminé Mutantes y ahora leo un libro hermoso sobre lo repelente, lo horrendo, lo asqueroso, lo desagradable, lo tosco, lo grotesco, lo abominable, lo odioso, lo indecente, lo inmundo, lo sucio, lo obsceno, lo repugnante, lo espantoso, lo vomitivo, lo abyecto, lo monstruoso, lo horrible, lo horrendo, lo hórrido, lo horripilante, lo sucio, lo terrible, lo terrorífico, lo tremendo, lo angustioso, lo repulsivo, lo execrable, lo penoso, lo nauseabundo, lo fétido, lo innoble, lo aterrador, lo desgraciado, lo lamentable, lo enojoso, lo indecente, lo deforme, lo disforme, lo desfigurado.

El libro lo escribió Umberto Eco y se llama Storia della brutezza. Explica porqué el arte de lo horrendo puede ser paradójicamente bello: la representación artística de lo feo sigue siendo fea, pero a través de ella percibimos, como un eco de belleza, la maestría del artista. Existe un tipo de arte que nos repele y atrae al mismo tiempo, un arte que es simultáneamente horrible y bello.

Corolario: Dios es el artista supremo, ergo lo horrible también es bello. Nada debería insultar a la vista: el máximo espanto es sublime.

Sólo algunas de las categorías de la fealdad se aplican a mi caso: soy repelente, horrendo, asqueroso, desagradable, grotesco, abominable, inmundo, repugnante, espantoso, abyecto, monstruoso, horrible, repulsivo, execrable, penoso, nauseabundo,  fétido, aterrador, desgraciado, deforme, disforme y desfigurado, pero me considero limpio, decente y noble.

Según Nietzsche, hay dos clases de personas: los fuertes y los débiles. Estos últimos deben obedecer a los primeros. Nietzsche detestaba al cristianismo porque era la religión enferma y decadente de los débiles. Según su filosofía, el hombre debía desprenderse de las ilusiones que lo encadenan y trascender lo meramente humano para convertirse en superhombre.

En la vida real, Nietzsche era enfermizo y enclenque. Su historia clínica ocuparía más espacio en una biblioteca que todos los libros que escribió. La disentería, la difteria y la sífilis probablemente sean el origen, no sólo de gran parte de su filosofía, sino también de las persistentes migrañas, los serios impedimentos visuales, los violentos desordenes digestivos y los colapsos nerviosos que lo condujeron al enajenamiento total.

Hay que reconocerle a la ciencia los esfuerzos que ha hecho para embellecer el mundo al elaborar ingeniosas teorías para justificar la eliminación de lo deforme, lo desviado y lo perverso: frenología, eugenesia y, en tiempos más recientes, la dictadura de los genes.

La eugenesia era (¿es?) una política de estado que tenía como fin aumentar el número de personas más fuertes, sanas e inteligentes mediante la eliminación progresiva de los débiles, los enfermos y los lerdos. Siguiendo una simple lógica basada en las leyes de la genética, se concluía que al cabo de unas generaciones de implementar esta política los caracteres más nobles del género humano prevalecerían.

Muchos países llevaron a cabo planes de eugenesia, sobre todo los que se consideraban a sí mismos modernos y regidos por la ciencia. Hay que tener en cuenta que después de Darwin y Mendel se consideraba que la eugenesia tenía fundamentos científicos muy sólidos. Los métodos de eugenesia empleados en el siglo XIX y XX iban desde la esterilización forzada hasta el genocidio.

Platón fue de los primeros en sugerir métodos de selección artificial para mejorar la raza. Padre de la filosofía occidental y precursor de la eugenesia.

Concluida la segunda guerra mundial, la eugenesia quedó asociada a las atrocidades nazis y perdió impulso en todo el mundo. Algunos países, sin embargo, continuaron con sus programas de eugenesia varias décadas más. Por ejemplo, en los Estados Unidos, las esterilizaciones colectivas de criminales y perturbados mentales eran una práctica habitual aún después de 1945.

Pocos científicos serían capaces de admitir hoy su simpatía con la eugenesia sin correr el riesgo de ser desterrados del ámbito de la ciencia, pero hace cien años la eugenesia tenía un grado de aceptación científica universal.

En los enfrentamientos entre ciencia y religión, la perspectiva científica suele olvidarse de sus errores. La Iglesia, lenta y obtusa, siempre se opuso a la eugenesia. Despojar al ser humano de su alma, tratarlo como un animal o una máquina, siempre conlleva unos riesgos que los científicos tienen demasiados problemas en aceptar.

(Siguen varias páginas en blanco hasta la siguiente entrada.)

Siempre hay un roto para un descosido.

 

(Varias páginas sin anotaciones. Se nota un cambio en la caligrafía, más apiñada y pequeña, y menos legible.)

 

Vimos Wakolda, una película sobre Mengele haciendo travesuras en la Patagonia. La película se estructura alrededor de unos cuadernos de notas en los que Mengele dejaba constancia de todas sus observaciones y de la evolución de sus experimentos con una familia argentina compuesta por dos gemelos y una enana. En Wakolda, los diarios de Mengele son verdaderas obras de arte, versiones modernas de los cuadernos de Leonardo da Vinci. Aparentemente, los diarios de Mengele en Argentina que se muestran en Wakolda son tan ficticios como el argumento de la película.

Josef Mengele nació en 1911 en el seno de una familia burguesa y católica del sur de Alemania. Estudió medicina y antropología y obtuvo doctorados en ambas disciplinas. En 1937 se afilió al partido nazi y en 1938 ingresó a las SS. En 1941 fue destinado al frente ruso como médico y, luego de ser herido y declarado no apto para el servicio en el frente, formó parte del personal médico del campo de concentración de Auschwitz donde, entre mayo de 1943 y enero de 1945, según el testimonio de sobrevivientes, seleccionaba quienes serían destinados al trabajo forzado, a las cámaras de gas o a sus experimentaciones médicas.

Finalizada la guerra, Mengele consiguió permanecer oculto en Bavaria hasta 1949, año en que logró escapar a Buenos Aires siguiendo la línea de las ratas. Se estableció en Vicente López, donde llevó una vida tranquila, dedicado a la venta de juguetes, a la empresa farmacéutica Fadro Farm y a la práctica clínica (abortista, según algunas fuentes). A mediados de los años cincuenta, estaba tan cómodo y despreocupado con su vida en Vicente López que había vuelto a usar su verdadero nombre.

Conseguimos la dirección de la casa de Vicente López en la que vivió Mengele durante su exilio argentino y fuimos a verla. No se diferencia en nada de las demás casas del barrio, ningún signo de terror, nada. Una casa burguesa más entre otras miles.

La captura de Adolf Eichmann en 1960 marcó el fin de la inmunidad para los nazis perseguidos en Sudamérica por crímenes de guerra, por lo que Mengele escapó rumbo a Paraguay y finalmente se estableció a Brasil, donde se mantuvo en la clandestinidad y murió en 1974 debido a un accidente cerebro vascular mientras nadaba en el mar.

De los sesenta y ocho años que vivió Mengele, treinta y dos los hizo de forma bastante normal, dos como perpetrador extremo, y treinta y cuatro escapando para evitar ser juzgado por su actuación en Auschwitz. De esa segunda mitad de su vida, sólo durante la década vivida en la Argentina su vida transcurrió por los carriles de la normalidad burguesa.

Josef Mengele es la figura que mejor encarna la curiosidad científica desprovista de toda ética. Wakolda es un error. La vida y los actos de Mengele no necesitan ser ficcionalizados para resultar inquietantes. No es más terrorífico imaginar que Mengele pudiera haber estado en la Patagonia experimentando con gemelos que saber que estaba viviendo entre nosotros como uno más. Lo que de verdad es inquietante es pensar que tal vez no hubiera nada radicalmente distinto entre él y cualquier otro vecino de Vicente López.

Todos somos monstruos. Sólo necesitamos que se den las circunstancias para demostrarlo.

Según Freud, el ser humano civilizado es necesariamente neurótico. El hombre tiene deseos e instintos primitivos que debe reprimir para poder vivir en sociedad. Sin embargo, los deseos reprimidos no desaparecen sino que, en un momento u otro, acaban por manifestarse en forma de neurosis, angustia y sentimientos de culpa. El hombre civilizado ha sacrificado parte de su felicidad posible en beneficio de la cultura o de la seguridad que provee la vida en comunidad.

Nuestra naturaleza es monstruosa. Todos, todos somos monstruos. Lo que me diferencia de los demás es que yo siempre lo supe. Y, ahora lo sé, eso me da una ventaja comparativa enorme sobre los demás.

Creo que resolví el dilema de Freud, aunque para poner en práctica mi plan no debo ser un monstruo sino un dios: Jano, el dios de las puertas, los comienzos y los finales.

Freud traza el origen de la infelicidad a la contradicción entre el principio del placer y el principio de realidad, pero Jano es el dios de las dos caras. Que sólo yo pueda ver mi cara monstruosa: esa es la clave de la felicidad.

 

(La anterior es la última entrada fechada, luego siguen páginas en blanco. Sin embargo, aparecen un par anotaciones más en las últimas páginas, en la sección reservada para números telefónicos.)

 

Nació nuestra hija. Es hermosa. Si alguna vez me cruzo con el padre, lo voy a felicitar.

Hace mucho tiempo que no abro esta libreta. Me causa un poco de gracia ahora. No creo que la vuelva a abrir. Ahora prefiero las fotos, tanto más prácticas y elocuentes que las palabras. Tengo una foto enmarcada en mi escritorio. Navidad en el country. Mi esposa, mis tres hijas, mis dos perros, mi gato. Si también estuviera Julia, que hace poco se convirtió en mi amante, sería la foto perfecta.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

Adán y Eva en Monterroso

Cuando desperté, el dinosaurio ¬todavía estaba ahí. Ustedes que duermen en sommiers maravillosamente acolchonados no pueden imaginarse lo incómodo puede resultar pasar la noche tratando de conciliar el sueño en la copa de una tipa, que fue el árbol que elegí bastante a las apuradas, más en función de su altura que de la comodidad que podría brindarme a la hora de pernoctar. De haber sabido que el dinosaurio todavía estaría ahí cuando despertara, mirándome con sus fríos y húmedos ojos de vidrio, habría elegido aquel otro árbol, no el manzano, al que llegué a tomarle verdadera tirria, sino el otro que está más allá, alto también, más frondoso y mucho más proclive al sueño reparador.
Pero así son las cosas, dormí como el diablo, si se me permite la expresión, despertándome mil veces a punto de caer directo a las fauces del persistente dinosaurio empecinado en devorarse a este humilde servidor.
Insistente, este dinosaurio. E incoherente, además. Desde el momento mismo en que noté su cuerpo masivo, su cuello alargado y su diminuta cabeza reveladora de una inteligencia mínima, me sorprendió su actitud agresiva. No había dudas de que se trataba de un saurópodo, un tipo de dinosaurios herbívoros de hábitos pacíficos, típicos grandotes buenos y tontos.
El dinosaurio, que rumiaba como una gigantesca vaca, notó mi retorno a la vigilia. Me acomodé en una rama, y mientras me lanzaba su mirada bovina y somnolienta, le dije:
–¡Diantres! Sigues allí.
–Sigo aquí –respondió sin inmutarse.
–¡Te pido que me escuches, por las barbas del Señor! Bien sabes que eres herbívoro y siendo así me desconcierta tal actitud. ¿Qué pretendes conseguir con esta absurda persecución?
–Variedad nutricional. Permíteme explicarme. Si bien es cierto que la mayoría de mis congéneres son vegetarianos, incluso veganos extrictos, después de considerar con cuidado la situación, arribé a la conclusión de que el tipo de dieta pobre en proteínas de calidad que seguimos nos está llevando a la extinción. Y claro que también hay algunos sauros que siguen una dieta ovoláctea, que permite una nutrición un poco más completa en base a la inclusión de las proteínas que proveen los productos de origen animal como son la leche y el huevo, y además están los sauros macrobióticos, con toda su parafernalia New Age. Pero para mí es evidente que sólo un cambio radical en nuestros hábitos alimenticios puede salvarnos de una extinción que parece segura. Debemos volcarnos a una dieta cárnica, rica en proteínas de origen animal, y con mucho, mucho colesterol.
Tenía disuadir a este saurópodo de sus deseos de introducir cambios alimenticios y convencerlo de que siga fiel a su esencia vegetariana. Mi vida dependía de eso.
–Creo que cometes un error, pues si lo piensas un poco, verás que me asiste la razón. La dieta vegetariana estricta es más saludable desde todo punto de vista. También es superior desde el punto de vista moral, ya que entraña un profundo respeto por todo tipo de vida. Yo, puesto en tu lugar, más bien me cuidaría de los meteoritos.
–Pues debo disentir en que el vegetarianismo sea inherente a una moral superior. Sobran los casos de vegetarianos viles y crueles. Pero hay otra cuestión que me impulsa a la caza: el tedio. No tienes idea de lo aburrido que es el pleistoceno. Estas son épocas sin historia, no pasa nada que tenga importancia. Mis días transcurren en la monotonía más absurda. Y mientras rumiaba por enésima vez un helecho, os vi a vosotros, tan timoratos, tan torpemente ocultos tras una hoja de parra, suculentos como un chuleta con una hoja de laurel, y pensé en poner pimienta a mi vida. En ese momento, decidí que sería Dino, el cazador.
–Pero hay otras formas de combatir el tedio existencial sin arruinarle la vida a los demás. Pero antes permíteme que me presente. Me llamo Adán y vengo de una serie de eventos desafortunados que me dejaron al borde de mis fuerzas. Mi mujer compró en la historia que le vendió una serpiente con patas y las consecuencias fueron funestas. Digamos que perdí un tren de vida al que me había acostumbrado y que la serpiente perdió las patas. Lo que más me molesta es que ciertos privilegios que tenía se fueron para siempre. Eva no sopesó las consecuencias y ahora se queja. Y la tiene bastante preocupada el tema de parir con dolor. No sabes cómo me rompe las bolas con eso, no hay derecho. Pero como andamos con ganas de formar una familia, anda media paranoica la loca. Queremos tener un par de hijos. Los vamos a llamar Caín y Abel, está decido. O María y Juana, si son nenas. Pero, como te comentaba, todo se complicó, y de andar desnudos alegre e inocentemente en el Paraíso pasé a ser perseguido por un dinosaurio vegetariano.
–¿Sabés una cosa? Entiendo a Eva. Eres un gaznápiro y lo mejor que pudo haber hecho Eva era irse con el primer lagarto que se le cruzase.
Confieso que casi me quiebro. Dino tenía razón. Eva me lo dijo primero con gestos sutiles, luego con todas las letras. No quise ver las señales y ahora me llega como un desmesurado castigo la verdad envuelta en el aliento fétido de Dino, cuando podría estar respirando el fresco aliento Kolynos de Eva. Nos quedamos en silencio por unos momentos, hasta que Dino dijo:
–¿Y sabes cuál es tu problema? El problema es que no sabes nada sobre las mujeres. Tuviste tu primera noviecita y creíste haber inventado el amor. Y lo que es más grave: pensaste que iba a ser así para siempre, que su corazón iba a estar encadenado al tuyo por toda la eternidad. Pero la mujer se mueve, como una pluma al viento, cambia de palabra y de pensamiento. Siempre es desgraciado el que confía en ella y le entrega incauto el corazón.
Esta última frase la batió con la voz vencida y triste de un tango viejo.
–¿Y tu qué sabes algo de mujeres? –le pregunté.
–Y… más que vos sé, salame. Te falta calle, pibe. Vos no sabes nada de las ambiciones de las mujeres.
–¿Ambiciones? –repetí como un idiota.
–Sí, las mujeres tienen sueños, caprichos, ambiciones. Y la mayor ambición de las mujeres es inspirar amor.
Tal vez Dino no estuviera tan errado. Acertó en que Eva era mi primer y único amor. Volví a encerrarme en mí mismo, pensando en Eva. Estaba considerando ir a pedirle perdón de rodillas, cuando Dino dijo:
–Y ni se te ocurra ir a pedirle perdón de rodillas. Ella ya piensa con toda razón que eres un palurdo. Sólo conseguirías que pensara que eres un palurdo patético.
–¿Pero qué otra opción me queda?
–Volver triunfante, volver de una forma que la obligue a reconsiderar la situación. Tienes que volver como un campeón. Esa es la única que te queda. Y cruzar los dedos como para pensar que no la hayas estropeado de modo irreversible.
–Já. Acá estoy, colgado de una rama, a punto de caer a las fauces de un lagarto, y me pides que piense como un winner.
–Es posible, si lo intentas. Si realmente lo deseas de corazón, el Universo conspira para que tus deseos se cumplan.
Paulo Coelho, la vaca pleistocénica se creía Paulo Coelho. Por algo no había libros en el Edén. En fin, no tenía otra opción que dejar que siga hablando.
–Yo podría ayudarte.
–¿Cómo?
–Es simple. La verdad es que ya me aburrí también de este jueguito. Puedo considerar que ya lo gané. Mate en dos. En poco tiempo, tendrías que bajar en busca de agua o comida, y serías presa fácil. Pero se me ocurre otro juego, más divertido. Voy a ayudarte a recuperar a Eva.
–Insisto: ¿cómo?
–Simple. Vamos a ir a buscar a Eva, juntos. Voy a fingir que me domesticaste, te voy a llevar montado en mi frente y voy a fingir que sigo cada una de tus órdenes. Cuando Eva te vea, recuperará la confianza en ti. Va a pensar que vas a ser amo y señor de esta tierra inhóspita.
Pensé en evaluar todo con cuidado, pero el hambre y la sed que sentía me disuadieron de seguir pensando. No había nada que pensar. No me quedaba opciones más que confiar en Dino. Más que nada por una cuestión de burocracia mental, quise indagar más en el asunto:
–¿Puedo confiar en ti? ¿Y qué ganarías en todo esto?
–Puedes confiar en mí porque ganaría algo mucho más preciado que un almuerzo: ganaría un amigo– dijo con solemnidad.
–OK, bajo y que sea lo que el Viejo quiera.
–Salta hacia mi frente y vamos.
Sentí un súbito ataque de pánico. Sólo tendría que abrir la boca cuando saltara para que me conviertiera en canapé Adán para dinosaurios. Pero la suerte ya estaba echada. Intoxicado de adrenalina, tomé impulso y salté a la cabeza de Dino, que me recibió casi con dulzura. Después, dijo con firmeza:
–Ahora vamos a buscar a Eva.
No tuvimos que buscar demasiado. Gracias a la perspectiva privilegiada que me otorgaba la altura del cuello de Dino, pude ver a Eva a la distancia, tomando sol en topless en la playa que bordeaba el lago.
Nos acercamos y no tuve que hacer nada. Eva quedó encantada con Dino. Alguna debilidad debía tener con los reptiles, la muy zorra. Nos fuimos a dormir juntos los tres, Eva, yo y nuestra mascota pleistocénica.
Cuando desperté a la mañana siguiente, el dinosaurio ¬todavía estaba ahí. Dormía con placidez. Parecía tener una expresión de satisfacción y paz que le desconocía. Parecía sonreír como un Buda. Parecía más gordo también, y no veía a Eva por ningún lado.
Sí, cuando desperté, el dinosaurio ¬todavía estaba ahí. Y cuando él también se despertó y me miró relamiéndose los labios, tuve la cruel certeza de que pronto me reencontraría con Eva.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

La mañana después

Me desperté aturdido por los martillos neumáticos que repicaban en mi cabeza. El sol entraba por los ventanales e inundaba mi habitación como un tsunami de luz congelada. Oí el canto de unos pajarillos. Si no fuera por la molesta resaca, esa podría haber sido la mañana de domingo más perfecta desde que el creador dio por concluida su obra y se echó a dormir.

Al menos estoy en casa, fue lo que pensé con algo de alivio. Giré el cuerpo para cubrirme de la luz cegadora y entonces la vi, a mi lado, en mi cama, a apenas quince centímetros de mí. El pelo rubio y brillante le caía revuelto sobre los hombros y la espalda descubierta. Entré en una especie de estado de trance y me sentí cómodo en esa grieta se había abierto entre la realidad y la ficción. Estuve un rato siguiendo el ritmo de su respiración. Jugué a descubrir constelaciones de lunarcitos que veranos de playa habían dibujado en su espalda. Habría podido seguir una hora más inventando universos que habitaran esa piel, pero tenía que levantarme para mear.

Salí de la cama de un salto y fui al baño con un entusiasmo renovado. El urgente chorro de orín impactó con violencia contra la tapa del inodoro que por algún extraño motivo estaba baja. En un movimiento desesperado, intenté levantarla con el pie izquierdo. Dado que me resultaba imposible detener la operación de micción una vez iniciada, el piso, el bidet, mi pierna derecha y mi pie izquierdo fueron alcanzados por el indomable chorro. Limpié los charcos más groseros con un toallón húmedo. Necesitaba imperiosamente una ducha.

El agua caliente me ayudó a aclarar un poco la mente. Algunos sucesos de la noche anterior empezaron a volver a mi cabeza. La música, los tragos, los cuerpos rozándose, la sintonía de dos que a veces crea la noche, la vuelta a casa en taxi juntos, el resto de la noche. Se me escapaban muchos detalles. Más allá de estar seguro de que ella tenía dos ojos, una nariz y una boca, con dos orejas a los costados, no podía recordar nada más de su cara. Pero ella seguía ahí, su cuerpo perfecto en mi cama. Un desayuno, eso terminaría de despejar la neblina.

Preparé dos jugos de naranjas, tostadas doradas en el punto justo y café como para despertar a un regimiento. Mientras ponía la mesa para desayunar, escuché el sonido de la ducha. Ella se había despertado y pronto sabría exactamente con quién había pasado la noche. Unos momentos después, escuché a mis espaldas una voz femenina, agradablemente áspera.

–Buen día.

–Buen día.

El pelo mojado parecía ahora un poco más oscuro y caía con gracia sobre la musculosa negra que tenía la inscripción LOVE en lentejuelas doradas. Llevaba puesto unos jeans y estaba descalza. Esa chica era pura sencillez y frescura. Lo único que podría haberme puesto más feliz en ese momento habría sido acordarme de su nombre.

–Tengo un hambre brutal –dijo y se sentó a la mesa donde el desayuno estaba dispuesto con todo el esmero del que era capaz.

Por lo general, no tolero la música a la mañana, pero había puesto la banda de sonido de Perdidos en Tokio porque era un tema para hablar. Lo peor son los silencios incómodos y no sabía nada de ella, así que me decidí por ese disco que otras veces me había servido de tema de conversación. Podríamos hablar de música en general, o de la banda de sonido que compuso Air, o de lo perfecto que calza Just like honey en el final de la película cuando Bob Harris le susurra al oído a Scarlett Johansson algo que nadie pudo saber ni interpretar, o de Bill Murray (de Scarlett no porque las intimida), de El día de la marmota y de Zombieland, o de Sofia Coppola, o de Francis Ford Coppola y cualquiera de sus películas, El padrino I y II, Apocalipsis Now y Drácula, o de la semillero de talentos que es la familia Coppola, de Nicholas Cage, de Roman y The Strokes. Las ramificaciones eran infinitas.

Por eso me sentí un poco descolocado cuando, sin decirme nada, se acercó al reproductor de música y puso Three Little Birds, del gran Bob Marley.

–OK, el reggae está bien para poner a la mañana. Just like honey es un tema nocturno y demasiado melancólico para este día tan soleado.

No lo dijo con maldad sino como corrigiendo un error evidente y minúsculo, con la naturalidad que todas las mujeres tienen para arreglar el cuello de la camisa que quedó torcida debajo de un suéter.

La verdad era que mis recaudos eran innecesarios. La chica hablaba de cualquier tema con facilidad: del sol y de la mermelada, de Bill Murray o Bob Marley. Entonces me di cuenta de una casualidad notable y al mismo insignificante: mis máximos ídolos, Bill Murray y Bob Marley, tienen las mismas iniciales. Sin pensarlo, lo dije en voz alta y ella comentó:

-Sos dulce, pero un poco ñoño.

No sabía exactamente qué quería decir ñoño. Me estaba a empezar a sentir incómodo con el rumbo que estaba tomando la conversación cuando ella agregó:

-Tenés suerte de que me gusten los ñoños.

Después de un breve silencio, mientras se untaba unas tostadas con manteca y mermelada, me preguntó:

–Ayer me dijiste que eras escritor. ¿Es verdad?

–Bueno, es cierto que escribo cosas: algunos cuentos, un par de novelas, nada que haya tenido mucho éxito.

–¿Y sobre qué escribís?

–Sobre cosas que me pasan. Más que nada, sobre cosas que me pasan por la cabeza.

–¿Por ejemplo?

–Por ejemplo, ahora estoy pensando en un argumento que podría dar para una obra de teatro. Es acerca de la fidelidad. O, mejor dicho, de muchos problemas en lo que nos metemos por el apego que le tenemos a nuestra idea de fidelidad.

–Sí, qué cosa terrible la fidelidad, ¿no? –me dijo y no pude estar seguro si lo dijo con o sin ironía.

–No es que me parezca mal: me parece un imposible, un ideal absurdo que nos trae más que nada frustraciones. No fuimos hechos para ser fieles, o por lo menos no en el largo plazo. Al deseo siempre le sigue la culpa, que es como la resaca después de la fiesta, pero no tiene porqué ser así necesariamente.

–Me imagino que ese camino libre de culpa es el que planteas vos en tu obra.

–Sí, claro, un camino, no digo que sea el único. En la obras sólo hay dos personajes, una pareja joven, que hablan y hablan en una habitación cerrada, en un ambiente bastante claustrofóbico. El ahogo y la falta de espacio son como metáforas de las relaciones largas, excesivamente fieles, donde a la gente le cuesta horrores respirar.

–¿Te parece?

–En general, sí, pero no digo que siempre sea así. Sólo en todos los casos que conozco.

–¡Opa! ¿Y qué se dicen estos personajes tan sufridos?

–En verdad, la situación que se plantea es bien simple. La pareja está pasando por un momento difícil, especialmente porque la chica se siente deprimida y bastante harta de su novio. Siente que todavía lo quiere, pero también que lo detesta a un nivel muy profundo. Su compañía se le vuelve insoportable y a ella le molesta todo lo que él hace. Él, por su parte, no es estúpido y se da cuenta de que algo va mal en serio en la relación, y de seguir las cosas ese rumbo, pronto se separarían. Pero pasa algo inesperado, la chica de repente empieza a tratarlo mejor. Entre otras cosas, el sexo es mejor que nunca.

–Mirá vos, cómo te cambia la vida en un instante, ¿no? A propósito, ¿qué fue lo que le pasó a la chica para que cambiara tanto de actitud?

–Eso es lo que se pregunta el pibe: ¿Qué pasó? Ayer me odiaba, hoy me adora. Por un lado, se siente feliz de que la mujer que ama por fin le corresponda y vuelva a mostrarse digna de amar. Por otro lado, no puede dejar de preguntarse qué pasó. La curiosidad puede más: se mira en el espejo y se ve con una cornamenta imponente. Supongo que en un teatro se podrán crear esa clase de efectos especiales. El tema es que ahora tiene decidir qué va a elegir: los celos o la felicidad. ¿Hace la vista gorda y disfruta esa vida feliz que está llevando o rompe con todo?

–Entiendo. Lo que pasa es que hay un problema con tu planteo: cuando ella le puso los cuernos, clausuró el camino a la felicidad.

–En realidad, ella creó un camino a la felicidad allí donde había un callejón sin salida. Y él se ve muy beneficiado por esa salida que ella creó. Lo único que tiene que hacer es aceptar que no tiene exclusividad sobre su cuerpo o sobre lo que sienta. En realidad, nadie le pertenece a nadie, ¿es tan difícil de aceptar eso?

–Puede ser, no estoy segura. A mí me gustaría que me quisieran de verdad, no que me complementen con otras mujeres.

–Lo que nos gustaría ser y lo que somos son dos cosas muy distintas, y en algunos aspectos directamente incompatibles. Creo que nos acostumbramos tanto a usar caretas que nos olvidamos de nuestra verdadera cara. En la obra los personajes usarían máscaras y sólo en el diálogo final se las sacarían.

–¿Y qué se dicen en ese diálogo final?

–Dicen lo que piensan y sienten realmente uno del otro. No lo tengo resuelto, porque son cosas tiernas y duras, llenas sentimientos ambivalentes y golpes sinceros a lo que pensamos que tiene que ser el amor y no es.

En ese momento, sonó el timbre. Me había olvidado que Julia iba a pasar a buscarme para ir a comer a la casa de sus padres. Dicen que los chinos usan el mismo ideograma para representar la palabra crisis y la palabra oportunidad, como si se tratara de una misma cosa, la crisis y la oportunidad, y dependiera de nosotros si sucumbimos a la crisis o aprovechamos la oportunidad. Me encontraba en una situación crítica: no creo que mi novia Julia encontrara inmediatamente encantadora a esta chica divina que sólo llevaba puestos unos jeans y una remera negra con la inscripción LOVE en lentejuelas doradas, pero yo siempre trato de ver la oportunidad en la crisis.

Esa es mi filosofía personal y la historia de mi vida: siempre trato de aprovechar la oportunidad que se esconde en la crisis, aunque no siempre lo consigo. Creo que lo peor se desató cuando les dije que hagamos el amor y no la guerra. La idea de un ménage à trois siempre estuvo en mi cabeza y tenía que intentarlo. La manzana prohibida nunca tuvo un brillo más tentador. Me empezaron a insultar las dos al mismo tiempo y después todo se volvió confuso. Al final, tan modernas no eran. La rubia me arañó la cara y Julia me pegó en la cabeza con un objeto que no alcancé a identificar. Todo se hundió en una niebla vaporosa cargada de gritos y golpes. Lo siguiente que recuerdo es estar tirado en la vereda y a una anciana que me preguntaba qué me pasó. Después, la ambulancia y el hospital.

Los doctores me dijeron que voy a recuperar la vista del ojo izquierdo en poco tiempo, pero las heridas van a tardar en cicatrizar. También me dijeron que podría necesitar cirugía plástica facial. Les dije que estaba bien, pero no me contestaron nada cuando les pregunté si podrían lograr que mi cara tuviera de ahora en más la expresión de Bill Murray en Zombieland.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

Entrelazamiento cuántico

Publicado en el número 16 de la revista Cosmocápsula, 2016.

Ahora ella duerme con placidez y gracia felina, pero sólo una hora antes, cuando estaba fuera de sí, habíamos discutido a los gritos. En realidad, sólo ella gritaba, cosas como éstas:

–No podés ser tan estúpido de no darte cuenta de que esto no da para más.

Y esta vez tenía razón, yo también sabía que ya no daba para más. Hacía mucho que había descubierto que sentía más cariño por nuestro gato Schrödinger que por ella. Justo antes de que el cansancio la venciera, me dijo con voz menguante:

–¿Y sabés cuál es tu problema? Tu problema es que no entendés nada de la vida, de las cosas que de verdad importan, y nunca vas encontrar la respuesta en tus ecuaciones porque… en la vida real… no existe el álgebra…

Esos somníferos se demoraron en hacer efecto, pero cuando finalmente actuaron, lo hicieron de forma contundente. Ella duerme y siento curiosidad por saber cómo reaccionará cuando despierte y descubra lo que hice. Mientras tanto, podemos aprovechar la espera para poner en contexto la situación. Tal vez sirva para conocer las motivaciones, si no la justificación, de los eventos que ocurrieron después de que ella cayera en ese profundo sueño inducido, después de esa cita robada a Audrey de Twin Peaks. La persona que ella había llamado imbécil, idiota, pánfilo, bolas tristes y salame cuántico en los escasos diez minutos de discusión, había publicado un artículo que había redefinido la visión que los físicos tenían de la naturaleza. Era un texto bastante breve que trataba un viejo problema mal resuelto de la mecánica cuántica: la paradoja de EPR planteada por Einstein, Podolsky y Rosen en 1939. La mecánica cuántica había revolucionado la física en la primera mitad del siglo XX, pero desde entonces –y ya había pasado más de un siglo– no había habido aportes conceptuales de importancia, sólo notas a pie de página del gran libro de la física. Pero, según el consenso unánime de la comunidad científica, por fin había surgido un nombre que merecía mencionarse junto a los de Planck, Heisenberg y Schrödinger. Ese nombre es el mío.

La humildad no se cuenta entre mis virtudes, así que sabrán disculparme si hablo de mi obra sin rastros de falsa modestia. Mi publicación sobre la paradoja EPR constaba de dos partes. En la primera, probaba que existían interacciones instantáneas en sistemas sujetos a entrelazamiento cuántico. Eso era básicamente lo que había intuido Einstein: si se tienen dos partículas entrelazadas a nivel cuántico, lo que le suceda a una afecta instantáneamente a la otra. Pero era la segunda parte de ese paper la que contenía un descubrimiento que pateaba la estantería cuántica: la demostración de que cualquier par de partículas pueden entrelazarse. Esto llevaba implícita la conclusión de que, una vez entrelazados, se podía provocar que intercambiaran sus propiedades de modo instantáneo.

Pese a las inquietantes consecuencias de esa publicación (transmisión instantánea de información, teletransportanción, etc.), los aspectos más revolucionarios de mi trabajo aún permanecen inéditos. Esa publicación que tanto prestigio me había dado era sólo la punta del iceberg de una reformulación de la electrodinámica cuántica que mantuve hasta ahora en el mayor de los secretos. Los puntos más relevantes de mi trabajo –los que el mundo todavía no conoce– no tratan sobre partículas: tratan sobre la conciencia. La tesis que planteo es que la mente (o la conciencia, el alma, o como se prefiera llamarla) es en realidad una entidad cuántica, cuyas propiedades quedan definidas por una función de onda y en este sentido no difieren conceptualmente de las partículas. La consecuencia obvia de este razonamiento es que lo que funciona para un par de partículas debe por necesidad funcionar para un par de conciencias.

En cierta forma, esta teoría reivindica el concepto de alma, ya que demuestra que la materia sobre la que se consolida la conciencia no es relevante. Dentro de este marco teórico, el cerebro es tan sólo un contenedor de la conciencia, de forma similar a como antiguamente se consideraba que el cuerpo era un receptáculo momentáneo del alma. Yo mismo había demostrado, en rigurosos términos mecánico cuánticos, que un cerebro cualquiera podía contener cualquier conciencia.

Pero todo esto era teoría y la ciencia requiere de la experimentación y la constatación práctica, de otra forma no se trata más que de onanismo mental. Fue por este noble motivo, tan caro a la tradición científica inaugurada por Galileo, que tomé prestado un condensador de flujo del laboratorio. Es un aparato pequeño, del tamaño de una estufa eléctrica, que se conecta a una línea de corriente alterna de 220 V. Con sólo un consumo de 3.8 A, permite acumular una gran cantidad de energía y descargarla en pulsos intensos con una duración del orden de los femtosegundos. Era exactamente lo que se necesitaba, según mis cálculos, para crear el entrelazamiento cuántico entre las conciencias de un Homo sapiens y un Felis catus.

Había diseñado el experimento con cuidado y todo resultó según lo planeado. El procedimiento no había llevado más de quince minutos. La primera prueba del éxito del experimento es que Schrödinger, recluido en el jardín, ya se despertó y está hecho un demonio. Lanza alaridos y salta enloquecido contra las rejas de las ventanas, provocándose laceraciones que poco a poco lo van cubriendo de sangre. Parece poseído y me rompe el corazón verlo sufrir así. Tal vez tenga que sacrificarlo al pobrecito. La segunda prueba del éxito del experimento es el comportamiento de ella. Se está despertando y parece muy calmada, sin signos de su beligerancia anterior. Ahora abre los ojos y me dedica su encantadora mirada felina. Le acaricio el cuello con suavidad y por primera vez la siento ronronear.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

El arte perdido de la conversación

Publicado en la selección de relatos del concurso literario de Zona eReader, 2015.

–A ver, decime una cosita vos: ¿a todas las chicas les preguntas, la primera vez que las ves, qué opinión les merece el sadomasoquismo?

–No a todas, sólo a vos porque me pareces distinta, especial. Pero, perdoname, creo que di una impresión equivocada. Te lo pregunto no porque tenga un interés especial en el sadomasoquismo, que si vos lo tenés por mí está más que bien. Te lo pregunto porque me interesa todo lo que tenga que ver con libros y vi que ahí tenés Cincuenta sombras de Grey.

–Ah, era eso. Me lo dio una amiga. No sé si te decepciono pero no me entusiasma para nada el sadomaso. Esta amiga mía me leyó algunas partes y me divirtió, y por eso me lo pasó.

–Es que el sexo siempre es entretenido.

–O casi siempre. Lo importante es disfrutar el momento o, por lo menos, aprovecharlo. Como hace mi amiga, la que me prestó el libro, que cuando empieza a aburrirse, va cambiando de posición hasta llegar a una desde la cual pueda mirar la televisión.

–Debe ser una mujer muy eficiente.

–Sí, no le gusta perder el tiempo. Pero no es desconsiderada. A veces se apiada y busca una posición en la que los dos puedan ver televisión.

–Eso sí que es conveniente, así nadie se aburre. Pero volviendo a Cincuenta sombras, ¿no te pareció que es un cuento de hadas, una especie de refrito erótico de la historia de la Cenicienta y el príncipe azul?

–Puede ser. No lo había pensado, hay algunos puntos en común. En realidad, muchas telenovelas tienen el mismo argumento. En fin, nadie dice que Cincuenta sombras sea gran literatura, pero logra hacer conexión con fantasías compartidas por muchas mujeres.

–Lo que a mí me llama la atención es que a tantas mujeres les entusiasme un cuento de hadas sadomasoquista. No quiero teorizar demasiado sobre eso, pero para mí tiene que ver con la caída del hombre moderno.

–¿Cómo es eso de la caída del hombre moderno?

–Más o menos así: al hombre moderno las mujeres lo castraron y lo pusieron a lavar platos, a cambiar pañales, a hacer todo ese tipo de cosas. Entonces las mujeres salieron de la casa, pero se perdieron un poco y ahora ya no saben bien dónde quieren estar. De un modo secreto e inconfesable, muchas mujeres comparten la fantasía de que el tipo, al que en verdad quieren, las ate para librarse de la carga de tener que decidir todo ellas, todo el tiempo.

–¿Y vos vendrías a ser el hombre moderno?

–No.

–¿Para nada?

–Bueno, ponele que sí, pero es como que hoy por hoy no tenés opción.

–¿Y de dónde sacaste eso de la caída del hombre moderno?

–De Friends, que es como un tratado sobre la caída en desgracia del hombre moderno.

–¿A ver con qué salís?

–Pensá en esto: todos los personajes masculinos de Friends están dominados por las mujeres. Ross está siempre listo para casarse, aunque sea con una lesbiana. Ross es Susanita, el personaje de Mafalda. Lo que de verdad quiere Ross es ser ama de casa.

–Ross da gay. Me parece que su sueño es otro.

–Puede ser, no me había dado cuenta. Puede que sea heterohomosexual, una variedad nueva de hombre moderno sometido a la mujer, un hombre heterosexual invadido por deseos femeninos y por eso parece homosexual.

–El que no necesita mucha explicación es Chandler.

–Ahí está todo clarísimo. Mónica lleva los pantalones, es la señora y ama de la casa. Chandler se limita a tratar de complacerla y a hacer chistes todo el tiempo para descomprimir la presión y no salir corriendo a fumar crack.

–¿Y Joey? Joey es el típico mujeriego. Él más bien usa las mujeres.

–No, es al revés: las mujeres lo usan a él. Es como un plomero o un albañil, que provee un servicio muy claro y definido. Hace cincuenta años Joey hubiera sido un ganador, pero hoy en día es un juguete sexual más, de carne y hueso, pero igual de descartable. Fijate que nunca puede tener una verdadera relación, y cuando lo intenta, fracasa miserablemente. Joey es otra versión de ese personaje perdedor que es el hombre moderno: un dildo unido a una figura humana. Antes había mujerzuelas, pero hoy hay hombrezuelos como Joey.

–Estoy de acuerdo con lo de Chandler, y un poco con lo de Ross. Con lo de Joey no sé, me parece que estás forzando un poco la cosa.

–Es así. Todos los personajes masculinos de Friends son muñecos vencidos por época que les tocó, por este Zeitgeist vaginal. Los personajes secundarios más todavía. Ahí tenés a Günther, el dueño de Central Perk, que durante diez años persigue a Rachel y ella nunca le da ni la hora.

–Günther también da gay.

–Heterohomosexual.

–¿Sabés donde falla tu teoría?

–A ver.

–En el ex novio de Mónica, el oftalmólogo. Ése no está dominado por las mujeres.

–Claro, porque es un dinosaurio. Es un arquetipo extinto, sacado del pasado y puesto en Friends sólo para resaltar el contraste con los perdedores reales de hoy.

–Ah, pero vos acomodás todo para que quede bien en tu esquema. Lo que te sirve lo tomas y lo que no, lo retorcés hasta que entre en el agujerito que quedó.

–Obvio. Así es como avanza la ciencia.

–Por eso yo creo más en los horóscopos que en la ciencia.

–Bueno, creo que no lo mencioné antes, pero yo soy científico.

–¿Ah, sí? Mirá vos. ¿Y qué estudiás?

–Antropología.

–¿Hiciste algún trabajo de campo?

–Por supuesto. Ahora estamos estudiando una tribu del Amazonas que todavía vive en la edad de piedra. Se alimentan de la caza, de la pesca y de los frutos que puedan recolectar de los árboles. Fueron descubiertos hace poco. Nadie sabe cómo pudieron permanecer tanto tiempo aislados del resto del mundo, pero una vez descubiertos, los antropólogos llegamos al consenso de no intervenir en lo más mínimo.

–Pero entonces nunca van a saber nada de ellos.

–Quiero decir que no tenemos contacto directo con ellos, ni permitimos que la tribu siquiera se roce con la tecnología, pero los estudiamos a la distancia. Con cuidado de no ser descubiertos, plantamos unas cámaras y observamos su comportamiento diario.

–Un Gran Hermano de la edad de piedra.

–Exacto, pero sin confesionario, que es una de las cosas que queremos evitar.

–¿Descubrieron algo interesante?

–Varias cosas, y muchas que no podemos explicar. Lo primero es el lenguaje. Después de mucho esfuerzo, estamos dando los primeros pasos para entenderlo. Lo que más nos sorprendió es que una lengua es muy rica. Uno pensaría que tendrían unas pocas palabras y una sintaxis simple, tipo “tú Jane, yo Tarzán”, pero no. Los tipos son unos charlatanes insoportables, se la pasan hablando. Pareciera que estuvieran inventando historias. Y además tienen mucho sentido del humor, porque se matan de risa de cosas que no alcanzamos a entender.

–Una se siente un poco tonta cuando no entiende un chiste y se lo tienen que explicar, tarea que además aniquila toda posible gracia.

–Claro. De todas formas, es llamativa la capacidad que tienen estos cavernícolas para armar conversaciones colectivas. Sólo en la Francia aristocrática de siglos atrás se había desarrollado en tal alto grado la conversación.

–Eso es notable, que sea en una tribu neolítica el único lugar donde siga vivo el arte perdido de la conversación.

–Miran cómo fluye un río o cómo centellean las estrellas en el cielo, y eso les alcanza para parlotear durante horas.

–Eso es porque no tienen internet. ¿Y son amistosos o les gusta pelear?

–Son súper amistosos, tal vez porque tienen una estructura social inédita en nuestra sociedad.

–Si tuviera que apostar, me jugaría por alguna forma de socialismo utópico.

–No estás lejos. Son medio comunistas, medio anarquistas, pero sobre todo muy haraganes. Cuando tienen cubierto el tema comida y saben que no se les avecina ninguna amenaza, se dedican todo el día a jugar, a charlar o a garchar.

–¿Qué? ¿Se enfiestan todos juntos?

–No, prevalecen las parejas, por lo general. Pero lo que más nos llama la atención es que no existe una unidad que podríamos llamar familia. En su lugar, hay una especie de crianza colectiva. Al igual que sucede con cierto tipo de simios, en el momento de fertilidad las hembras se aparean sucesivamente con varios machos, de modo que todos los machos participantes se consideran el padre de la criatura.

–Son unos hippies estos cavernícolas. Les falta fumar marihuana y tomar ácido, y ya está.

–Sí, es cierto, lo más parecido a su estructura social es una especie de hipismo utópico. La diferencia es que la cultura hippie duró un suspiro y esta tribu parece ser milenaria.

–Dan ganas de irlos a visitar. Como lo contás, parece que hubieran encontrado el secreto de la felicidad.

–No tanto, tienen sus cosas cuestionables, costumbres que nos parecerían crueles o inmorales. Y a veces la pasan bastante mal.

–Y a veces bastante bien. No sacrificaron, como hicimos nosotros, la felicidad de una vida natural en beneficio de la seguridad de la vida civilizada. Tal vez sean los últimos seres humanos realmente felices que quedan sobre la tierra.

–Es cierto. No reprimen sus instintos todo el tiempo, no quieren parecer respetables ni ser mejores que nadie. Son los últimos humanos felices, tal cual.

–Decime la verdad.

–Siempre.

–¿Inventaste todo esto, no es cierto?

–¿Por qué preguntas?

–Porque no hay forma de que exista una tribu como la que me contás.

–Bueno, claro, por supuesto. Los hippies, neolíticos o no, se extinguieron hace mucho tiempo. ¿Pero cómo te diste cuenta?

–Leo y, cuando me aburro, miro la televisión. Por las dudas, siempre tengo sintonizado el canal de documentales. Por eso sé que, aunque hay tribus no contactadas en el Amazonas, ninguna se parece ni siquiera remotamente a la que te acabás de inventar. De todas formas, no me molesta. En mi opinión, no hay nada más sobrevaluado que la verdad.

–…

–¿Te quedaste sin palabras ahora?

–Al contrario. Estaba pensando que vos y yo podríamos resucitar el arte perdido de la conversación.

–Y rescatar al bello arte de mentir de la decadencia general.

–¿Qué te parece si salimos de acá y vamos a mi casa?

–Genial. Pero ante, una preguntita crucial: en tu dormitorio, ¿tenés televisor?

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.

Kreppel

Relato publicado en La invención de la tuerca, Bruma Ediciones, 2014.

Nos conocíamos demasiado. Ése era el problema.

Vimos en silencio cómo se gestaba la tormenta en el cielo y, cuando por fin se desató esa lluvia vietnamita, dije parece que va a caer mierda del cielo. Ella sólo murmuró algo así como qué poeta. La secreta complicidad que nos unía –porque nos conocíamos tanto, porque sabíamos lo que pensábamos con sólo mirarnos– paradójicamente sólo contribuía a ahondar el abismo que hacía tiempo había empezado a crecer entre nosotros.

Pronto empezó a llover con menos intensidad. Por un momento no se escuchó más que el sonido monótono y relajante de la lluvia cayendo sobre los árboles, apenas interrumpido por algún auto que pasaba levantando el agua que se acumulaba en la calle.

Esto es perfecto, la lluvia es perfecta. Eso es lo que estaba pensando cuando ella empezó a canturrear, sin acertar una nota ni un tono, una canción impresentable, tan pero tan mala que podría haberla compuesto ella misma, si no fuera porque ella era incapaz de crear nada, ninguna canción. Ni siquiera algo así:

a mí la lluvia, a mí la lluvia no me inspira
y no me lleva, no me lleva a una salida
y si me mojo no me encuentro
y solamente estoy mojada, aburrida y amargada
y la lluvia es un infierno, y a mí no, a mí no…

Busqué con la mirada un objeto contundente con el cual romperle la cabeza y me concentré unos segundos en el control remoto. Lo alcancé, encendí la tele y puse TyC Sports. Jugaba Excursionistas contra Atlanta y simulé un profundo interés en el partido sólo porque sabía que ella detestaba el fútbol.

–Uh, partidazo… Digo, ¿es necesario que sigamos la campaña del glorioso Excursio? –dijo ella más decepcionada que enojada.

Sin ganas de responder una pregunta retórica, y menos aún de sostener una posición indefendible, cambié de canales en forma automática hasta llegar a los de las noticias, que nos recuerdan que siempre algo está pasando, o que algo acaba de pasar, o que es inminente que algo pase. Como la llegada del verano, si es que uno está dispuesto a esperar la cantidad suficiente de días.

Detuve el zapping en C5N. En la escatológica Francia, literalmente estaba cayendo mierda del cielo. Un locutor con cara de robot de plástico leía en el teleprompter:

Desde mayo, en Saint-Pandelon, llueven excrementos. El misterio desvela a los grupos de investigación de las universidades que pese al tiempo transcurrido no logran dar una respuesta a los habitantes que ven caer heces del cielo.

Después de una musiquita introductoria siguieron las imágenes y los testimonios desde Saint-Pandelon:

 “El día que cayó mierda del cielo” tituló la BBC.  El alcalde Jean Pierre Boiselle lo confirmó mientras se quedaba pasmado mirando al cielo y decía “está lloviendo mierda”.

 Por fin una verdadera noticia, digna de atención y estudio. Y ni siquiera era reciente, hacía unas semanas que el fenómeno de Saint-Pandelon había empezado.

 El extraño fenómeno de precipitaciones fecales comenzó en mayo. Los habitantes salen a la calle pensando en cómo evitar los excrementos que caen del cielo, siempre sobre la misma parte del poblado y lo dejan oliendo a caca. En cuanto parece que va a llover, se apresuran a guardar todo lo que está afuera: vehículos, carteles, bancos de parques y cualquier objeto que pueda ser alcanzado por tan particular lluvia. Entre las teorías elaboradas para explicar el fenómeno se conjeturó que los excrementos podrían provenir de la descarga de los depósitos de los baños de las aeronaves que van de norte a sur, pero la idea fue descartada dado que las descargas deberían efectuarse a baja altura y sería imposible realizarlas con las cabinas presurizadas. Otros barajaron la posibilidad de que provinieran de aviones que vuelan a baja altura, y aunque el piloto de una avioneta reconoció haber lanzado una botella con orina, el origen de los excrementos sigue intrigando a los científicos. También se propuso que podrían provenir de excreciones colectivas de ciertos pájaros, pero grupos ecologistas aseguran que es imposible que los animales se confabulen para evacuar todos al mismo tiempo y en el mismo lugar. Aunque todas las investigaciones aseguran que los detritos son de origen animal, se desconoce de qué animales serían y cómo solucionarlo.

Nos miramos y cada uno vio en el fondo de los ojos del otro una sonrisa que nadie más habría sido capaz de adivinar. Tal vez esa sea la cura, pensé. Reencontrar lo que nos había unido en un principio. Restablecer las viejas conexiones que el tiempo y la rutina habían desgastado. Volver a compartir esa conducta tan irresponsable, tan políticamente incorrecta que los dos habíamos conseguido desarrollar, aún antes de conocernos, de no tomarnos en serio nada de lo que enloquecía a otras personas. Nos parecía inconcebible, por ejemplo, pelearnos por algo tan alejado de la vida real como es la política. ¿Así que vos pensás enderezar el mundo? Qué polenta, qué ganas, che.

Eso me llevó a recordar otras cosas que antes, hace tanto tiempo ya, me habían resultado irresistibles en ella. La forma en que hablaba entonces era tan seductora, tan fresca y tan reveladora, que siempre me venía a la cabeza la canción Every little thing she does is magic, porque era cierto, todo lo que ella hacía (entonces, no ahora) era mágico.

The Police me llevó a The Cure. De los pocos CDs que me quedaban de la era geológica previa a internet estaban los de The Police, los de U2 y los de The Cure. Mientras me terminaba de hacer otro café, busqué el CD que tenía la canción que terminaría de llevarme a ese pasado antediluviano, cuando no existía la web, The Cure era lo máximo, y ella era tan irresistible que daban ganas de abrazarla hasta morir, cuando era maravillosa, demasiado buena para ser real, tan perfecta como la lluvia.

Hace siglos que no escuchaba este tema, dijo ella en un tono neutral que tanto podía significar que le gustaba como que no. Para tratar de no parecer paranoico no contesté nada, pero estaba seguro de que ya no le gustaba tanto. Ella había cambiado, pero yo seguía siendo el mismo.

Yo sigo siendo el mismo, repetí para mí mismo.

Y súbitamente tuve una revelación: ser el mismo puede no ser un mérito ni una virtud. Todo lo contrario, podría ser signo de una inquietante incapacidad para evolucionar.

Sigo siendo el mismo pelotudo, me corregí.

Entonces tuve una segunda revelación. Sentí que por fin estaba pensando con claridad. Y pensé: la culpa de todo la tiene ella y, sobre todo, ella tiene la culpa de que yo sea la peor versión posible de mí mismo. Empecé a considerar la posibilidad de dejarla, pero enseguida me di cuenta de que eso no sería posible. Sabía que ella lloraría y no podía hacerle eso. Nunca había tolerado ver llorar a una mujer, sobre todo si era linda, y no iba a empezar ahora a ser un tipo cruel. Entonces pensé en matarla. Eso sí era posible, eso sí podría hacerlo. Claro que eso abría la puerta a nuevas cuestiones a resolver. Qué hacer con el cadáver, por ejemplo.

La lluvia caía ahora casi con placidez, cobijando fantasías asesinas, cuando ella dijo:

–De chica, cuando llovía, mamá nos hacía kreppel. Es decir, tortas fritas. Sólo por eso mis hermanos y yo nos ilusionábamos cuando veíamos una nube. Pronto fuimos descubriendo que no todas las nubes traen lluvia. Las nubes blancas y altas son nubes sin tortas fritas, pero las nubes negras y bajas están cargadas de tortas fritas.

O de mierda, iba agregar, pero me oí decir mi vieja también nos hacía tortas fritas cuando llovía. En realidad, seguía pensando cómo deshacerme del cadáver. No quería ceder y perder el envión de lucidez. Mientras tanto, ella seguía hablando, como si a alguien le importara.

–Ahora ya no me entusiasman las tortas fritas, tienen demasiada grasa, demasiado olor. Y me caen pesadísimas. Es una lástima que perdamos esa alegría que teníamos de chicos. Es un pecado. Si pudiera elegir, no dudaría en vivir toda la vida como cuando tenía cinco años, sin más preocupaciones que hacer garabatos en el jardín de infantes. Pero, en fin, la vida adulta tiene sus compensaciones.

–¿Cómo cuáles? –pregunté por pura inercia conversacional.

–Bueno, ahora, cuando veo una nube negra y baja, en lo primero que pienso es en dormir en cucharita.

Y después de una pausa agregó:

–Y a vos, ¿en qué te hace pensar la lluvia? ¿Qué pensás, por ejemplo, en este momento?

La miré unos segundos eternos y me pareció una desconocida. Una mujer completamente desconocida y, además, absolutamente deseable. Sentí que no podía resistir las ganas de empezar a descubrir en ese mismo instante a esa maravillosa mujer que vivía conmigo desde hacía tanto tiempo. Y mientras me acercaba y deslizaba mi mano por debajo de la remera para acariciarle la espalda, sintiéndome por un segundo en la piel de Hannibal Lecter, le dije lo que pensaba:

–Estoy considerando seriamente la posibilidad de comerte. En este momento, te veo así y pienso: te mato, te como.

Lo que siguió después no salió en ninguna crónica. Nunca son noticia las tortas fritas.

by  CC BY: Gabriel Frenzotti.